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9 de diciembre de 2011

"Quédate con nosotros"


Cuando los discípulos de Emaús le pidieron que se quedara "con" ellos, Jesús contestó con un don mucho mayor. Mediante el sacramento de la Eucaristía encontró el modo de quedarse "en" ellos. Recibir la Eucaristía es entrar en profunda comunión con Jesús. "Permaneced en mí, y yo en vosotros" (Jn 15,4).


Esta relación de íntima y recíproca "permanencia" nos permite anticipar en cierto modo el cielo en la tierra. ¿No es quizás éste el mayor anhelo del hombre? ¿No es esto lo que Dios se ha propuesto realizando en la historia su designio de salvación? Él ha puesto en el corazón del hombre el «hambre» de su Palabra (Am 8,11), un hambre que sólo se satisfará en la plena unión con Él. Se nos da la comunión eucarística para "saciarnos" de Dios en esta tierra, a la espera de la plena satisfacción en el cielo.


Pero la especial intimidad que se da en la "comunión" eucarística no puede comprenderse adecuadamente ni experimentarse plenamente fuera de la comunión eclesial... La Iglesia es el cuerpo de Cristo: se camina "con Cristo" en la medida en que se está en relación «con su cuerpo». Para crear y fomentar esta unidad Cristo envía el Espíritu Santo. Y Él mismo la promueve mediante su presencia eucarística. En efecto, es precisamente el único Pan eucarístico el que nos hace un solo cuerpo. El apóstol Pablo lo afirma: "Un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan"(1 Co 10,17).


Beato Juan Pablo II Carta apostólica «Mane nobiscum Domine» §19

6 de diciembre de 2011

El divino Caminante sigue haciéndose nuestro compañero


“«Quédate con nosotros, Señor, porque atardece y el día va de caída» (cf.Lc 24,29). Ésta fue la invitación apremiante que, la tarde misma del día de la resurrección, los dos discípulos que se dirigían hacia Emaús hicieron al Caminante que a lo largo del trayecto se había unido a ellos.


Abrumados por tristes pensamientos, no se imaginaban que aquel desconocido fuera precisamente su Maestro, ya resucitado.


No obstante, habían experimentado cómo «ardía» su corazón (cf. ibíd. 32) mientras él les hablaba explicando» las Escrituras. La luz de la Palabra ablandaba la dureza de su corazón y «se les abrieron los ojos» (cf. ibíd. 31). Entre la penumbra del crepúsculo y el ánimo sombrío que les embargaba, aquel Caminante era un rayo de luz que despertaba la esperanza y abría su espíritu al deseo de la plena luz. «Quédate con nosotros», suplicaron, y Él aceptó. Poco después el rostro de Jesús desaparecería, pero el Maestro se había quedado veladamente en el «pan partido», ante el cual se habían abierto sus ojos.



En el camino de nuestras dudas e inquietudes, y a veces de nuestras amargas desilusiones, el divino Caminante sigue haciéndose nuestro compañero para introducirnos, con la interpretación de las Escrituras, en la comprensión de los misterios de Dios. Cuando el encuentro llega a su plenitud, a la luz de la Palabra se añade la que brota del «Pan de vida», con el cual Cristo cumple a la perfección su promesa de «estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo»
(cf. Mt 28,20).



La «fracción del pan» —como al principio se llamaba a la Eucaristía— ha estado siempre en el centro de la vida de la Iglesia. Por ella, Cristo hace presente a lo largo de los siglos el misterio de su muerte y resurrección. En ella se le recibe a Él en persona, como «pan vivo que ha bajado del cielo» (Jn 6,51), y con Él se nos da la prenda de la vida eterna, merced a la cual se pregusta el banquete eterno en la Jerusalén celeste.”


Extractos de la CARTA APOSTÓLICA
“MANE NOBISCUM DOMINE” de JUAN PABLO II PARA EL AÑO DE LA EUCARISTÍA

3 de noviembre de 2011

El núcleo del Misterio de la Iglesia

De la Carta Encíclica “ECCLESIA DE EUCHARISTIA VIVIT”
del Papa Juan Pablo II, beato.

“La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: « He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo » (Mt 28, 20); en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la Iglesia, Pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza.
Con razón ha proclamado el Concilio Vaticano II que el Sacrificio eucarístico es « fuente y cima de toda la vida cristiana ». « La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo ». Por tanto la mirada de la Iglesia se dirige continuamente a su Señor, presente en el Sacramento del altar, en el cual descubre la plena manifestación de su inmenso amor.”

22 de octubre de 2011

22 de Octubre: Fiesta litúrgica del Beato Juan Pablo II

Oración de S.S. Juan Pablo II a Jesús Sacramentado antes de la bendición eucarística
Plaza de San Marcos, Venecia, 16 de junio de 1985;


Señor Jesús, estamos reunidos ante Ti, el Sucesor de tu Apóstol Pedro y la Iglesia que Tú has congregado en esta ciudad de Venecia. Tú eres el Hijo de Dios hecho hombre, crucificado por nosotros y resucitado por el Padre. Tú, el viviente, realmente presente en medio de nosotros. Tú, el camino, la verdad y la vida: Tú, el único que tienes palabras de vida eterna. Tú, el único fundamento de nuestra salvación y el único nombre que podemos invocar para tener esperanza. Tú, el Amor: el Amor no amado. Señor Jesús, nosotros creemos en ti, te adoramos, te amamos con todo nuestro corazón, y proclamamos tu nombre por encima de todo otro nombre.
En este momento, grande y solemne, te pedimos por esta ciudad y por su territorio. Mírala, Cristo, desde tu cruz, y sálvala. Mira a los pobres, enfermos, ancianos, marginados, a los jóvenes y a las mujeres que se han metido por caminos desesperados, a tantas familias en dificultades y afectadas por las desgracias y los disturbios sociales. ¡Mira y ten piedad! Mira a los que no saben ya creer en el Padre que está en los cielos y no perciben ya su ternura, a los que no logran leer en tu rostro, oh Crucificado, su dolor, su promesa y sus angustias. Mira a cuantos yacen en el pecado, lejos de Ti, que eres la fuente del agua viva: el único que apaga la sed y aplaca el deseo y el ansia inquieta del corazón humano. Míralos y ten piedad.

