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3 de abril de 2012

Homilía para la liturgia del Viernes Santo


Aquí tienen al Hombre, les dijo Pilato ... Aquí lo tienen ...

Aquí tienen a mi Hijo, nos dice Dios ... Aquí lo tienen ...

Cristo Crucificado!!!! ... Estamos tan acostumbrados a ver crucifijos por todas partes, que ya no nos impresionan!!! ... Tenemos tantos!!! ... La maldita rutina que todo lo estropea.

En esta tarde de Viernes Santo tenemos que animarnos a mirar la Cruz nuevamente. Volver a mirarla detenidamente, a contemplarla sin apuro, ver a Cristo no ya muerto sino muriendo, ... tratando de leer en este libro abierto, ... que es el corazón de Cristo traspasado. Corazón que sigue latiendo en la Eucaristía. Porque como decía la Madre Teresa de Calcuta: "En la Cruz contemplamos cuanto nos amó, en la Eucaristía contemplamos cuanto nos ama"

Por eso en el Viernes Santo miramos la Cruz pero sin separarla de la Eucaristía. Porque la Eucaristía actualiza el amor de la Cruz de Jesús. Y Hoy Viernes santo tenemos que animarnos a mirar la Cruz de Jesús. 

19 de enero de 2012

“Cuando se haya elevado el Hijo del hombre, entonces comprenderéis que Yo Soy”



¿Quieres saber el valor de la sangre de Cristo? Remontémonos a las figuras que profetizaron y recorramos las antiguas Escrituras. Inmolad ¬¬–dice Moisés¬- un cordero de un año; tomad su sangre y rociad las dos jambas y el dintel de la casa. «¿Qué dices Moisés? La sangre de un cordero irracional, ¿puede salvar a los hombre dotados de razón?» «Sin duda –responde Moisés-: no porque se trate de sangre, sino porque en esta sangre se contiene una profecía de la sangre del Señor.»
Si hoy, pues, el enemigo, en lugar de ver las puertas rociadas con sangre simbólica, ve brillar en los labios de los fieles, puertas de los templos de Cristo, la sangre del verdadero Cordero, huirá todavía más lejos.
¿Deseas descubrir aún por otro medio el valor de esta sangre? Mira de dónde brotó y cuál sea su fuente. Empezó a brotar de la misma cruz y su fuente fue el costado del Señor. Pues muerto ya el Señor, dice el Evangelio. Uno de los soldados se acercó con la lanza y le traspasó el costado, y al punto salió agua y sangre: agua, como símbolo del bautismo; sangre, como figura de la eucaristía. El soldado le traspasó el costado, abrió una brecha en el muro del templo santo, y yo encuentro el tesoro escondido y me alegro con la riqueza hallada. Esto fue lo que ocurrió con el cordero: los judíos sacrificaron el cordero, y yo recibo el fruto del sacrificio.
Del costado salió sangre y agua. No quiero, amado oyente, que pases con indiferencia ante tan gran misterio, pues me falta explicarte aún otra interpretación mística. He dicho que esta agua y esta sangre eran símbolos del bautismo y de la eucaristía. Pues bien, con estos dos sacramentos se edifica la Iglesia: con el agua de la regeneración y con la renovación del Espíritu Santo, es decir, con el bautismo y la eucaristía, que han brotado ambos del costado. Del costado de Jesús se formó, pues, la Iglesia, como del costado de Adán fue formada Eva.
Por esta misma razón, afirma San Pablo: Somos miembros de su cuerpo, formado de sus huesos, aludiendo con ello al costado de Cristo. Pues del mismo modo que Dios hizo a la mujer del costado de Adán, de igual manera Jesucristo nos dio el agua y la sangre salida de su costado, para edificar la Iglesia. Y de la misma manera que entonces Dios tomó la costilla de Adán, mientras éste dormía, así también nos dio el agua y la sangre después que Cristo hubo muerto.
Mirad de qué manera Cristo se ha unido a su esposa, considerad con qué alimento la nutre. Con un mismo alimento hemos nacido y nos alimentamos. De la misma manera que la mujer se siente impulsada por su misma naturaleza a alimentar con su propia sangre, y con su leche a aquel a quien ha dado a luz, así también Cristo alimenta siempre con su sangre a aquellos a quienes Él mismo ha hecho renacer.
San Juan Crisóstomo (v. 345-407), Padre de Antioquía después Obispo de Constantinopla, doctor de la Iglesia
Catequesis Bautismal, n° 3, 16 s

11 de enero de 2012

Marta lo recibe en su casa...; María...escucha su palabra



Habiendo recibido a Nuestro Señor en la Eucaristía, teniéndolo presente en nuestro cuerpo, no vayamos a dejarlo completamente solo, para ocuparnos de otra cosa, sin hacerle más caso...: que él sea nuestra única ocupación. Dirijámonos a él con una oración ferviente; entretengámonos con él con entusiastas meditaciones. Digamos con el profeta: «Escucharé las palabras que el Señor me dice en lo más íntimo de mi corazón» (Sal. 84,9). Ya que, si... le prestamos toda nuestra atención, no dejará de pronunciar en nuestro interior, bajo forma de inspiraciones, tal o cual palabra destinada a aportarnos un gran consuelo espiritual y de provecho para nuestra alma.



Seamos pues a la vez Marta y María. Con Marta, procuremos que toda nuestra actividad exterior sea en beneficio de Él, consiste en hacerle buen recibimiento, a Él primero, y también por amor a Él, a todos los que le acompañan, es decir, a los pobres de los que Él mismo tiene a cada uno, no sólo por su discípulo, sino por sí mismo: «Lo que hacéis al más pequeño de mis hermanos, a mí mismo me lo hacéis» (Mt 25,40)... Esforcémonos en retener a nuestro huésped. Digámosle con los dos discípulos de Emaús: «Quédate con nosotros, Señor» (Lc 24,29). Y entonces, estemos seguros, de que no se alejará de nosotros, a menos que nosotros mismos le alejemos por nuestra ingratitud.




Santo Tomas Moro (1478-1535), hombre de Estado inglés, mártir
Tratado para recibir el Cuerpo del Señor

28 de diciembre de 2011

"Todos los cristianos estamos llamados a la santidad"



"Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en El" (1 Jn., 4, 16). "Y Dios derramó su amor en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado" (cfr. Rom., 5, 5). Por consiguiente, el don principal y más necesario es el amor con que amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por El.
Pero a fin de que el amor crezca en el alma como una buena semilla y fructifique, debe cada uno de los fieles escuchar de buena gana la palabra de Dios y cumplir con obras su voluntad, con la ayuda de su gracia, participar frecuentemente en los sacramentos, sobre todo en el de la Eucaristía, y en otras funciones sagradas, y aplicarse de una manera constante a la oración, a la abnegación de sí mismo, a un fraterno y solícito servicio de los demás y al ejercicio de todas las virtudes. Porque el amor, como vínculo de la perfección y plenitud de la ley (Col. 3, 14; Rom., 13, 10), regula todos los medios de santificación, los informa y los conduce a su fin [132]. De ahí que el amor hacia Dios y hacia el prójimo sea la característica distintiva del verdadero discípulo de Cristo.



Concilio Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia « Lumen gentium » §42

27 de diciembre de 2011

¡La Eucaristía, misterio de Luz!



“El relato de la aparición de Jesús resucitado a los dos discípulos de Emaús nos ayuda a enfocar un primer aspecto del misterio eucarístico que nunca debe faltar en la devoción del Pueblo de Dios: ¡La Eucaristía misterio de luz! ¿En qué sentido puede decirse esto y qué implica para la espiritualidad y la vida cristiana?
Jesús se presentó a sí mismo como la «luz del mundo» (Jn 8,12), y esta característica resulta evidente en aquellos momentos de su vida, como la Transfiguración y la Resurrección, en los que resplandece claramente su gloria divina. En la Eucaristía, sin embargo, la gloria de Cristo está velada. El Sacramento eucarístico es un «mysterium fidei» por excelencia. Pero, precisamente a través del misterio de su ocultamiento total, Cristo se convierte en misterio de luz, gracias al cual se introduce al creyente en las profundidades de la vida divina. En una feliz intuición, el célebre icono de la Trinidad de Rublëv pone la Eucaristía de manera significativa en el centro de la vida trinitaria.
La Eucaristía es luz, ante todo, porque en cada Misa la liturgia de la Palabra de Dios precede a la liturgia eucarística, en la unidad de las dos «mesas», la de la Palabra y la del Pan. Esta continuidad aparece en el discurso eucarístico del Evangelio de Juan, donde el anuncio de Jesús pasa de la presentación fundamental de su misterio a la declaración de la dimensión propiamente eucarística: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida» (Jn 6,55). Sabemos que esto fue lo que puso en crisis a gran parte de los oyentes, llevando a Pedro a hacerse portavoz de la fe de los otros Apóstoles y de la Iglesia de todos los tiempos: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68). En la narración de los discípulos de Emaús Cristo mismo interviene para enseñar, «comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas», cómo «toda la Escritura» lleva al misterio de su persona (cf. Lc 24,27). Sus palabras hacen «arder» los corazones de los discípulos, los sacan de la oscuridad de la tristeza y desesperación y suscitan en ellos el deseo de permanecer con Él: «Quédate con nosotros, Señor» (cf. Lc24,29).”
Extractos de la CARTA APOSTÓLICA “MANE NOBISCUM DOMINE” de JUAN PABLO II PARA EL AÑO DE LA EUCARISTÍA

12 de diciembre de 2011

"Jesús cogió los panes y después de dar gracias, se los repartió"


Señor, lavados y purificados en lo más profundo de nosotros mismos, vivificados por tu santo Espíritu, saciados por tu Eucaristía, haz que nosotros compartamos la gracia que ha sido parte de los santos apóstoles que han recibido el sacramento de tu mano. Desarrolla en nosotros el deseo y la voluntad de seguirte, como miembros tuyos (1Co 12,27) para que nosotros seamos dignos de recibir de ti la sabiduría y la experiencia de tu alimento espiritual.