Bendice a esta ciudad y a su territorio: desde Venecia a las islas, desde las Caorlas a Mira. Bendice a Mestre y Marghera, con las fábricas y el puerto. Bendice a todos los trabajadores que con la fatiga cotidiana proveen a las necesidades de la familia y al progreso de la sociedad. Bendice a los jóvenes, para que nunca se extinga en su corazón la esperanza de un mundo mejor, y la voluntad de gastarse generosamente para edificarlo. Bendice a los que nos gobiernan, para que sean agentes de justicia y de paz. Bendice a los sacerdotes que guían a las comunidades, a los religiosas y a las religiosas. Bendice al seminario, y concédenos a esta Iglesia, jóvenes y muchachas generosos, dispuestos a acoger la llamada al don total de sí en el servicio al Evangelio y a los hermanos.
Concede , Señor Jesús, a esta Iglesia, que se confirme en la fe del bautismo, para que tenga la alegría y la verdad, único camino que lleva a la vida. Concédele la gracia de la reconciliación que brota de tu costado abierto, oh Crucificado: a fin de que, reconciliada y unida, pueda convertirse en fuerza que supera las divisiones, en levadura de una mentalidad nueva de solidaridad y coparticipación, en viviente invitación a seguirte a ti que te has hecho hermano de todos. Concédele finalmente que sea una Iglesia mensajera de esperanza para todos los hombres, a fin de que por este testimonio de esperanza todos se sientan estimulados a comprometerse, trabajando por un mundo más solidario y pacífico conforme a la voluntad de tu Padre, nuestro Creador.
Señor Jesús, danos al paz, Tú que eres la paz y en tu cruz has vencido toda división. Y has de nosotros verdaderos realizadores de paz y de justicia: hombres y mujeres que se comprometan a construír un mundo más justo, más solidario y más fraterno. Señor Jesús, vuelve a nosotros y haznos vigilantes en la esperanza de tu venida. Amén.

15 de octubre de 2011

Toda la Iglesia vive de la Eucaristía

El Sacerdocio ha de tener “forma eucarística”


Carta de Juan Pablo II a los Sacerdotes para el Jueves Santo de 2005

Queridos sacerdotes:

1. En el Año de la Eucaristía, me es particularmente grato el anual encuentro espiritual con vosotros con ocasión del Jueves Santo, día del amor de Cristo llevado «hasta el extremo» (Jn 13, 1), día de la Eucaristía, día de nuestro sacerdocio.

Os envío mi mensaje desde el hospital, donde estoy algún tiempo con tratamiento médico y ejercicios de rehabilitación, enfermo entre los enfermos, uniendo en la Eucaristía mi sufrimiento al de Cristo. Con este espíritu deseo reflexionar con vosotros sobre algunos aspectos de nuestra espiritualidad sacerdotal.

Lo haré dejándome guiar por las palabras de la institución de la Eucaristía, las que pronunciamos cada día in persona Christi, para hacer presente sobre nuestros altares el sacrificio realizado de una vez por todas en el Calvario. De ellas surgen indicaciones iluminadoras para la espiritualidad sacerdotal: puesto que toda la Iglesia vive de la Eucaristía, la existencia sacerdotal ha de tener, por un título especial, «forma eucarística». Por tanto, las palabras de la institución de la Eucaristía no deben ser para nosotros únicamente una fórmula consagratoria, sino también una «fórmula de vida».
Una existencia profundamente «agradecida»
2. «Tibi gratias agens benedixit...». En cada Santa Misa recordamos y revivimos el primer sentimiento expresado por Jesús en el momento de partir el pan, el de dar gracias. El agradecimiento es la actitud que está en la base del nombre mismo de «Eucaristía». En esta expresión de gratitud confluye toda la espiritualidad bíblica de la alabanza por los mirabilia Dei. Dios nos ama, se anticipa con su Providencia, nos acompaña con intervenciones continuas de salvación.
En la Eucaristía Jesús da gracias al Padre con nosotros y por nosotros. Esta acción de gracias de Jesús ¿cómo no ha de plasmar la vida del sacerdote? Él sabe que debe fomentar constantemente un espíritu de gratitud por tantos dones recibidos a lo largo de su existencia y, en particular, por el don de la fe, que ahora tiene el ministerio de anunciar, y por el del sacerdocio, que lo consagra completamente al servicio del Reino de Dios. Tenemos ciertamente nuestras cruces —y ¡no somos los únicos que las tienen!—, pero los dones recibidos son tan grandes que no podemos dejar de cantar desde lo más profundo del corazón nuestro Magnificat.

Una existencia «entregada»


3. «Accipite et manducate... Accipite et bibite...». La autodonación de Cristo, que tiene sus orígenes en la vida trinitaria del Dios-Amor, alcanza su expresión más alta en el sacrificio de la Cruz, anticipado sacramentalmente en la Última Cena. No se pueden repetir las palabras de la consagración sin sentirse implicados en este movimiento espiritual. En cierto sentido, el sacerdote debe aprender a decir también de sí mismo, con verdad y generosidad, «tomad y comed». En efecto, su vida tiene sentido si sabe hacerse don, poniéndose a disposición de la comunidad y al servicio de todos los necesitados.
Precisamente esto es lo que Jesús esperaba de sus apóstoles, como lo subraya el evangelista Juan al narrar el lavatorio de los pies. Es también lo que el Pueblo de Dios espera del sacerdote. Pensándolo bien, la obediencia a la que se ha comprometido el día de la ordenación y la promesa que se le invita a renovar en la Misa crismal, se ilumina por esta relación con la Eucaristía. Al obedecer por amor, renunciando tal vez a un legítimo margen de libertad, cuando se trata de su adhesión a las disposiciones de los Obispos, el sacerdote pone en práctica en su propia carne aquel « tomad y comed », con el que Cristo, en la última Cena, se entregó a sí mismo a la Iglesia.

Una existencia «salvada» para salvar


4. «Hoc est enim corpus meum quod pro vobis tradetur». El cuerpo y la sangre de Cristo se han entregado para la salvación del hombre, de todo el hombre y de todos los hombres. Es una salvación integral y al mismo tiempo universal, porque nadie, a menos que lo rechace libremente, es excluido del poder salvador de la sangre de Cristo: «qui pro vobis et pro multis effundetur». Se trata de un sacrificio ofrecido por «muchos», como dice el texto bíblico (Mc 14, 24; Mt 26, 28; cf. Is 53, 11-12), con una expresión típicamente semítica, que indica la multitud a la que llega la salvación lograda por el único Cristo y, al mismo tiempo, la totalidad de los seres humanos a los que ha sido ofrecida: es sangre «derramada por vosotros y por todos», como explicitan acertadamente algunas traducciones. En efecto, la carne de Cristo se da « para la vida del mundo » (Jn 6, 51; cf. 1 Jn 2, 2).

Cuando repetimos en el recogimiento silencioso de la asamblea litúrgica las palabras venerables de Cristo, nosotros, sacerdotes, nos convertimos en anunciadores privilegiados de este misterio de salvación. Pero ¿cómo serlo eficazmente sin sentirnos salvados nosotros mismos? Somos los primeros a quienes llega en lo más íntimo la gracia que, superando nuestras fragilidades, nos hace clamar «Abba, Padre» con la confianza propia de los hijos (cf. Ga 4, 6; Rm 8, 15). Y esto nos compromete a progresar en el camino de perfección. En efecto, la santidad es la expresión plena de la salvación. Sólo viviendo como salvados podemos ser anunciadores creíbles de la salvación. Por otro lado, tomar conciencia cada vez de la voluntad de Cristo de ofrecer a todos la salvación obliga a reavivar en nuestro ánimo el ardor misionero, estimulando a cada uno de nosotros a hacerse « todo a todos, para ganar, sea como sea, a algunos » (1 Co 9, 22).

Una existencia que «recuerda»


5. «Hoc facite in meam commemorationem». Estas palabras de Jesús nos han llegado, tanto a través de Lucas (22, 19) como de Pablo (1 Co 11, 24). El contexto en el que fueron pronunciadas —hay que tenerlo bien presente— es el de la cena pascual, que para los judíos era un « memorial » (zikkarôn, en hebreo). En dicha ocasión los hebreos revivían ante todo el Éxodo, pero también los demás acontecimientos importantes de su historia: la vocación de Abraham, el sacrificio de Isaac, la alianza del Sinaí y tantas otras intervenciones de Dios en favor de su pueblo. También para los cristianos la Eucaristía es el «memorial», pero lo es de un modo único: no sólo es un recuerdo, sino que actualiza sacramentalmente la muerte y resurrección del Señor.

Quisiera subrayar también que Jesús ha dicho: «Haced esto en memoria mía». La Eucaristía no recuerda un simple hecho; ¡recuerda a Él! Para el sacerdote, repetir cada día, in persona Christi, las palabras del «memorial» es una invitación a desarrollar una «espiritualidad de la memoria». En un tiempo en que los rápidos cambios culturales y sociales oscurecen el sentido de la tradición y exponen, especialmente a las nuevas generaciones, al riesgo de perder la relación con las propias raíces, el sacerdote está llamado a ser, en la comunidad que se le ha confiado, el hombre del recuerdo fiel de Cristo y todo su misterio: su prefiguración en el Antiguo Testamento, su realización en el Nuevo y su progresiva profundización bajo la guía del Espíritu Santo, en virtud de aquella promesa explícita: «Él será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho» (Jn 14, 26).

Una existencia «consagrada»


6. «Mysterium fidei!». Con esta exclamación el sacerdote manifiesta, después de la consagración del pan y el vino, el estupor siempre nuevo por el prodigio extraordinario que ha tenido lugar entre sus manos. Un prodigio que sólo los ojos de la fe pueden percibir. Los elementos naturales no pierden sus características externas, ya que las especies siguen siendo las del pan y del vino; pero su sustancia, por el poder de la palabra de Cristo y la acción del Espíritu Santo, se convierte en la sustancia del cuerpo y la sangre de Cristo. Por eso, sobre el altar está presente «verdadera, real, sustancialmente» Cristo muerto y resucitado en toda su humanidad y divinidad. Así pues, es una realidad eminentemente sagrada. Por este motivo la Iglesia trata este Misterio con suma reverencia, y vigila atentamente para que se observen las normas litúrgicas, establecidas para tutelar la santidad de un Sacramento tan grande.

Nosotros, sacerdotes, somos los celebrantes, pero también los custodios de este sacrosanto Misterio. De nuestra relación con la Eucaristía se desprende también, en su sentido más exigente, la condición «sagrada» de nuestra vida. Una condición que se ha de reflejar en todo nuestro modo de ser, pero ante todo en el modo mismo de celebrar. ¡Acudamos para ello a la escuela de los Santos! El Año de la Eucaristía nos invita a fijarnos en los Santos que con mayor vigor han manifestado la devoción a la Eucaristía (cf. Mane nobiscum Domine, 31). En esto, muchos sacerdotes beatificados y canonizados han dado un testimonio ejemplar, suscitando fervor en los fieles que participaban en sus Misas. Muchos se han distinguido por la prolongada adoración eucarística. Estar ante Jesús Eucaristía, aprovechar, en cierto sentido, nuestras «soledades» para llenarlas de esta Presencia, significa dar a nuestra consagración todo el calor de la intimidad con Cristo, el cual llena de gozo y sentido nuestra vida.

Una existencia orientada a Cristo


7. «Mortem tuam annuntiamus, Domine, et tuam resurrectionem confitemur, donec venias». Cada vez que celebramos la Eucaristía, la memoria de Cristo en su misterio pascual se convierte en deseo del encuentro pleno y definitivo con Él. Nosotros vivimos en espera de su venida. En la espiritualidad sacerdotal, esta tensión se ha de vivir en la forma propia de la caridad pastoral que nos compromete a vivir en medio del Pueblo de Dios para orientar su camino y alimentar su esperanza. Ésta es una tarea que exige del sacerdote una actitud interior similar a la que el apóstol Pablo vivió en sí mismo: «Olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta» (Flp 3, 13-14). El sacerdote es alguien que, no obstante el paso de los años, continua irradiando juventud y como «contagiándola» a las personas que encuentra en su camino. Su secreto reside en la « pasión » que tiene por Cristo. Como decía san Pablo: «Para mí la vida es Cristo» (Flp 1, 21).

Sobre todo en el contexto de la nueva evangelización, la gente tiene derecho a dirigirse a los sacerdotes con la esperanza de « ver » en ellos a Cristo (cf. Jn 12, 21). Tienen necesidad de ello particularmente los jóvenes, a los cuales Cristo sigue llamando para que sean sus amigos y para proponer a algunos la entrega total a la causa del Reino. No faltarán ciertamente vocaciones si se eleva el tono de nuestra vida sacerdotal, si fuéramos más santos, más alegres, más apasionados en el ejercicio de nuestro ministerio. Un sacerdote «conquistado» por Cristo (cf. Flp 3, 12) «conquista» más fácilmente a otros para que se decidan a compartir la misma aventura.

Una existencia «eucarística» aprendida de María


8. Como he recordado en la Encíclica Ecclesia de Eucharistia (cf. nn. 53-58), la Santísima Virgen tiene una relación muy estrecha con la Eucaristía. Lo subrayan, aun en la sobriedad del lenguaje litúrgico, todas las Plegarias eucarísticas. Así, en el Canon romano se dice: «Reunidos en comunión con toda la Iglesia, veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor». En las otras Plegarias eucarísticas, la veneración se transforma en imploración, como, por ejemplo, en la Anáfora II: «Con María, la Virgen Madre de Dios [...], merezcamos [...] compartir la vida eterna».

Al insistir en estos años, especialmente en la Novo millennio ineunte (cf. nn. 23 ss.) y en la Rosarium Virginis Mariae (cf. nn. 9 ss.), sobre la contemplación del rostro de Cristo, he indicado a María como la gran maestra. En la encíclica sobre la Eucaristía la he presentado también como «Mujer eucarística» (cf. n. 53). ¿Quién puede hacernos gustar la grandeza del misterio eucarístico mejor que María? Nadie cómo ella puede enseñarnos con qué fervor se han de celebrar los santos Misterios y cómo hemos estar en compañía de su Hijo escondido bajo las especies eucarísticas. Así pues, la imploro por todos vosotros, confiándole especialmente a los más ancianos, a los enfermos y a cuantos se encuentran en dificultad. En esta Pascua del Año de la Eucaristía me complace hacerme eco para todos vosotros de aquellas palabras dulces y confortantes de Jesús: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19, 27).

Con estos sentimientos, os bendigo a todos de corazón, deseándoos una intensa alegría pascual.

Policlínico Gemelli, Roma, 13 de marzo, V domingo de Cuaresma, de 2005, vigésimo séptimo de Pontificado.