Desarrolla en nosotros el celo de Pedro para rechazar toda voluntad contraria a la tuya, ese celo que Pedro demostró en la Cena... Desarrolla en nosotros la paz interior, la determinación y la alegría que gustó Juan, inclinado sobre tu hombro (Jn 13,25), que podamos adquirir tu sabiduría, que aprendamos el gusto de tu dulzura, de tu bondad. Desarrolla en nosotros una fe recta, una esperanza firme y una caridad perfecta.

Por intercesión de los santos apóstoles y de todos los discípulos bienaventurados, haznos recibir de tu mano el sacramento, haznos evitar sin dudar la traición de Judas e inspira en nuestro espíritu aquello que tu Espíritu ha revelado a los santos que están en el cielo. Haz todo esto, Tú que vives y reinas con el Padre, en la unidad de un mismo Espíritu desde el principio hasta el fin de los siglos. Amén.

San Alberto Magno (v. 1200-1280), dominico Libro sobre los sacramentos

10 de diciembre de 2011

Comentario a la liturgia de la Palabra: Tercer domingo de adviento

En estos domingos de adviento, la Iglesia dirige la atención a algunos personajes que nos ayudan a preparar esta fiesta de navidad que se acerca. Hoy ponemos la mirada en la figura de San Juan Bautista, el primo de Jesús, que tuvo como misión preparar al pueblo judío para la primera manifestación pública del salvador, tuvo la misión de prepararle el terreno a Jesús.
Hoy Juan le dice a los que se le acercan: En medio de ustedes hay alguien a quien no conocen: JESUS. Juan fue ungido (como dice el profeta Isaías en la primer lectura de hoy), fue ungido por Dios, fue consagrado, llamado para señalar a ese Jesús que estaba en medio de esa gente y que ellos no conocían, y él tenía que darlo a conocer.
¡Cuánto nos falta conocer a Jesús! Jesús todavía sigue siendo entre nosotros un desconocido. Dios está como ausente en el mundo de hoy, por eso falta alegría, por eso falta esperanza, por eso este mundo pareciera que sigue en tinieblas, sin Luz.
Y nosotros, como Juan el Bautista, también estamos consagrados por el bautismo, estamos llamados a decirle a la gente de nuestro tiempo: en medio de ustedes hay alguien a quien no conocen. Nosotros también estamos llamados a señalar a Jesús para que hoy sea conocido. Pero lo vamos a tener que dar conocer con nuestra vida. Tenemos que mostrar al Jesús que vive adentro nuestro, gracias a cada comunión eucarística

En el evangelio que acabamos de escuchar vemos que se le acercan a Juan unos judíos para preguntarle quién era él, cuál era su misión. Y Juan responde claramente que él es simplemente un testigo, está llamado a ser ni más ni menos que testigo de Jesús. Él no es la Luz sino testigo de la Luz. Es una voz que grita para que preparen el camino para recibir a Jesús.
Y esta preguntita nos la podrían hacer a cada uno de los que estamos ahora en esta Misa. Quizás, si hoy día, alguien viniera a nosotros y nos preguntase vos, ¿ quién sos ?, si nos preguntara: "Vos, ¿qué podrías decir de ti mismo?" ... Nosotros, ¿Qué responderíamos?... O dicho de otro modo, unidos a nuestra fe; si alguien viniera y nos preguntara como le preguntaron a Pedro, ¿ Tenés algo que ver con Jesús? Si la gente nos dijera : Tu vida, tus cosas, tu mentalidad, tus comportamientos prácticos, ¿tienen algo que ver con el Evangelio? ... NOSOTROS, ¿ QUE CONTESTARIAMOS ?
El evangelio de este domingo nos interpela sobre una realidad que nos cuesta aceptar, nos cuesta asumir, y más en estos tiempos que estamos viviendo: descubrir que por el bautismo, nuestra vocación más profunda es la de ser testigos.
Y hay que reconocer que en este tema en seguida miramos para el costado: nos escandalizamos del pecado de los demás, ...empezamos a criticar a los otros diciendo como puede ir a Misa y después hacer tal o cual cosa, ... nos indignamos del antitestimonio de alguna autoridad de la Iglesia, y así miles de excusas.
Cuando la primer pregunta debería ser: ¿Somos NOSOTROS testigos de Jesús en el mundo? ¿Somos verdaderos testigos del amor de Dios en nuestra casa, con nuestros amigos, en el trabajo, en cada uno de los ambientes en que nos movemos? ¿O nos da vergüenza, o tenemos miedo de gritar a los cuatro vientos que Jesús es el salvador, por todo lo que implica ir contra la corriente, o simplemente quizas no nos damos cuenta de que nuestra vida es el único evangelio que leerán algunos de nuestros hermanos?
Cuentan que un grupo de periodistas, visitando Egipto para realizar varias filmaciones, fueron recibidos en El Cairo, por el director general de la Televisión egipcia. Y que éste, después de darles todas las facilidades para su trabajo, se despidió de ellos regalándoles un ejemplar del Corán, no sin antes besar respetuosamente la portada del libro. Y estos mismos periodistas cuentan como se admiraron de ese gesto religioso.
Quizas la pregunta que tendríamos que hacernos es porque se admiraron. Capaz porque acá, a los cristianos nos cuesta reconocernos como tales. No es que se trate de convertirnos en hinchas fanáticos de un equipo de fútbol, que sólo saben hablar de su propio equipo..., sino de convertirnos en gente a quien la fe le salga por las obras como la respiración sale de los pulmones.
Claro que para esto hay que empezar por tener el corazón muy en Dios,... para hablar bien de Él. Cuando la Fe haya crecido lo suficiente dentro nuestro, entonces nuestro testimonio empezará a salir espontáneamente en nuestros gestos y en nuestras palabras.
Eso es quizas lo que nos falta tener: el corazón muy unido a Dios. Porque sólo así seremos verdaderos testigos. El testigo es alguien que puede hablar de lo que ha visto y oído. El testigo no es solamente alguien que cree en Jesús, sino alguien que vive la propia vida de Jesús, es alguien que conoce a Jesús no sólo por lo que le enseñaron o por lo que estudió sino sobretodo por el contacto personal con el Señor en su vida interior. Es alguien que refleja en su propia vida la luz de Cristo que brilla en su interior, ... y con sólo vivir ya va transformando la vida de los que lo rodean.
... leyendo en un libro sobre San francisco de Asís, narra un autor la experiencia de un vendedor que pasaba cada 4 o 5 días por el pueblito que quedaba cerca de la cueva en la que estaba Francisco. Y este vendedor un buen día quedó asombrado de este pueblo al que visitaba todas las tardes San Francisco. Y entonces al llegar el vendedor a la posada del pueblo le pregunta al posadero: ¿que esta pasando en este pueblo? Ya que le llamaba la atención como habían cambiado algunas cosas. Por ejemplo había pasado por la casa del matrimonio de la esquina de la plaza que siempre se llevaban a las patadas, y esta vez ni se sentían los gritos. Y también en la misma plaza estaba Pedro fresquito, cuando siempre lo encontraba tirado en el piso de la borrachera. ...Y así otros tantos cambios... Entonces el posadero le dice: la culpa la tiene Francisco. Y este le pregunta ¿quien es Francisco?, ¿qué es alguien grande?, ¿llamativo?. ¡No!, le responde le posadero: es un hombre que vive en la montaña, es descarnado, es seco, y además no es alto, tiene el cuello flaco y los brazos cortos, va mal vestido, descalzo, y con una túnica toda remendada.
Pero.., dice.., anda siempre contento..., como si tuviera Luz en la cara..., en los ojos sobretodo... Y habla cosas claras que entiende todo el mundo... y sobretodo que parecen verdad..., cuando este hombre habla de Dios, sabe lo que dice, habla por experiencia, no sólo por lo aprendido en los libros.... Es como si lo estuviera viendo...., se le nota.
Ojalá Dios nos conceda esta gracia a cada uno de nosotros en esta navidad que se acerca. Que no sea una navidad más. Que nos preparemos bien, sobretodo a través de la adoración en estos 10 días que faltan para el 25, para que Jesús vuelva a nacer. Para que Él que es la Luz, vuelva a encender nuestro corazón, y así nosotros podamos iluminar a los que nos rodean.
Ojalá que podamos, ... como San Juan el Bautista, ... como San Francisco, ... como todos aquellos a quienes Cristo les transformó la vida, ... que nosotros también podamos decirle al mundo de hoy: en medio de ustedes hay alguien a quien todavía no conocen: JESUS. Y yo estoy dispuesto a darlo a conocer con el testimonio de mi vida.
Que la Virgen nos conceda esta gracia.

9 de diciembre de 2011

"Quédate con nosotros"


Cuando los discípulos de Emaús le pidieron que se quedara "con" ellos, Jesús contestó con un don mucho mayor. Mediante el sacramento de la Eucaristía encontró el modo de quedarse "en" ellos. Recibir la Eucaristía es entrar en profunda comunión con Jesús. "Permaneced en mí, y yo en vosotros" (Jn 15,4).


Esta relación de íntima y recíproca "permanencia" nos permite anticipar en cierto modo el cielo en la tierra. ¿No es quizás éste el mayor anhelo del hombre? ¿No es esto lo que Dios se ha propuesto realizando en la historia su designio de salvación? Él ha puesto en el corazón del hombre el «hambre» de su Palabra (Am 8,11), un hambre que sólo se satisfará en la plena unión con Él. Se nos da la comunión eucarística para "saciarnos" de Dios en esta tierra, a la espera de la plena satisfacción en el cielo.


Pero la especial intimidad que se da en la "comunión" eucarística no puede comprenderse adecuadamente ni experimentarse plenamente fuera de la comunión eclesial... La Iglesia es el cuerpo de Cristo: se camina "con Cristo" en la medida en que se está en relación «con su cuerpo». Para crear y fomentar esta unidad Cristo envía el Espíritu Santo. Y Él mismo la promueve mediante su presencia eucarística. En efecto, es precisamente el único Pan eucarístico el que nos hace un solo cuerpo. El apóstol Pablo lo afirma: "Un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan"(1 Co 10,17).


Beato Juan Pablo II Carta apostólica «Mane nobiscum Domine» §19

"De la misma manera que el Padre, que vive, me ha enviado y que yo vivo por Él, de la misma manera aquellos que me coman, vivirán por Mi.»




El Señor Jesús, que por nosotros se ha hecho alimento de verdad y de amor, hablando del don de su vida nos asegura que «quien coma de este pan vivirá para siempre» (Jn 6,51). Pero esta «vida eterna» se inicia en nosotros ya en este tiempo por el cambio que el don eucarístico realiza en nosotros: «El que me come vivirá por mí» (Jn 6,57). Estas palabras de Jesús nos permiten comprender cómo el misterio «creído» y «celebrado» contiene en sí un dinamismo que lo convierte en principio de vida nueva en nosotros y forma de la existencia cristiana.



En efecto, comulgando el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo se nos hace partícipes de la vida divina de un modo cada vez más adulto y consciente. Análogamente a lo que san Agustín dice en las Confesiones sobre el Logos eterno, alimento del alma, poniendo de relieve su carácter paradójico, el santo Doctor imagina que se le dice: «Soy el manjar de los grandes: crece, y me comerás, sin que por eso me transforme en ti, como el alimento de tu carne; sino que tú te transformarás en mí». En efecto, no es el alimento eucarístico el que se transforma en nosotros, sino que somos nosotros los que gracias a él acabamos por ser cambiados misteriosamente. Cristo nos alimenta uniéndonos a él; «nos atrae hacia sí».


La Celebración eucarística aparece aquí con toda su fuerza como fuente y culmen de la existencia eclesial, ya que expresa, al mismo tiempo, tanto el inicio como el cumplimiento del nuevo y definitivo culto, la logiké latreía. A este respecto, las palabras de san Pablo a los Romanos son la formulación más sintética de cómo la Eucaristía transforma toda nuestra vida en culto espiritual agradable a Dios: «Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable»

(Rm 12,1).

Papa Benedicto XVI Exhortación Apostólica «Sacramentum Caritatis» §70 (trad. DC 2377, p. 331 © Libreria Editrice Vaticana)

7 de diciembre de 2011

Comentario a la liturgia de la Palabra: Solemnidad de la Inmaculada Concepción



En adviento celebramos esta fiesta de La Virgen, esta fiesta de la Inmaculada Concepción, por la cual creemos que María nació sin pecado original.

El adviento es el tiempo litúrgico mariano por excelencia, de hecho dentro de dos domingos volvemos a poner la mirada en la Virgen. Y este tiempo de adviento es el tiempo mariano por excelencia, ya que en María el adviento se hace Navidad, en María la promesa se convierte en realidad, en María la esperanza alcanza la plenitud, en María nació Jesús.

Quizas en un primer momento esta fiesta de la Inmaculada Concepción podría parecernos un problema teológico, podría parecernos un tema teórico, o, como máximo un privilegio de María como para que lo recordemos y que ella sea alabada.

Pero sería lindo que nos preguntemos: ¿qué buena noticia representa esta verdad para nosotros? ¿ Se trata tan sólo de un dogma que tenemos que creer, un honor de María que debemos celebrar, o más bien se trata de un acontecimiento que nos toca de lleno? ¿Qué significa en concreto para nosotros la Inmaculada Concepción de María?



Es cierto que en primer lugar esta fiesta significa que María fue la primer redimida por Jesús, la llena de gracia, la toda santa. En este sentido la fiesta de hoy reconoce la obra salvadora de Dios en María.

Pero la fiesta de la Inmaculada Concepción es mucho más que esto. Nos está diciendo lo que tendría que realizarse en cada uno de nosotros y en la Iglesia entera. María santa e inmaculada en su concepción, es una llamada y un modelo de aquella santidad en la que todos fuimos concebidos desde nuestro nacimiento a la vida cristiana por el bautismo.

Sin embargo dentro nuestro y en el mundo en el que estamos viviendo experimentamos todos lo contrario. Experimentamos que no todo es santidad sino que hay mucho pecado. Y esto es lo que escuchábamos en la primer lectura de hoy: existe una larga y constante lucha entre el amor y el egoísmo, entre la luz y las tinieblas. Además de esta semilla de santidad que Dios plantó en cada uno de nosotros, también experimentamos las consecuencias del pecado original, tambien experimentamos que existe la semilla del egoísmo, de la envidia, de la ambición, del poder, de la violencia, de la mentira. Es como si existiera una permanente guerra civil entre el bien y el mal.

Por eso celebrar la fiesta de la inmaculada concepción es ante todo un anuncio de esperanza para nosotros. Porque nos está marcando que Dios no se olvida de nosotros, nos está marcando que si permanecemos abiertos a la gracia de Dios: el bien va triunfar sobre el mal. Si permanecemos como María siempre dóciles a Dios, la victoria final va a ser la del amor sobre el odio.




De esto tenemos que estar seguros. Por que lo peor que hay es el cansancio de los buenos. Y no tenemos que permitir que el cansancio y el desánimo habiten dentro nuestro.

En medio de la confusión generalizada que estamos viviendo, donde se perdió la noción de pecado, donde parece que todo da lo mismo, donde los que tratan de ser buenas y honestas personas son vistas como tontas. En medio de una crisis donde ya no hay valores, donde todo se cuestiona, donde cada uno hace lo que le parece porque todo es relativo, tenemos que recordar que tarde o temprano el bien triunfa. Tenemos que recordar que ser santos en medio de este mundo no es el sueño de unos utópicos que se quedaron en el pasado y a los cuales la sociedad actual se los va a llevar por delante.

La fiesta de la inmaculada concepción nos recuerda que estamos llamados a ser santos. Por eso hoy podemos hacer nuestras las palabras de San Pablo: Dios nos eligió en la persona de Cristo... para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. Él nos ha destinado a ser sus hijos. Y estas palabras no las debemos aplicar sólo a María sino también a cada uno de nosotros. Todos, nos dice San Pablo, hemos sido invitados desde siempre a la santidad, a ser santos e inmaculados.

La fiesta de hoy no sólo nos anuncia la buena noticia de que el bien triunfa sobre el mal, sino que además es una invitación para animarnos a vivir la santidad, es una invitación a unirnos también nosotros a esta lucha del bien sobre el mal, a no dejarnos arrastrar por la corriente del pecado.

Nosotros tambien estamos llamados a ser santos. A veces pensamos que esto es imposible para nosotros porque no tenemos el estilo de vida de los grandes santos. Pero la fiesta de hoy nos vuelve a llenar la esperanza, porque lo más grande que tuvo María fue la simpleza, la humildad, el sentirse pobre ante Dios. Y en ese camino todos nos podemos sentir identificados.