26 de septiembre de 2011

Eucaristía y Bien Común de la Iglesia


De la carta Dominicae Cenae de Juan Pablo II:
No podemos, ni siquiera por un instante, olvidar que la Eucaristía es un bien peculiar de toda la Iglesia. Es el don más grande que, en el orden de la gracia y del sacramento, el divino Esposo ha ofrecido y ofrece sin cesar a su Esposa. Y, precisamente porque se trata de tal don, todos debemos, con espíritu de fe profunda, dejarnos guiar por el sentido de una responsabilidad verdaderamente cristiana. Un don nos obliga tanto más profundamente porque nos habla, no con la fuerza de un rígido derecho, sino con la fuerza de la confianza personal, y así —sin obligaciones legales— exige correspondencia y gratitud. La Eucaristía es verdaderamente tal don, es tal bien. Debemos permanecer fieles en los pormenores a lo que ella expresa en sí y a lo que nos pide, o sea la acción de gracias.

La Eucaristía es un bien común de toda la Iglesia, como sacramento de su unidad. Y, por consiguiente, la Iglesia tiene el riguroso deber de precisar todo lo que concierne a la participación y celebración de la misma. Debemos, por lo tanto, actuar según los principios establecidos por el último Concilio que, en la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, ha definido las autorizaciones y obligaciones, sea de los respectivos Obispos en sus diócesis, sea de las Conferencias Episcopales, dado que unos y otras actúan unidos colegialmente con la Sede Apostólica.
Además debemos seguir las instrucciones emanadas en este campo de los diversos Dicasterios: sea en materia litúrgica, en las normas establecidas por los libros litúrgicos, en lo concerniente al misterio eucarístico, y en las Instrucciones dedicadas al mismo misterio, sea en lo que tiene relación con la «communicatio in sacris», en las normas del «Directorium de re oecumenica» y en la «Instructio de peculiaribus casibus admittendi alios christianos ad communionem eucharisticam in Ecclesia catholica». Y aunque, en esta etapa de renovación, se ha admitido la posibilidad de una cierta autonomía «creativa», sin embargo ella misma debe respetar estrictamente las exigencias de la unidad substancial. Por el camino de este pluralismo (que brota ya entre otras cosas por la introducción de las distintas lenguas en la liturgia) podemos proseguir únicamente hasta allí donde no se hayan cancelado las características esenciales de la celebración de la Eucaristía y se hayan respetado las normas prescriptas por la reciente reforma litúrgica.
Hay que realizar en todas partes un esfuerzo indispensable, para que dentro del pluralismo del culto eucarístico, programado por el Concilio Vaticano II, se manifieste la unidad de la que la Eucaristía es signo y causa. Esta tarea sobre la cual, obligada por las circunstancias, debe vigilar la Sede Apostólica, debería ser asumida no sólo por cada una de las Conferencias Episcopales, sino también, por cada ministro de la Eucaristía, sin excepción. Cada uno debe además recordar que es responsable del bien común de la Iglesia entera. El sacerdote como ministro, como celebrante, como quien preside la asamblea eucarística de los fieles, debe poseer un particular sentido del bien común de la Iglesia, que él mismo representa mediante su ministerio, pero al que debe también subordinarse, según una recta disciplina de la fe. El no puede considerarse como «propietario», que libremente dispone del texto litúrgico y del sagrado rito como de un bien propio, de manera que pueda darle un estilo personal y arbitrario. Esto puede a veces parecer de mayor efecto, puede también corresponder mayormente a una piedad subjetiva; sin embargo, objetivamente, es siempre una traición a aquella unión que, de modo especial, debe encontrar la propia expresión en el sacramento de la unidad.
Todo sacerdote, cuando ofrece el Santo Sacrificio, debe recordar que, durante este Sacrificio, no es únicamente él con su comunidad quien ora, sino que ora la Iglesia entera, expresando así, también con el uso del texto litúrgico aprobado, su unidad espiritual en este sacramento. Si alguien quisiera tachar de «uniformidad» tal postura, esto comprobaría sólo la ignorancia de las exigencias objetivas de la auténtica unidad y sería un síntoma de dañoso individualismo.
Esta subordinación del ministro, del celebrante, al «Mysterium», que le ha sido confiado por la Iglesia para el bien de todo el Pueblo de Dios, debe encontrar también su expresión en la observancia de las exigencias litúrgicas relativas a la celebración del Santo Sacrificio. Estas exigencias se refieren, por ejemplo, al hábito y, particularmente, a los ornamentos que reviste el celebrante. Es obvio que hayan existido y existan circunstancias en las que las prescripciones no obligan. Hemos leído con conmoción, en libros escritos por sacerdotes ex-prisioneros en campos de exterminio, relatos de celebraciones eucarísticas sin observar las mencionadas normas, o sea sin altar y sin ornamentos. Pero si en tales circunstancias esto era prueba de heroísmo y debía suscitar profunda estima, sin embargo en condiciones normales, omitir las prescripciones litúrgicas puede ser interpretado como una falta de respeto hacia la Eucaristía, dictada tal vez por individualismo o por un defecto de sentido crítico sobre las opiniones corrientes, o bien por una cierta falta de espíritu de fe.
Sobre todos nosotros, que somos, por gracia de Dios, ministros de la Eucaristía, pesa de modo particular la responsabilidad por las ideas y actitudes de nuestros hermanos y hermanas, encomendados a nuestra cura pastoral. Nuestra vocación es la de suscitar, sobre todo con el ejemplo personal, toda sana manifestación de culto hacia Cristo presente y operante en el Sacramento del amor. Dios nos preserve de obrar diversamente, de debilitar aquel culto, desacostumbrándonos de varias manifestaciones y formas de culto eucarístico, en las que se expresa una tal vez tradicional pero sana piedad, y sobre todo aquel «sentido de la fe», que el Pueblo de Dios entero posee, como ha recordado el Concilio Vaticano II.
Llegando ya al término de mis reflexiones, quiero pedir perdón —en mi nombre y en el de todos vosotros, venerados y queridos Hermanos en el Episcopado— por todo lo que, por el motivo que sea y por cualquiera debilidad humana, impaciencia, negligencia, en virtud también de la aplicación a veces parcial, unilateral y errónea de las normas del Concilio Vaticano II, pueda haber causado escándalo y malestar acerca de la interpretación de la doctrina y la veneración debida a este gran Sacramento. Y pido al Señor Jesús para que en el futuro se evite, en nuestro modo de tratar este sagrado Misterio, lo que puede, de alguna manera, debilitar o desorientar el sentido de reverencia y amor en nuestros fieles.
Que el mismo Cristo nos ayude a continuar por el camino de la verdadera renovación hacia aquella plenitud de vida y culto eucarístico, a través del cual se construye la Iglesia en esa unidad que ella misma ya posee y que desea poder realizar aun más para gloria del Dios vivo y para la salvación de todos los hombres.