En general pensamos que como yo no tendré jamás el coraje de ser un San Francisco de Asís, entonces vamos a limitarnos a cumplir y a esperar que Dios nos meta al final en el cielo por la puerta de servicio. Entonces la santidad se nos presenta imposible no sólo para nosotros, sino incluso para cualquiera que viva en nuestras circunstancias.

Pero, si abrimos los ojos, vemos que además de los santos extraordinarios, hay muchos otros. Buena gente que ama a Dios, personas que cuando estamos con ellas, nos dan la sensación casi física de la presencia viva de Dios; almas sencillas pero entregadas, normales, pero muy fieles, como María.

Ojalá que el Buen Dios nos conceda que en esta fiesta de la Inmaculada Concepción de María que estamos celebrando hoy, se nos llene el corazón de esperanza y fortaleza, para descubrir que ser buenos en medio de lo que nos toca vivir, es posible.

Que así sea.

26 de noviembre de 2011

Comentario a la liturgia de la Palabra: Primer domingo de adviento

Hoy comenzamos un nuevo año litúrgico. Y lo hacemos con el tiempo de Adviento, que es el tiempo de preparación para la Navidad, es este mes que dedicamos para que la navidad no se nos vaya de las manos.
Adviento significa venida. Y comúnmente solemos hablar de tres venidas de Jesús, de tres advientos. La primer venida de Jesús es la histórica que ocurrió hace dos mil años en Belén. Cuando el Hijo de Dios se hizo hombre, habitó entre nosotros y resucitó para nosotros. Hoy lo recordamos, y en este tiempo de preparación para la navidad queremos imitar la esperanza y el hambre de Dios de los pueblos que suspiraron por el salvador.
El segundo adviento, o la segunda venida de Jesús será al final de los tiempos. Jesús vendrá a cerrar la historia. Será el triunfo definitivo del amor, del bien, de la verdad.
Pero hay un tercer tipo de adviento, que es la venida permanente de Jesús a mi corazón, a lo más íntimo de mi persona. Viene de mil modos. Hoy vivimos constantemente este adviento, y sobretodo para eso están estas semanas previas a la navidad, para intensificar nuestra apertura a ese Jesús presente entre nosotros, para intensificar nuestra apertura a ese Jesús que viene de nuevo a mi vida en esta navidad.

Porque puede sucedernos, y de hecho muchas veces nos sucede, que la Navidad pase de largo. Por eso, nos hace bien que, de entrada el evangelio de hoy nos diga ESTEN ATENTOS porque cuando menos se den cuenta se nos viene encima navidad y otra vez a pedir perdón por haber dejado pasar un tiempo de gracia. Y Adviento es tiempo de preparar el corazón en serio para la navidad.
Adviento es este mes para hacerle lugar a Dios que quiere hacerse carne en mi vida, es este mes de hacerle sitio al Niño Dios que quiere volver a nacer en mi corazón, adviento es este tiempo para preparar un lugar en nuestro corazón al Niño Dios que viene a nuestro encuentro.
Quizas una de las escenas más fuertes que tiene el evangelio, es aquella de María y José que van golpeando las puertas del pueblito de Belén y no hay sitio alguno para ellos y para el niño que está por nacer, no hay lugar para María que está por dar a luz a Jesús. Dios se hace carne buscando sitio entre los hombres y no hay lugar. Jesús, el hijo de Dios, el creador del mundo, busca un lugar entre sus creaturas y no lo encuentra.
Esta es una imagen que nos interpela fuertemente. Una vez con un grupo de jóvenes de una parroquia que vamos a misionar todos los sábados a una capillita en San Miguel, nos pasaba justamente en una casa que golpeábamos la puerta para dejarles una oración navideña, que la señora nos atendía desde adentro y antes que le dijéramos algo, nos decía que no tenía tiempo para nosotros, que ahora estaba ocupada... Quizas era cierto, además debía estar cansada que le golpearan la puerta para pedirle cosas.
Pero me hizo pensar en esta imagen de María y José tocando las puertas del pueblito y lo que habrán sentido. Nos vendría bien que al menos por un instante pensemos que nosotros podríamos ubicarnos entre los que sienten el golpe de Jose en la puerta. Es como si en esta navidad sucediera esto mismo. Imaginemonos en aquel momento..., imaginar que nos golpean nuestra puerta, imaginar que nosotros somos aquellos que ni siquiera les abren, imaginémonos entre los que después quizas de pispear por la ventana prefirieron dejarlo pasar para no meterse en problemas, imaginémonos quizas entre aquellos que salimos a darle una explicación muy educada, muy sensata de que en definitiva lo mejor es no quedarse en esta casa, pero que no lo entiendan mal, que no es por mala voluntad, que esta vez no va a poder ser pero que cuando quieran por supuesto, el año que viene sepan que acá está su casa, pero bueno de todos modos si pueden avisar antes mejor.
Esta posibilidad de abrir la puerta para explicarle que sería mejor que no se queden también puede darse en nosotros. Esto que sucedió históricamente, también hoy se repite espiritualmente en esta navidad y no se repite en un lugar geográfico, sino que se repite en mi propio corazón. Esta posibilidad de las puertas cerradas a Dios también se repite en nosotros.
El desafío en este mes de adviento es ese. Yo tengo que hacerle sitio al Señor en este tiempo, ya no en la posada, ya no en una casa física, sino ahora es hacerle sitio en mi vida, hacerle sitio en este momento de mi historia.
El desafío es ver como podemos ir preparando el corazón para esta navidad. Porque en general Navidad nos agarra con calor; nos agarra medio hartos de estudiar; nos agarra al final de un año muy cansador.
Y puede pasarnos que no le hagamos lugar a Jesús en esta navidad. Puede pasarnos que pasemos todo este mes sin escuchar como Dios nos está golpeando las puertas y nosotros le decimos que ahora no podemos, que estamos ocupados, que mejor empezamos el año que viene. Y entonces así nos pasemos este tiempo aceleradísmos en tantas cosas sin darnos cuenta que se nos escapa lo más importante.
Quizas cada uno podría preguntarse cuál va a ser el modo para prepararse de la mejor manera.
Por ejemplo alguno podrá asumir el compromiso de tener DIEZ MINUTOS DIARIOS DE ADORACIÓN AL SANTÍSIMO, de silencio. Y preguntarse dónde van a estar esos diez minutos. Van a estar al levantarse, al mediodía; a la noche, si es que a la noche se puede. Porque en general los últimos diez minutos del día no son los mejores. Que no vayamos a hablar con Dios cuando ya no podemos más. Primero, porque así nadie escucha; y segundo, porque es muy triste que justamente a quien más amamos, le estemos dedicando diariamente los restos de minutitos que nos quedan, para hablar con Aquel que nos creó, que nos salvó, que nos sostiene, de quien dependemos.
Otro podrá preparar el corazón para navidad asumiendo el compromiso de estar con un poquito de mejor humor en casa. Porque en general nos pasa, que: o porque estamos a mil estudiando, o porque tenemos muchísimos problemas en el trabajo, o por lo que sea..., pero lo cierto es que a veces estamos de tan pésimo humor que nadie nos puede pedir nada, que nadie se nos puede ni acercar porque ya es motivo de pelea. Entonces es un buen propósito el tratar mejor a quienes nos rodean; ya que justamente navidad es el nacimiento del Rey de la Paz, que muchas veces encuentra en nosotros tanta guerra, que no se siente en su sitio, no encuentra el pesebre que él necesita en nuestro propio corazón para nacer. Él, que viene a traer la paz… encuentra guerra, viene a traer la luz… nos encuentra llenos de tinieblas, viene a traer la ternura… nos encuentra agrediendo a todo el que se nos cruza,… y entonces, no encuentra el sitio.
Que la Virgen nos conceda la gracia de hacerle sitio a Dios en nuestro corazón para que pueda nacer. Cada uno verá como. Pero que ella no permita que dejemos pasar de nuevo al Señor, que ya empecemos a decirle a Jesús, hoy mismo, no esperemos hasta el 24 de diciembre, hoy mismo empecemos a decirle: Ven Señor Jesús, quedate con nosotros porque te necesitamos, quizas hoy más que nunca. Nuestro corazón quiere ser este año ese pesebre sencillo donde vos puedas nacer y llenarme el corazón de vida como siempre lo haces cuando te abrimos las puertas.
Que así sea.


23 de octubre de 2011

Contemplemos a Jesús con los ojos del espíritu

San Juan Crisóstomo

Enseñanzas de los Santos Padres de la Iglesia sobre la Eucaristía
Tomen y coman, dice Jesús, este es mi cuerpo que se da por ustedes (1 Co 11,24). ¿Cómo no se turbaron los discípulos al escuchar estas palabras? Porque Cristo les había hablado ya mucho sobre esta materia (cf. Jn 6). No insiste sobre ello, pues estima que les había hablado lo suficiente...
Confiemos también nosotros plenamente en Dios. No le pongamos dificultades, aunque lo que diga parezca ser contrario a nuestros razonamientos y a lo que vemos. Que más bien su palabra sea maestra de nuestra razón y de nuestra misma visión. Tengamos esta actitud frente a los misterios sagrados: no veamos en ellos solamente lo que se ofrece a nuestros sentidos, sino que tengamos sobre todo en cuenta las palabras del Señor. Su palabra no puede engañarnos, mientras que nuestros sentidos fácilmente nos equivocan; ella jamás comete un fallo, pero nuestros sentidos fallan a menudo. Cuando el Verbo dice: Esto es mi cuerpo, fiémonos de él, creamos y contemplémosle con los ojos del espíritu. Porque Cristo no nos ha dado nada puramente sensible: aun en las mismas realidades sensibles, todo es espiritual.
¡Cuántas personas dicen hoy: “Quisiera ver el rostro de Cristo, sus rasgos, sus vestidos, sus calzados!”. Pues bien, precisamente lo estás viendo a él, lo tocas, lo comes. Deseabas ver sus vestidos; y él mismo se te entrega no solamente para que lo veas, sino también para que lo toques, lo comas, lo recibas en tu corazón. Que nadie se acerque con indiferencia o con apatía; sino que todos vengan a él animados de un ardiente amor.

14 de octubre de 2011

Él es un alimento y una bebida absolutamente inagotable

Enseñanzas de los Santos Padres de la Iglesia sobre la Eucaristía





San Columbano
Queridos hermanos, si su alma tiene sed de la fuente divina de que les voy a hablar, aviven esta sed y no la apaguen. Beban pero sin hartarse. Porque la fuente viva nos llama, la fuente de vida nos dice: El que tenga sed que venga a mí y beba. ¿Beber qué? Escúchenlo. El profeta nos lo dice, la misma fuente lo declara: Me han abandonado a mí, que soy la fuente de vida, dice el Señor (Jr 2, 13). El mismo Señor, Jesucristo nuestro Señor, es la fuente de vida, y por eso nos invita para que lo bebamos. Lo bebe el que lo ama; lo bebe el que se sacia con la Palabra de Dios, la ama y la desea; lo bebe el que arde de amor por la sabiduría...

Vean de dónde brota esta fuente: viene del lugar de donde descendió el Pan; porque el Pan y la fuente son uno: el Hijo único, nuestro Dios, Jesucristo el Señor, del que siempre hemos de tener sed. Aunque lo comemos y lo devoramos con nuestro amor, nuestro deseo nos produce todavía más sed de Él. Como el agua de una fuente, bebámoslo sin cesar con un inmenso amor, bebámoslo con toda nuestra avidez, y deleitémonos con su dulzura. Porque el Señor es dulce y es bueno. Que lo comamos o lo bebamos, siempre tendremos hambre y sed de él, porque él es un alimento y una bebida absolutamente Inagotables. Cuando se lo come, no se consume; cuando se lo bebe, no desaparece; porque nuestro Pan es eterno y perpetúa nuestra fuente, nuestra dulce fuente.




De ahí lo que dice el profeta: Los que tienen sed acudan a la fuente (Is 55, 1). En efecto, es la fuente de los sedientos, no la de los satisfechos. A los sedientos, que en otra parte los declara bienaventurados (Mt 5, 6), los invita: los que no tienen bastante para beber, pero que cuanto más beben más sed tienen.

Hermanos, la fuente es la sabiduría, la Palabra de Dios en las alturas (Si 1, 5), deseémosla, busquémosla: en ella están ocultos, como dice el Apóstol, todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia (Col 2, 3); ella invita a los que tienen sed a que se lleguen a beber. Si tú tienes sed bebe en la fuente de vida; si tienes hambre, come el Pan de vida. Dichosos los que tienen hambre de este Pan y sed de esta fuente. Comen y beben sin cesar y desean seguir bebiendo y comiendo. Qué bueno es poder comer y beber siempre, sin perder la sed ni el apetito, aquello que continuamente se puede gustar sin dejar de desearlo. El rey profeta lo dice: Gusten y vean qué bueno es el Señor (Sal 33, 9)»15.

23 de septiembre de 2011

"Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?"


El Evangelio de hoy nos dice:
Un día en que Jesús oraba a solas y sus discípulos estaban con él, les preguntó: "¿Quién dice la gente que soy yo?".
Ellos le respondieron: "Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado".
"Pero ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy yo?". Pedro, tomando la palabra, respondió: "Tú eres el Mesías de Dios".
Y él les ordenó terminantemente que no lo dijeran a nadie.
"El Hijo del hombre, les dijo, debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día". (Lc. 9,18-22)
Acá presentamos algunas respuestas de la Madre Teresa de Calcuta que nos pueden ayudar a reflexionar sobre la pregunta del Señor:


¿Quién es Jesús para mí?
Para mí, Jesús es
El Verbo hecho carne. (Jn 1,14).
El Pan de la vida. (Jn 6,35).
La víctima sacrificada en la cruz por nuestros pecados. (1Jn 4,19).
El Sacrificio ofrecido en la Santa Misa por los pecados del mundo y por los míos propios. (Jn 1,29).
La Palabra, para ser dicha. (Jn 14,6)
La Verdad, para ser proclamada.
El Camino, para ser recorrido. (Jn 14,6)
La luz, para ser encendida. (Jn 8,12)
La Vida, para ser vivida.
El Amor, para ser amado.
La Alegría, para ser compartida.
El sacrificio, para ser dados a otros.
El Pan de Vida, para que sea mi sustento.
El Hambriento, para ser alimentado. (Mt 25,35)
El Sediento, para ser saciado.
El Desnudo, para ser vestido.
El Desamparado, para ser recogido.
El Enfermo, para ser curado.
El Solitario, para ser amado.
El Indeseado, para ser querido.
El Leproso, para lavar sus heridas.
El Mendigo, para darle una sonrisa.
El Alcoholizado, para escucharlo.
El Deficiente Mental, para protegerlo.
El Pequeñín, para abrazarlo.
El Ciego, para guiarlo.
El Mudo, para hablar por él.
El Tullido, para caminar con él.
El Drogadicto, para ser comprendido en amistad.
La Prostituta, para alejarla del peligro y ser su amiga.
El Preso, para ser visitado.
El Anciano, para ser atendido.
Para mí, Jesús es mi Dios.
Jesús es mi Esposo.
Jesús es mi Vida.
Jesús es mi único amor.
Jesús es mi Todo.

Beata Teresa de Calcuta

18 de septiembre de 2011

SEPTIEMBRE: MES DE LA BIBLIA. La Eucaristía y la Mesa de la Palabra


De la Carta Dominicae Cenae de Juan Pablo II:
Sabemos bien que la celebración de la Eucaristía ha estado vinculada, desde tiempos muy antiguos, no sólo a la oración, sino también a la lectura de la Sagrada Escritura, y al canto de toda la asamblea. Gracias a esto ha sido posible, desde hace mucho tiempo, relacionar con la Misa el parangón hecho por los Padres con las dos mesas, sobre las cuales la Iglesia prepara para sus hijos la Palabra de Dios y la Eucaristía, es decir, el Pan del Señor. Debemos pues volver a la primera parte del Sagrado Misterio que, con frecuencia, en el presente se le llama Liturgia de la Palabra, y dedicarle un poco de atención.