20 de septiembre de 2011

La Mesa del Pan del Señor



De la Carta Dominicae Cenae de Juan Pablo II:
La segunda mesa del misterio eucarístico, es decir, la mesa del Pan del Señor, exige también un adecuada reflexión desde el punto de vista de la renovación litúrgica actual. Es éste un problema de grandísima importancia, tratándose de un acto particular de fe viva, más aún, como se atestigua desde los primeros siglos,de una manifestación de culto a Cristo, que en la comunión eucarística se entrega a sí mismo a cada uno de nosotros, a nuestro corazón, a nuestra conciencia, a nuestros labios y a nuestra boca, en forma de alimento. Y por esto, en relación con ese problema, es particularmente necesaria la vigilancia de la que habla el Evangelio, tanto por parte de los Pastores responsables del culto eucarístico, como por parte del Pueblo de Dios, cuyo «sentido de la fe» debe ser precisamente en esto muy consciente y agudo.

Por esto, deseo confiar también este problema al corazón de cada uno de vosotros, venerados y queridos Hermanos en el Episcopado. Vosotros debéis sobre todo insertarlo en vuestra solicitud por todas las Iglesias, confiadas a vosotros. Os lo pido en nombre de la unidad que hemos recibido en herencia de los Apóstoles: la unidad colegial. Esta unidad ha nacido, en cierto sentido, en la mesa del Pan del Señor, el Jueves Santo. Con la ayuda de vuestros Hermanos en el sacerdocio, haced todo lo que podáis, para garantizar la dignidad sagrada del ministerio eucarístico y el profundo espíritu de la comunión eucarística, que es un bien peculiar de la Iglesia como Pueblo de Dios, y al mismo tiempo la herencia especial transmitida a nosotros por los Apóstoles, por diversas tradiciones litúrgicas y por tantas generaciones de fieles, a menudo testigos heroicos de Cristo, educados en la «escuela de la Cruz» (Redención) y de la Eucaristía.
Conviene pues recordar que la Eucaristía, como mesa del Pan del Señor, es una continua invitación, como se desprende de la alusión litúrgica del celebrante en el momento del «Este es el Cordero de Dios. Dichosos los llamados a la cena del Señor» y de la conocida parábola del Evangelio sobre los invitados al banquete de bodas. Recordemos que en esta parábola hay muchos que se excusan de aceptar la invitación por distintas circunstancias. Ciertamente también en nuestras comunidades católicas no faltan aquellos que podrían participar en la Comunión eucarística, y no participan, aun no teniendo en su conciencia impedimento de pecado grave. Esa actitud, que en algunos va unida a una exagerada severidad, se ha cambiado, a decir verdad, en nuestro tiempo, aunque en algunos sitios se nota aún. En realidad, más frecuente que el sentido de indignidad, se nota una cierta falta de disponibilidad interior —si puede llamarse así—, falta de «hambre» y de «sed» eucarística, detrás de la que se esconde también la falta de una adecuada sensibilidad y comprensión de la naturaleza del gran Sacramento del amor.
Sin embargo, en estos últimos años, asistimos también a otro fenómeno. Algunas veces, incluso en casos muy numerosos, todos los participantes en la asamblea eucarística se acercan a la comunión, pero entonces, como confirman pastores expertos, no ha habido la debida preocupación por acercarse al sacramento de la Penitencia para purificar la propia conciencia. Esto naturalmente puede significar que los que se acercan a la Mesa del Señor no encuentren, en su conciencia y según la ley objetiva de Dios, nada que impida aquel sublime y gozoso acto de su unión sacramental con Cristo. Pero puede también esconderse aquí, al menos alguna vez, otra convicción: es decir el considerar la Misa sólo como un banquete, en el que se participa recibiendo el Cuerpo de Cristo, para manifestar sobre todo la comunión fraterna. A estos motivos se pueden añadir fácilmente una cierta consideración humana y un simple «conformismo».
Este fenómeno exige, por parte nuestra, una vigilante atención y un análisis teológico y pastoral, guiado por el sentido de una máxima responsabilidad. No podemos permitir que en la vida de nuestras comunidades se disipe aquel bien que es la sensibilidad de la conciencia cristiana, guiada únicamente por el respeto a Cristo que, recibido en la Eucaristía, debe encontrar en el corazón de cada uno de nosotros una digna morada. Este problema está estrechamente relacionado no sólo con la práctica del Sacramento de la Penitencia, sino también con el recto sentido de responsabilidad de cara al depósito de toda la doctrina moral y de cara a la distinción precisa entre bien y mal, la cual viene a ser a continuación, para cada uno de los participantes en la Eucaristía, base de correcto juicio de sí mismos en la intimidad de la propia conciencia. Son bien conocidas las palabras de San Pablo: «Examínese, pues, el hombre a sí mismo»; ese juicio es condición indispensable para una decisión personal, a fin de acercarse a la comunión eucarística o bien abstenerse.
La celebración de la Eucaristía nos sitúa ante muchas otras exigencias, por lo que respecta al ministerio de la Mesa eucarística, que se refieren, en parte, tanto a los solos sacerdotes y diáconos, como a todos los que participan en la liturgia eucarística. A los sacerdotes y a los diáconos es necesario recordar que el servicio de la mesa del Pan del Señor les impone obligaciones especiales, que se refieren, en primer lugar, al mismo Cristo presente en la Eucaristía y luego a todos los actuales y posibles participantes en la Eucaristía. Respecto al primero, no será quizás superfluo recordar las palabras del Pontifical que, en el día de la ordenación, el Obispo dirige al nuevo sacerdote, mientras le entrega en la patena y en el cáliz el pan y el vino ofrecidos por los fieles y preparados por el diácono: «Accipe oblationem plebis sanctae Deo offerendam. Agnosce quod ages, imitare quod tractabis, et vitam tuam mysterio dominicae crucis conforma». Esta última amonestación hecha a él por el Obispo debe quedar como una de las normas más apreciadas en su ministerio eucarístico.
En ella debe inspirarse el sacerdote en su modo de tratar el Pan y el Vino, convertidos en Cuerpo y Sangre del Redentor. Conviene pues que todos nosotros, que somos ministros de la Eucaristía, examinemos con atención nuestras acciones ante el altar, en especial el modo con que tratamos aquel Alimento y aquella Bebida, que son el Cuerpo y la Sangre de nuestro Dios y Señor en nuestras manos; cómo distribuimos la Santa Comunión; cómo hacemos la purificación.
Todas estas acciones tienen su significado. Conviene naturalmente evitar la escrupulosidad, pero Dios nos guarde de un comportamiento sin respeto, de una prisa inoportuna, de una impaciencia escandalosa. Nuestro honor más grande consiste —además del empeño en la misión evangelizadora— en ejercer ese misterioso poder sobre el Cuerpo del Redentor, y en nosotros todo debe estar claramente ordenado a esto. Debemos, además, recordar siempre que hemos sido sacramentalmente consagrados para ese poder, que hemos sido escogidos entre los hombres y «en favor de los hombres». Debemos reflexionar sobre ello especialmente nosotros sacerdotes de la Iglesia Romana latina, cuyo rito de ordenación añade, en el curso de los siglos, el uso de ungir las manos del sacerdote.
En algunos Países se ha introducido el uso de la comunión en la mano. Esta práctica ha sido solicitada por algunas Conferencias Episcopales y ha obtenido la aprobación de la Sede Apostólica. Sin embargo, llegan voces sobre casos de faltas deplorables de respeto a las Especies eucarísticas, faltas que gravan no sólo sobre las personas culpables de tal comportamiento, sino también sobre los Pastores de la Iglesia, que hayan sido menos vigilantes sobre el comportamiento de los fieles hacia la Eucaristía. Sucede también que, a veces, no se tiene en cuenta la libre opción y voluntad de los que, incluso donde ha sido autorizada la distribución de la comunión en la mano, prefieren atenerse al uso de recibirla en la boca. Es difícil pues en el contexto de esta Carta, no aludir a los dolorosos fenómenos antes mencionados. Escribiendo esto no quiero de ninguna manera referirme a las personas que, recibiendo al Señor Jesús en la mano, lo hacen con espíritu de profunda reverencia y devoción, en los Países donde esta praxis ha sido autorizada.
Conviene sin embargo no olvidar el deber primordial de los sacerdotes, que han sido consagrados en su ordenación para representar a Cristo Sacerdote: por eso sus manos, como su palabra y su voluntad, se han hecho instrumento directo de Cristo. Por eso, es decir, como ministros de la sagrada Eucaristía, éstos tienen sobre las sagradas Especies una responsabilidad primaria, porque es total: ofrecen el pan y el vino, los consagran, y luego distribuyen las sagradas Especies a los participantes en la Asamblea. Los diáconos pueden solamente llevar al altar las ofrendas de los fieles y, una vez consagradas por el sacerdote, distribuirlas. Por eso cuán elocuente, aunque no sea primitivo, es en nuestra ordenación latina el rito de la unción de las manos, como si precisamente a estas manos fuera necesaria una especial gracia y fuerza del Espíritu Santo.
El tocar las sagradas Especies, su distribución con las propias manos es un privilegio de los ordenados, que indica una participación activa en el ministerio de la Eucaristía. Es obvio que la Iglesia puede conceder esa facultad a personas que no son ni sacerdotes ni diáconos, como son tanto los acólitos, en preparación para sus futuras ordenaciones, como otros laicos, que la han recibido por una justa necesidad, pero siempre después de una adecuada preparación.