La lectura de los fragmentos de la Sagrada Escritura, escogidos para cada día, ha sido sometida por el Concilio a criterios y exigencias nuevas. [54] Como consecuencia de tales normas conciliares se ha hecho una nueva selección de lecturas, en las que se ha aplicado, en cierta medida, el principio de la continuidad de los textos, y también el principio de hacer accesible el conjunto de los Libros Sagrados. La introducción de los salmos con los responsorios en la liturgia familiariza a los participantes con los más bellos recursos de la oración y de la poesía del Antiguo Testamento. Además el hecho de que los relativos textos sean leídos y cantados en la propia lengua, hace que todos puedan participar y comprenderlos más plenamente. No faltan, sin embargo, quienes, educados todavía según la antigua liturgia en latín, sienten la falta de esta «lengua única», que ha sido en todo el mundo una expresión de la unidad de la Iglesia y que con su dignidad ha suscitado un profundo sentido del Misterio Eucarístico. Hay que demostrar pues no solamente comprensión, sino también pleno respeto hacia estos sentimientos y deseos y, en cuanto sea posible, secundarlos, como está previsto además en las nuevas disposiciones. La Iglesia romana tiene especiales deberes, con el latín, espléndida lengua de la antigua Roma, y debe manifestarlo siempre que se presente ocasión.
De hecho las posibilidades creadas actualmente por la renovación posconciliar son a menudo utilizadas de manera que nos hacen testigos y partícipes de la auténtica celebración de la Palabra de Dios. Aumenta también el número de personas que toman parte activa en esta celebración. Surgen grupos de lectores y de cantores, más aún, de «scholae cantorum», masculinas o femeninas, que con gran celo se dedican a ello. La Palabra de Dios, la Sagrada Escritura, comienza a pulsar con nueva vida en muchas comunidades cristianas. Los fieles, reunidos para la liturgia, se preparan con el canto para escuchar el Evangelio, que es anunciado con la debida devoción y amor.
Constatando todo esto con gran estima y agradecimiento, no puede sin embargo olvidarse que una plena renovación tiene otras exigencias. Estas consisten en una nueva responsabilidad ante la Palabra de Dios transmitida mediante la liturgia, en diversas lenguas, y esto corresponde ciertamente al carácter universal y a las finalidades del Evangelio. La misma responsabilidad atañe también a la ejecución de las relativas acciones litúrgicas, la lectura o el canto, lo cual debe responder también a los principios del arte. Para preservar estas acciones de cualquier artificio, conviene expresar en ellas una capacidad, una sencillez y al mismo tiempo una dignidad tales, que haga resplandecer, desde el mismo modo de leer o de cantar, el carácter peculiar del texto sagrado.
Por tanto, estas exigencias, que brotan de la nueva responsabilidad ante la Palabra de Dios en la liturgia, llegan todavía más a lo hondo y afectan a la disposición interior con la que los ministros de la Palabra cumplen su función en la asamblea litúrgica. La misma responsabilidad se refiere finalmente a la selección de los textos. Esa selección ha sido ya hecha por la competente autoridad eclesiástica, que ha previsto incluso los casos, en que se pueden escoger lecturas más adecuadas a una situación especial. Además, conviene siempre recordar que en el conjunto de los textos de las Lecturas de la Misa puede entrar sólo la Palabra de Dios. La lectura de la Escritura no puede ser sustituida por la lectura de otros textos, aun cuando tuvieran indudables valores religiosos y morales. Tales textos en cambio podrán utilizarse, con gran provecho, en las homilías. Efectivamente, la homilía es especialmente idónea para la utilización de esos textos, con tal de que respondan a las requeridas condiciones de contenido, por cuanto es propio de la homilía, entre otras cosas, demostrar la convergencia entre la sabiduría divina revelada y el noble pensamiento humano, que por distintos caminos busca la verdad.

20 de julio de 2011

"El sembrador salió a sembrar"


Comentario del santo Cura de Ars al Evangelio de hoy:
"Si me preguntáis ahora lo que quiere decir Jesucristo por este sembrador, que salió de madrugada para ir a sembrar la simiente en el campo, hermanos míos, el sembrador es Dios mismo, que empezó a trabajar en nuestra salvación desde el comienzo del mundo, enviándonos a sus profetas antes de la venida del Mesías, para que aprendamos lo que se necesitaba para salvarse; no se ha contentado con enviarnos a sus servidores, vino él mismo, y nos ha trazado el camino que debemos seguir, ha venido a anunciarnos la santa palabra.

¿Sabéis lo que supone que una persona no se alimente de esta palabra santa o abuse? Es similar a un enfermo sin médico, a un viajero perdido y sin guía, a un pobre sin recursos; digamos mejor, hermanos míos, que es imposible amar a Dios y complacerle sin ser alimentado por esta palabra divina. ¿Qué es lo que nos mueve a acercarnos a él, si no porque lo conocemos? Y ¿quién nos lo hace conocer con todas sus perfecciones, bondades y su amor para con nosotros, si no la Palabra de Dios, que nos enseña todo lo que ha hecho por nosotros y los bienes que nos prepara en la otra vida, si queremos complacerle?"

Vayamos entonces a adorar a la Palabra Viva en la Eucaristía

15 de julio de 2011

Adoradores en Espíritu y en Verdad





Presentamos a continuación un texto que nos puede ayudar a en la Lectio Divina del Evangelio según san Juan donde se relata el encuentro de Jesús con la mujer de Samaría. Para muchos, este pasaje es el texto cumbre sobre la adoración.


Juan 4:


v. 19 «La mujer le dice: “Señor, veo que eres un profeta”»: La Samaritana abre su corazón a Jesús, al comprobar que es un profeta. Este hombre ha tenido la capacidad de conocer su vida por dentro, y eso es señal de que es un hombre de Dios. Pues bien, ante los hombres de Dios, se suele abrir el corazón, planteando las dudas y cuestiones determinantes de la existencia.


v. 20 «Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén»: La Samaritana le propone al “profeta” la vieja controversia entre samaritanos y judíos acerca del verdadero lugar de adoración a Dios. Desde la fuente de Jacob se contempla el monte Garizim, por lo que la pregunta estaba servida: ¿Era en Garizim o en Jerusalén donde se había de dar culto a Dios?


v. 21 «Jesús le dice: “Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre”»: Jesús responde a la Samaritana con unas palabras de revelación que remiten al futuro: “Se acerca la hora” en que ambos santuarios perderán su significado. Este giro de San Juan (“se acerca la hora”), lo podemos encontrar también en otros pasajes de su Evangelio (Jn 5, 25.28), y tiene un matiz escatológico: la luz alborea con la persona misma de Jesús; en Él se anuncia la nueva forma de adoración a Dios, para la cual es irrelevante el lugar del culto.
Llegado ese momento, también los samaritanos adorarán al Padre. He aquí una velada promesa de que todos –judíos, samaritanos, paganos- están llamados al conocimiento y a la adoración del Dios verdadero. En la cumbre de la revelación, no será la pertenencia a un pueblo determinado el factor que distinga a los verdaderos adoradores de los falsos, sino la disposición personal a acoger la luz de la revelación que se dirige a todos los pueblos.


v. 22 «Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos»: Ahora bien, Jesús hace constar que la salvación ha tenido un camino histórico establecido por Dios, a través del pueblo judío. El culto de los samaritanos tuvo su origen en ambiciones y enfrentamientos políticos. Por ello, el Mesías esperado viene de los judíos.
El papel de Israel ha sido importantísimo en la Historia de la Salvación, pero ha llegado ya a su final (v. 17 «Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo»). Llegado ahora Cristo, los samaritanos y todos los demás pueblos estarán en igualdad de condiciones para acoger la plenitud de la revelación.


v. 23 «Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le adoren así»: Con una concisión y densidad insuperables, Jesús formula la siguiente expresión: “Los verdaderos adoradores del Padre, le adorarán en espíritu y en verdad”. Algunos han interpretado esta doble adoración de forma equivocada o insuficiente:


+ Por la “adoración en espíritu” se entendería la actitud moral interior, en contraste con el mero culto exterior ritualista del Antiguo Testamento que era reprochado por los profetas.


+ Y la “adoración en verdad” se interpretaría en referencia a la novedad de Cristo, en contraste con las “sombras” del Antiguo Testamento. Por ejemplo, los sacrificios de animales eran sombra del sacrificio de Cristo, la circuncisión era sombra del bautismo (cfr. Col 2, 11-12), etc.
Pero no parecen aceptables dichas interpretaciones… El término “pneuma” (espíritu) no puede entenderse en el sentido moral o antropológico; sino más bien en el sentido de “espíritu divino”, como por norma general es utilizado en San Juan. Además, en esta ocasión no hay duda alguna, puesto que en el versículo siguiente (v. 24) especificará: “Dios es pneuma”.
Por lo tanto, en el caso presente Jesucristo no estaba contraponiendo el culto meramente ritualista al culto espiritual, sino que va mucho más allá: “espíritu” y “verdad” se refieren al “Espíritu Santo” y al “Verbo”. Es decir, los auténticos adoradores adorarán al Padre, en el Espíritu Santo y en Jesucristo. La segunda y la tercera persona de la Santísima Trinidad, nos introducen en su escuela de adoración… Adoramos por Ellos, con Ellos y en Ellos.
En el diálogo de Jesús con Nicodemo (Jn 3, 3-8), queda claro que el hombre necesita nacer de nuevo, nacer del Espíritu (Jn 3, 3-8) para acoger el don de Dios. El hombre terreno no tiene por sí mismo acceso a Dios, sino que esa intimidad con Dios le es regalada gratuitamente. Dios capacita al hombre para poder relacionarse con Él. El encuentro del hombre con Dios es un regalo de este último, que le eleva gratuitamente a la condición de “hijo”. Somos “hijos” en el Hijo, por el Espíritu Santo. La adoración en “espíritu” tiene lugar en el único templo agradable al Padre, el Cuerpo de Cristo resucitado (Jn 2, 19-22).


v. 24 «Dios es espíritu, y los que le adoran deben hacerlo en espíritu y verdad»: Jesús da como razón profunda de esta adoración, precisamente el ser o la naturaleza de Dios: “Dios es espíritu”, lo cual trae a la memoria que Dios es inaccesible para los que somos seres carnales y materiales. Para encontrarse con Dios se requiere una elevación del hombre, a la condición de “hombre espiritual”. Por ello, lo decisivo no es el lugar donde se realice la adoración externa (en Jerusalén o en Garizim), sino nuestro acceso a la divinización, en Cristo, por el Espíritu Santo.
Este episodio de la samaritana deja claras las distancias entre la soteriología cristiana y la soteriología gnóstica: frente a la concepción de que el ser divino no es accesible más que para los sabios o los puros (cfr. Escritos de Nag-Hammadi), el Evangelio de San Juan se centra en la clave de la Revelación misericordiosa de Dios a todas las naciones, manifestada en el mediador entre Dios y los hombres –el Salvador del mundo- que es Jesucristo.