18 de septiembre de 2011

SEPTIEMBRE: MES DE LA BIBLIA. La Eucaristía y la Mesa de la Palabra


De la Carta Dominicae Cenae de Juan Pablo II:
Sabemos bien que la celebración de la Eucaristía ha estado vinculada, desde tiempos muy antiguos, no sólo a la oración, sino también a la lectura de la Sagrada Escritura, y al canto de toda la asamblea. Gracias a esto ha sido posible, desde hace mucho tiempo, relacionar con la Misa el parangón hecho por los Padres con las dos mesas, sobre las cuales la Iglesia prepara para sus hijos la Palabra de Dios y la Eucaristía, es decir, el Pan del Señor. Debemos pues volver a la primera parte del Sagrado Misterio que, con frecuencia, en el presente se le llama Liturgia de la Palabra, y dedicarle un poco de atención.

La lectura de los fragmentos de la Sagrada Escritura, escogidos para cada día, ha sido sometida por el Concilio a criterios y exigencias nuevas. [54] Como consecuencia de tales normas conciliares se ha hecho una nueva selección de lecturas, en las que se ha aplicado, en cierta medida, el principio de la continuidad de los textos, y también el principio de hacer accesible el conjunto de los Libros Sagrados. La introducción de los salmos con los responsorios en la liturgia familiariza a los participantes con los más bellos recursos de la oración y de la poesía del Antiguo Testamento. Además el hecho de que los relativos textos sean leídos y cantados en la propia lengua, hace que todos puedan participar y comprenderlos más plenamente. No faltan, sin embargo, quienes, educados todavía según la antigua liturgia en latín, sienten la falta de esta «lengua única», que ha sido en todo el mundo una expresión de la unidad de la Iglesia y que con su dignidad ha suscitado un profundo sentido del Misterio Eucarístico. Hay que demostrar pues no solamente comprensión, sino también pleno respeto hacia estos sentimientos y deseos y, en cuanto sea posible, secundarlos, como está previsto además en las nuevas disposiciones. La Iglesia romana tiene especiales deberes, con el latín, espléndida lengua de la antigua Roma, y debe manifestarlo siempre que se presente ocasión.
De hecho las posibilidades creadas actualmente por la renovación posconciliar son a menudo utilizadas de manera que nos hacen testigos y partícipes de la auténtica celebración de la Palabra de Dios. Aumenta también el número de personas que toman parte activa en esta celebración. Surgen grupos de lectores y de cantores, más aún, de «scholae cantorum», masculinas o femeninas, que con gran celo se dedican a ello. La Palabra de Dios, la Sagrada Escritura, comienza a pulsar con nueva vida en muchas comunidades cristianas. Los fieles, reunidos para la liturgia, se preparan con el canto para escuchar el Evangelio, que es anunciado con la debida devoción y amor.
Constatando todo esto con gran estima y agradecimiento, no puede sin embargo olvidarse que una plena renovación tiene otras exigencias. Estas consisten en una nueva responsabilidad ante la Palabra de Dios transmitida mediante la liturgia, en diversas lenguas, y esto corresponde ciertamente al carácter universal y a las finalidades del Evangelio. La misma responsabilidad atañe también a la ejecución de las relativas acciones litúrgicas, la lectura o el canto, lo cual debe responder también a los principios del arte. Para preservar estas acciones de cualquier artificio, conviene expresar en ellas una capacidad, una sencillez y al mismo tiempo una dignidad tales, que haga resplandecer, desde el mismo modo de leer o de cantar, el carácter peculiar del texto sagrado.
Por tanto, estas exigencias, que brotan de la nueva responsabilidad ante la Palabra de Dios en la liturgia, llegan todavía más a lo hondo y afectan a la disposición interior con la que los ministros de la Palabra cumplen su función en la asamblea litúrgica. La misma responsabilidad se refiere finalmente a la selección de los textos. Esa selección ha sido ya hecha por la competente autoridad eclesiástica, que ha previsto incluso los casos, en que se pueden escoger lecturas más adecuadas a una situación especial. Además, conviene siempre recordar que en el conjunto de los textos de las Lecturas de la Misa puede entrar sólo la Palabra de Dios. La lectura de la Escritura no puede ser sustituida por la lectura de otros textos, aun cuando tuvieran indudables valores religiosos y morales. Tales textos en cambio podrán utilizarse, con gran provecho, en las homilías. Efectivamente, la homilía es especialmente idónea para la utilización de esos textos, con tal de que respondan a las requeridas condiciones de contenido, por cuanto es propio de la homilía, entre otras cosas, demostrar la convergencia entre la sabiduría divina revelada y el noble pensamiento humano, que por distintos caminos busca la verdad.