v. 25 «La mujer le dice: “Sé que ha de venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo”»: La Samaritana no entiende las palabras de Cristo, y mira al futuro esperando al Mesías, que lo anunciará todo. Jesús le quiere hacer entender que el futuro ha llegado: ¡es el presente!


v. 26 «Jesús le dice: “Soy yo, el que habla contigo”»: Jesús se da a conocer a la mujer como el Mesías esperado, mediante la fórmula de revelación “Ego Eimí”. Resuena aquí, de forma evidente, la expresión joánea que refiere a Cristo el “Yo Soy” (Yahvé) del Antiguo Testamento.
Se alcanza aquí el punto culminante del diálogo entre Jesús y la Samaritana: Él es el dador del agua viva, así como el “lugar” del nuevo culto a Dios. Los samaritanos, imagen de cada uno de nosotros, llegan por fin a la fe en Jesucristo, el Salvador del mundo.
La conclusión de este pasaje evangélico de San Juan, auténtica cumbre de la pedagogía con la que la Sagrada Escritura nos introduce en la escuela de la adoración, es la siguiente: La adoración no es otra cosa que la expresión de la espiritualidad bautismal; la consecuencia lógica de haber sido introducidos en el seno de la Trinidad. Somos hijos en el Hijo, y en Él, por el Espíritu Santo, somos adoradores del Padre.


Ésta es -en la vida presente- y será -por toda la eternidad- nuestra vocación: ser adoradores del Padre, en el Hijo, por el Espíritu Santo. Llegados a este punto, ¿cómo no traer a colación aquellas palabras de mi querido paisano y santo patrón, Ignacio de Loyola: «El hombre ha sido creado para dar Gloria a Dios». San Pablo lo refleja en un bello himno de la Carta a los Efesios: «Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya» (Ef 1, 3-6).

27 de junio de 2011

"Toda lengua proclame que Jesús es Señor"



“Es conocido cómo nuestro querido Papa, Benedicto XVI, introdujo la adoración al Santísimo Sacramento en la dinámica de las Jornadas Mundiales de la Juventud. ¡Difícilmente olvidaremos aquella imagen de la explanada de Marienfeld en Colonia, en la que se realizó este gran “signo” ante los ojos del mundo entero! En aquella estampa se veía cumplida la Palabra de Dios, tal y como es expresada en la Carta de San Pablo a los Filipenses: «Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el abismo; y toda lengua proclame que Jesús es Señor, para gloria de Dios Padre» (Flp 2, 10-11).
Tres años más tarde, en el hipódromo de Randwick, en Sydney, se volvió a repetir el mismo acto de adoración; y, Dios mediante, en Madrid, en el aeródromo de Cuatro Vientos, jóvenes de todo el mundo se postrarán, nuevamente, ante Cristo nuestro Señor.

¿Quién dijo que los jóvenes son insensibles al lenguaje litúrgico? No son tiempos para ofertas difusas e inconsistentes… Como afirma Benedicto XVI: «Los jóvenes no buscan una Iglesia juvenil, sino joven de espíritu; una Iglesia en la que se transparenta Cristo, el Hombre nuevo».
En estos momentos está brotando un estilo de pastoral juvenil “fuerte”, que fue puesto en marcha por el Beato Juan Pablo II, y consolidado por su sucesor en la Cátedra de Pedro.

Pues bien, sin pretender aplicar de forma unívoca este axioma al estudio de la adoración en el Nuevo Testamento, sí que podemos hacerlo análogamente. En los Evangelios descubrimos diversos pasajes en los que Jesús es adorado, de lo cual se desprende una profesión de fe en su divinidad. Si Jesús es adorado, es señal inequívoca de que es confesado como verdadero Dios. No en vano, en el Antiguo Testamento, el pueblo de Israel había sido educado para adorar solamente a Yahvé: «No adorarás a otro dios» (Ex 23, 24), «No adorarás a dioses extranjeros» (Ex 34, 14), «Al Señor tu Dios adorarás y a él sólo darás culto» (Mt 4, 10). Quiero exponer a continuación algunos pasajes del Nuevo Testamento, en los que Jesús es adorado:

+ Nacimiento de Jesús: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto su estrella y venimos a adorarlo (proskyneo)» (Mt 2, 2); «Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo los cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra» (Mt 2, 11).

+ Curación del ciego de nacimiento: «Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?”. El contestó: “¿Y quién es, Señor, para que crea en él?”. Jesús le dijo: “Lo estás viendo: el que está hablando, ése es”. Él dijo: “Creo, Señor”. Y le adoró (proskyneo) (y se postró ante él)» (Jn 9, 35-38).

+ Jesús camina sobre las aguas: «Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?”. En cuanto subió a la barca le adoraron (proskyneo) (se postraron ante él) diciendo: “Realmente eres Hijo de Dios”» (Mt 14, 31-33).

+ Aparición de Jesús resucitado: «De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: “Alegraos”. Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y le adoraron (proskyneo) (se postraron ante él)» (Mt 28, 9).

+ Ascensión al Cielo: «Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado al cielo. Ellos le adoraron (proskyneo) y se volvieron a Jerusalén con gran alegría» (Lc 24, 50-52).

+ Misión de los discípulos: «Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos le adoraron (proskyneo) (se postraron ante él), pero algunos dudaron. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: “Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”» (Mt 28, 16-20).

+ Adoración expresada en las cartas paulinas: «Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el abismo; y toda lengua proclame que Jesús es Señor, para gloria de Dios Padre» (Flp 2, 10-11).

+ La adoración a Jesús contrasta en el Nuevo Testamento, con el rechazo de la adoración a los apóstoles, a los emperadores romanos, e incluso a los ángeles. Obviamente, esto da una autoridad, mayor si cabe, a los pasajes evangélicos que hemos aducido, en los que Jesús es adorado. Veamos algunos textos:

a) Rechazo de la adoración a los apóstoles: «Cuando iba a entrar Pedro, Cornelio le salió al encuentro y, postrándose le quiso rendir homenaje. Pero Pedro lo levantó diciéndole: “Levántate, que soy un hombre como tú”» (Hch 10, 25-26).

b) Rechazo de la adoración a los emperadores romanos (figurados por la bestia del Apocalipsis): «El que adore a la bestia y a su imagen y reciba su marca en la frente o en la mano, ése beberá del vino del furor de Dios, escanciado sin mezcla en la copa de su ira, y será atormentado con fuego y azufre en presencia de los santos ángeles y del Cordero» (Ap 14, 9-10).

c) Rechazo de la adoración a los mismos ángeles: «Caí a los pies (del ángel) para adorarlo, pero él me dijo: “No lo hagas, yo soy como tú y como tus hermanos que mantienen el testimonio de Jesús; a Dios has de adorar”. El testimonio de Jesús es el testimonio del profeta» (Ap 19, 10).
Tras examinar estos textos, en los que la postración ante Jesucristo es plenamente equiparable a la adoración a Yahvé, podemos y debemos hacer una aplicación a nuestros días y a nuestra situación eclesial.

En la escuela de la JMJ: Hacia una espiritualidad de la adoración
Las diversas reflexiones que el Papa Benedicto XVI nos brindó en torno a la adoración eucarística realizada en la JMJ de Colonia, son una buena referencia para extraer conclusiones y hacer aplicaciones en la espiritualidad del adorador.

Aprovechando el lema de aquella JMJ en Alemania –«Hemos venido a adorarlo»-, fijémonos en unas palabras del Papa, pronunciadas en vísperas de su viaje a Alemania, después del ángelus del domingo 7 de agosto:

«Miles de jóvenes están a punto de partir, o ya están en camino, hacia Colonia con motivo de la vigésima Jornada Mundial de la Juventud, que tiene como lema “Hemos venido a adorarlo” (Mateo 2, 2). Se puede decir que toda la Iglesia se está movilizando espiritualmente para vivir este evento extraordinario, contemplando a los magos como singulares modelos en la búsqueda de Cristo, ante el cual arrodillarse en adoración. Pero, ¿qué significa adorar? ¿Se trata quizá de una actitud de otros tiempos, carente de sentido para el hombre contemporáneo? ¡No! Una conocida oración, que muchos rezan por la mañana y por la tarde, inicia precisamente con estas palabras: “Te adoro, Dios mío, te amo con todo el corazón...”. En la aurora y en el atardecer, el creyente renueva cada día su “adoración”, es decir su reconocimiento de la presencia de Dios, Creador y Señor del universo. Es un reconocimiento lleno de gratitud, que parte desde lo más hondo del corazón y envuelve todo el ser, porque sólo adorando y amando a Dios sobre todas las cosas el hombre puede realizarse plenamente.