16 de septiembre de 2011

Eucaristía y Sacrificio


De la Carta Dominicae Cenae de Juan Pablo II:
La Eucaristía es por encima de todo un sacrificio: sacrificio de la Redención y al mismo tiempo sacrificio de la Nueva Alianza, como creemos y como claramente profesan las Iglesias Orientales: «el sacrificio actual —afirmó hace siglos la Iglesia griega— es como aquél que un día ofreció el Unigénito Verbo encarnado, es ofrecido (hoy como entonces) por El, siendo el mismo y único sacrificio». Por esto, y precisamente haciendo presente este sacrificio único de nuestra salvación, el hombre y el mundo son restituidos a Dios por medio de la novedad pascual de la Redención. Esta restitución no puede faltar: es fundamento de la «alianza nueva y eterna» de Dios con el hombre y del hombre con Dios. Si llegase a faltar, se debería poner en tela de juicio bien sea la excelencia del sacrificio de la Redención que fue perfecto y definitivo, bien sea el valor sacrificial de la Santa Misa. Por tanto la Eucaristía, siendo verdadero sacrificio, obra esa restitución a Dios.

Se sigue de ahí que el celebrante, en cuanto ministro del sacrificio, es el auténtico sacerdote, que lleva a cabo —en virtud del poder específico de la sagrada ordenación— el verdadero acto sacrificial que lleva de nuevo a los seres a Dios. En cambio todos aquellos que participan en la Eucaristía, sin sacrificar como él, ofrecen con él, en virtud del sacerdocio común, sus propios sacrificios espirituales, representados por el pan y el vino, desde el momento de su presentación en el altar. Efectivamente, este acto litúrgico solemnizado por casi todas las liturgias, «tiene su valor y su significado espiritual». El pan y el vino se convierten en cierto sentido en símbolo de todo lo que lleva la asamblea eucarística, por sí misma, en ofrenda a Dios y que ofrece en espíritu.
Es importante que este primer momento de la liturgia eucarística, en sentido estricto, encuentre su expresión en el comportamiento de los participantes. A esto corresponde la llamada procesión de las ofrendas, prevista por la reciente reforma litúrgica, y acompañada, según la antigua tradición, por un salmo o un cántico. Es necesario un cierto espacio de tiempo, a fin de que todos puedan tomar conciencia de este acto, expresado contemporáneamente por las palabras del celebrante.
La conciencia del acto de presentar las ofrendas, debería ser mantenida durante toda la Misa. Más aún, debe ser llevada a plenitud en el momento de la consagración y de la oblación anamnética, tal como lo exige el valor fundamental del momento del sacrificio. Para demostrar esto ayudan las palabras de la oración eucarística que el sacerdote pronuncia en alta voz. Parece útil repetir aquí algunas expresiones de la tercera oración eucarística, que manifiestan especialmente el carácter sacrificial de la Eucaristía y unen el ofrecimiento de nuestras personas al de Cristo: «Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia, y reconoce en ella la Víctima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad, para que fortalecidos con el Cuerpo y Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu. Que Él nos transforme en ofrenda permanente».
Este valor sacrificial está ya expresado en cada celebración por las palabras con que el sacerdote concluye la presentación de los dones al pedir a los fieles que oren para que «este sacrificio mío y vuestro sea agradable a Dios, Padre todopoderoso». Tales palabras tienen un valor de compromiso en cuanto expresan el carácter de toda la liturgia eucarística y la plenitud de su contenido tanto divino como eclesial.
Todos los que participan con fe en la Eucaristía se dan cuenta de que ella es «Sacrificium», es decir, una «Ofrenda consagrada». En efecto, el pan y el vino, presentados en el altar y acompañados por la devoción y por los sacrificios espirituales de los participantes, son finalmente consagrados, para que se conviertan verdadera, real y sustancialmente en el Cuerpo entregado y en la Sangre derramada de Cristo mismo. Así, en virtud de la consagración, las especies del pan y del vino, «re-presentan», de modo sacramental e incruento, el Sacrificio cruento propiciatorio ofrecido por El en la cruz al Padre para la salvación del mundo. El solo, en efecto, ofreciéndose como víctima propiciatoria en un acto de suprema entrega e inmolación, ha reconciliado a la humanidad con el Padre, únicamente mediante su sacrificio, «borrando el acta de los decretos que nos era contraria».
A este sacrificio, que es renovado de forma sacramental sobre el altar, las ofrendas del pan y del vino, unidas a la devoción de los fieles, dan además una contribución insustituible, ya que, mediante la consagración sacerdotal se convierten en las sagradas Especies. Esto se hace patente en el comportamiento del sacerdote durante la oración eucarística, sobre todo durante la consagración, y también cuando la celebración del Santo Sacrificio y la participación en él están acompañadas por la conciencia de que «el Maestro está ahí y te llama». Esta llamada del Señor, dirigida a nosotros mediante su Sacrificio, abre los corazones, a fin de que purificados en el Misterio de nuestra Redención se unan a El en la comunión eucarística, que da a la participación en la Misa un valor maduro, pleno, comprometedor para la existencia humana: «la Iglesia desea que los fieles no sólo ofrezcan la hostia inmaculada, sino que aprendan a ofrecerse a sí mismos, y que de día en día perfeccionen con la mediación de Cristo, la unión con Dios y entre sí, de modo que sea Dios todo en todos».
Es por tanto muy conveniente y necesario que continúe poniéndose en práctica una nueva e intensa educación, para descubrir todas las riquezas encerradas en la nueva Liturgia. En efecto, la renovación litúrgica realizada después del Concilio Vaticano II ha dado al sacrificio eucarístico una mayor visibilidad. Entre otras cosas, contribuyen a ello las palabras de la oración eucarística recitadas por el celebrante en voz alta y, en especial, las palabras de la consagración, la aclamación de la asamblea inmediatamente después de la elevación.
Si todo esto debe llenarnos de gozo, debemos también recordar que estos cambios exigen una nueva conciencia y madurez espiritual, tanto por parte del celebrante— sobre todo hoy que celebra «de cara al pueblo»— como por parte de los fieles. El culto eucarístico madura y crece cuando las palabras de la plegaria eucarística, y especialmente las de la consagración, son pronunciadas con gran humildad y sencillez, de manera comprensible, correcta y digna, como corresponde a su santidad; cuando este acto esencial de la liturgia eucarística es realizado sin prisas; cuando nos compromete a un recogimiento tal y a una devoción tal, que los participantes advierten la grandeza del misterio que se realiza y lo manifiestan con su comportamiento.