Los Magos adoraron al Niño de Belén, reconociendo en Él al Mesías prometido, al Hijo unigénito del Padre, en el cual, como afirma San Pablo, “habita corporalmente
toda la plenitud de la divinidad” (Col 2, 9). (…) Los Santos son quienes han acogido este don y se han convertido en verdaderos adoradores del Dios vivo, amándolo sin reservas en cada momento de sus vidas. Con el próximo encuentro de Colonia, la Iglesia quiere proponer a todos los jóvenes del tercer milenio esta santidad, que es la cumbre del amor.

¿Quién mejor que María nos puede acompañar en este exigente itinerario de santidad? ¿Quién mejor que Ella nos puede enseñar a adorar a Cristo. Que sea Ella quien ayude especialmente a las nuevas generaciones a reconocer en Cristo el verdadero rostro de Dios, a adorarlo, amarlo y servirlo con total entrega».

Ciertamente, esta cita que hemos leído, descubre un corazón enamorado de Dios; el corazón de Benedicto XVI, quien pasará a la historia por su invitación perseverante a la adoración. El Papa nos habla de los santos como los verdaderos adoradores del Dios vivo: Entre ellos los Magos de Oriente, que lo dejaron todo para salir al encuentro del Dios hecho hombre; pero sobre todo, nos propone el modelo de María, quien habiendo engendrado a su Hijo en la carne, le adoró en “espíritu y verdad”.

Si la santidad es la vocación a la que todos los cristianos estamos llamados; y si, como Benedicto XVI había subrayado, la santidad es la condición indispensable para que seamos verdaderos adoradores de Dios; entonces, la conclusión que se deriva es contundente: «La adoración no es un lujo, sino una prioridad» (cf. Benedicto XVI, ángelus del 28-8-2005, Castelgandolfo).

Es decir, Benedicto XVI había incluido la adoración eucarística en la JMJ, para coronar la invitación que su predecesor, el Beato Juan Pablo II, nos dirigió a todos: “No tengáis miedo a ser santos”. Santidad y adoración son conceptos íntimamente unidos. La santidad posibilita la auténtica adoración; al mismo tiempo que la adoración es fuente de santidad.”

Extractos del discurso de monseñor José Ignacio Munilla Aguirre, obispo de San Sebastián, en la Conferencia internacional de Adoración Eucarística, celebrada en Roma, del 20-24 junio 2011.

Recomendamos también visitar la sigueinte página: http://www.adoratio2011.com/?lang=es

17 de mayo de 2011

“No logramos darnos cuenta de cuánto nos ama Dios” Carlos de Jesús


En un mundo lleno de voces que gritan y nos distraen no es fácil escuchar una voz que habla muy desde arriba en nuestro interior, y que dice como en un murmullo: “Tú eres mi amado, en ti me complazco.” Muchas veces esta voz suave y amable que nos llama “mi amado” nos ha llegado por infinitos caminos. Nuestros padres, familia, amigos y personas ajenas a nosotros que se han cruzado en nuestro camino. Nos han ayudado, guiado, amado. Pero de alguna manera todos estos signos no han sido suficientes para convencernos de que somos amados. Siempre se nos viene a la cabeza la pregunta: si todos los que se preocupan tanto por mí pudieran verme en mí ser más íntimo, ¿seguirían amándome? Esta pregunta nos persigue, se enraíza en nuestro ser y nos hace alejarnos nuevamente de esa voz de Dios Padre casi susurrante que nos llama “Mi Amado”. Pero la realidad es que somos amados; hemos sido amados mucho antes de que nuestros padres, profesores y amigos nos hayan amado o herido.
Es cierto que somos amados, pero tenemos que convertirnos interiormente en amados; es cierto que somos hijos de Dios pero tenemos que llegar a serlo interiormente. Debemos llegar a ser. Debemos llegar a sentirnos amados en las situaciones comunes de nuestra existencia diaria y, poco a poco, llenar el vacío entre lo que debemos ser y las incontables y específicas realidades de nuestra vida. Cuando nuestra verdad más profunda es que somos amados, y cuando nuestro mayor gozo y nuestra paz provienen de aspirar a hacer plenamente nuestra esa verdad, está claro que eso llegará a tener un eco palpable en nuestro comer, beber, amar, divertirnos y trabajar.
Para llegar a ser los amados debemos primero afirmar y estar seguros de que hemos sido elegidos. Cuando sé que fui elegido soy consciente de que se me ha visto como una persona especial, alguien se ha fijado en mí, en mi calidad de persona única y ha expresado el deseo de conocerme y de amarme. Como amados de Dios nosotros somos sus elegidos. Es decir, fuimos vistos por Dios cómo únicos, especiales y valiosísimos.
“Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.” (Jn. 3,16)
Desde toda la eternidad, antes de haber nacido y haberte convertido en parte de la historia, existías en el corazón de Dios, los ojos de Dios te habían visto cómo muy valioso, de una belleza infinita, de un valor eterno.
“La voluntad de Dios es que sean santos” (1 Tes. 4,3). Esa es nuestra vocación: la santidad. “Sean santos como es santo el Padre que está en el Cielo” (Mt. 5,48), nos dice Jesús. Sean santos o, lo que es lo mismo, sean amados. Que su esencia sea ser amados. La voluntad de Dios es que sean amados. Sean amados, como es amado el Padre que está en el Cielo. El Padre es amado por el Hijo y el Hijo es amado por el Padre, siendo el Amor que los une tan grande que es la tercera Persona de la Trinidad: el Espíritu Santo. Dios nos quiere introducir a nosotros en esa relación eterna de amor que es la Trinidad.
Pero, ¿es posible en esta generación frágil y de un humor tan cambiante, hablar de santidad, hablar de amados eternamente? ¿Es posible convencernos de una vez y para siempre que somos los amados de Dios? Porque si nos convencemos de esta verdad nuestra vida cambia radicalmente. Sí, es posible. Porque para ser los amados de Dios no hace falta hacer nada sino ser, y recibirlo todo de Dios. No se nos pide en primer lugar tal o cual virtud, tal o cual acción, tal o cual palabra o gesto, sino, ante que nada, recibir. Tenemos que recibir a Cristo para recibir su santidad, para recibir su capacidad de ser amado. Tenemos que estar ante Dios. Necesitamos estar ante Dios y dejarnos decir: “Vos sos mi amado”. Pero no una vez solamente, sino cada día en nuestra oración personal, frente a Jesús Eucaristía que no deja de decirnos: “Vos sos mi amado, por vos me hice Hombre y por Vos estoy acá en el Sagrario”. Recordando siempre lo que profetizó Isaías: “Él no gritará” y lo que nos pide Dios Padre: “Escúchenlo”.

13 de mayo de 2011

«Mi Carne es verdadera comida y mi Sangre verdadera bebida»



Leemos en el evangelio de hoy:

"Jesús les dijo: Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente.""

El Señor no nos deja solos en este camino. Está con nosotros; más aún, desea compartir nuestra suerte hasta identificarse con nosotros. En el coloquio que acaba de referirnos el evangelio, dice: «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él» (Jn 6, 56). ¿Cómo no alegrarse por esa promesa? Pero hemos escuchado que, ante aquel primer anuncio, la gente, en vez de alegrarse, comenzó a discutir y a protestar: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?» (Jn 6, 52).

En realidad, esta actitud se ha repetido muchas veces a lo largo de la historia. Se podría decir que, en el fondo, la gente no quiere tener a Dios tan cerca, tan a la mano, tan partícipe en sus acontecimientos. La gente quiere que sea grande y, en definitiva, también nosotros queremos que esté más bien lejos de nosotros. Entonces, se plantean cuestiones que quieren demostrar, al final, que esa cercanía sería imposible. Pero son muy claras las palabras que Cristo pronunció en esa circunstancia: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre no tenéis vida en vosotros» (Jn 6, 53). Realmente, tenemos necesidad de un Dios cercano.

Ante el murmullo de protesta, Jesús habría podido conformarse con palabras tranquilizadoras. Habría podido decir: «Amigos, no os preocupéis. He hablado de carne, pero sólo se trata de un símbolo. Lo que quiero decir es que se trata sólo de una profunda comunión de sentimientos». Pero no, Jesús no recurrió a esa dulcificación. Mantuvo firme su afirmación, todo su realismo, a pesar de la defección de muchos de sus discípulos (Jn 6, 66). Más aún, se mostró dispuesto a aceptar incluso la defección de sus mismos Apóstoles, con tal de no cambiar para nada lo concreto de su discurso: «¿También vosotros queréis marcharos?» (Jn 6, 67), preguntó. Gracias a Dios, Pedro dio una respuesta que también nosotros, hoy, con plena conciencia, hacemos nuestra: "Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6, 68).



Papa Benedicto XVI
Homilía para el Congreso Eucarístico italiano, 29/05/05