12 de septiembre de 2011

La sacralidad de la Eucaristía



De la carta Dominicae Cenae de Juan Pablo II:
La celebración de la Eucaristía, comenzando por el cenáculo y por el Jueves Santo, tiene una larga historia propia, larga cuanto la historia de la Iglesia. En el curso de esta historia los elementos secundarios han sufrido ciertos cambios; no obstante, ha permanecido inmutada la esencia del «Mysterium», instituido por el Redentor del mundo, durante la última cena. También el Concilio Vaticano II ha aportado algunas modificaciones, en virtud de las cuales la liturgia actual de la Misa se diferencia en cierto sentido de la conocida antes del Concilio. No pensamos hablar de estas diferencias; por ahora conviene que nos detengamos en lo que es esencial e inmutable en la liturgia eucarística.
Y con este elemento está estrechamente vinculado el carácter de «sacrum» de la Eucaristía, esto es, de acción santa y sagrada. Santa y sagrada, porque en ella está continuamente presente y actúa Cristo, «el Santo» de Dios,«ungido por el Espíritu Santo», «consagrado por el Padre», para dar libremente y recobrar su vida, «Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza». Es El, en efecto, quien, representado por el celebrante, hace su ingreso en el santuario y anuncia su evangelio. Es El «el oferente y el ofrecido, el consagrante y el consagrado». Acción santa y sagrada, porque es constitutiva de las especies sagradas, del «Sancta sanctis», es decir, de las «cosas santas —Cristo el Santo— dadas a los santos», como cantan todas las liturgias de Oriente en el momento en que se alza el pan eucarístico para invitar a los fieles a la Cena del Señor.
El «Sacrum» de la Misa no es por tanto una «sacralización», es decir, una añadidura del hombre a la acción de Cristo en el cenáculo, ya que la Cena del Jueves Santo fue un rito sagrado, liturgia primaria y constitutiva, con la que Cristo, comprometiéndose a dar la vida por nosotros, celebró sacramentalmente, El mismo, el misterio de su Pasión y Resurrección, corazón de toda Misa. Derivando de esta liturgia, nuestras Misas revisten de por sí una forma litúrgica completa, que, no obstante esté diversificada según las familias rituales, permanece sustancialmente idéntica. El «Sacrum» de la Misa es una sacralidad instituida por Cristo. Las palabras y la acción de todo sacerdote, a las que corresponde la participación consciente y activa de toda la asamblea eucarística, hacen eco a las del Jueves Santo.
El sacerdote ofrece el Santo Sacrificio «in persona Christi», lo cual quiere decir más que «en nombre», o también «en vez» de Cristo. «In persona»: es decir, en la identificación específica, sacramental con el «Sumo y Eterno Sacerdote», que es el Autor y el Sujeto principal de este su propio Sacrificio, en el que, en verdad, no puede ser sustituido por nadie. Solamente El, solamente Cristo, podía y puede ser siempre verdadera y efectiva «propitiatio pro peccatis nostris ... sed etiam totius mundi». Solamente su sacrificio, y ningún otro, podía y puede tener «fuerza propiciatoria» ante Dios, ante la Trinidad, ante su trascendental santidad. La toma de conciencia de esta realidad arroja una cierta luz sobre el carácter y sobre el significado del sacerdote-celebrante que, llevando a efecto el Santo Sacrificio y obrando «in persona Christi», es introducido e insertado, de modo sacramental (y al mismo tiempo inefable), en este estrictísimo «Sacrum», en el que a su vez asocia espiritualmente a todos los participantes en la asamblea eucarística.
Ese «Sacrum», actuado en formas litúrgicas diversas, puede prescindir de algún elemento secundario, pero no puede ser privado de ningún modo de su sacralidad y sacramentalidad esenciales, porque fueron queridas por Cristo y transmitidas y controladas por la Iglesia. Ese «Sacrum» no puede tampoco ser instrumentalizado para otros fines. El misterio eucarístico, desgajado de su propia naturaleza sacrificial y sacramental, deja simplemente de ser tal. No admite ninguna imitación «profana», que se convertiría muy fácilmente (si no incluso como norma) en una profanación. Esto hay que recordarlo siempre, y quizá sobre todo en nuestro tiempo en el que observamos una tendencia a borrar la distinción entre «sacrum» y «profanum», dada la difundida tendencia general (al menos en algunos lugares) a la desacralización de todo.
En tal realidad la Iglesia tiene el deber particular de asegurar y corroborar el «sacrum» de la Eucaristía. En nuestra sociedad pluralista, y a veces también deliberadamente secularizada, la fe viva de la comunidad cristiana —fe consciente incluso de los propios derechos con respecto a todos aquellos que no comparten la misma fe— garantiza a este «sacrum» el derecho de ciudadanía. El deber de respetar la fe de cada uno es al mismo tiempo correlativa al derecho natural y civil de la libertad de conciencia y de religión.
La sacralidad de la Eucaristía ha encontrado y encuentra siempre expresión en la terminología teológica y litúrgica. Este sentido de la sacralidad objetiva del Misterio eucarístico es tan constitutivo de la fe del Pueblo de Dios que con ella se ha enriquecido y robustecido. Los ministros de la Eucaristía deben por tanto, sobre todo en nuestros días, ser iluminados por la plenitud de esta fe viva, y a la luz de ella deben comprender y cumplir todo lo que forma parte de su ministerio sacerdotal, por voluntad de Cristo y de su Iglesia.

8 de septiembre de 2011

Eucaristía y vida



De la carta Dominicae Cenae de Juan Pablo II:
Siendo pues fuente de caridad, la Eucaristía ha ocupado siempre el centro de la vida de los discípulos de Cristo. Tiene el aspecto de pan y de vino, es decir, de comida y de bebida; por lo mismo es tan familiar al hombre, y está tan estrechamente vinculada a su vida, como lo están efectivamente la comida y la bebida. La veneración a Dios que es Amor nace del culto eucarístico de esa especie de intimidad en la que el mismo, análogamente a la comida y a la bebida, llena nuestro ser espiritual, asegurándole, al igual que ellos, la vida. Tal veneración «eucarística» de Dios corresponde pues estrictamente a sus planes salvíficos. El mismo, el Padre, quiere que los «verdaderos adoradores» lo adoren precisamente así, y Cristo es intérprete de este querer con sus palabras a la vez que con este sacramento, en el cual nos hace posible la adoración al Padre, de la manera más conforme a su voluntad.
De tal concepción del culto eucarístico brota todo el estilo sacramental de la vida del cristiano. En efecto, conducir una vida basada en los sacramentos, animada por el sacerdocio común, significa ante todo por parte del cristiano, desear que Dios actúe en él para hacerle llegar en el Espíritu «a la plena madurez de Cristo». Dios, por su parte, no lo toca solamente a través de los acontecimientos y con su gracia interna, sino que actúa en él, con mayor certeza y fuerza, a través de los sacramentos. Ellos dan a su vida un estilo sacramental.
Ahora bien, entre todos los sacramentos, es el de la Santísima Eucaristía el que conduce a plenitud su iniciación de cristiano y confiere al ejercicio del sacerdocio común esta forma sacramental y eclesial que lo pone en conexión —como hemos insinuado anteriormente— con el ejercicio del sacerdocio ministerial. De este modo el culto eucarístico es centro y fin de toda la vida sacramental. Resuenan continuamente en él, como un eco profundo, los sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo y Confirmación. ¿Dónde está mejor expresada la verdad de que además de ser «llamados hijos de Dios», lo «somos realmente», en virtud del Sacramento del Bautismo, sino precisamente en el hecho de que en la Eucaristía nos hacemos partícipes del Cuerpo y de la Sangre del unigénito Hijo de Dios? Y ¿qué es lo que nos predispone mayormente a «ser verdaderos testimonios de Cristo», frente al mundo, como resultado del Sacramento de la Confirmación, sino la comunión eucarística, en la que Cristo nos da testimonio a nosotros y nosotros a Él?
Es imposible analizar aquí en sus pormenores los lazos existentes entre la Eucaristía y los demás Sacramentos, particularmente con el Sacramento de la vida familiar y el Sacramento de los enfermos. Acerca de la estrecha vinculación, existente entre el Sacramento de la Penitencia y el de la Eucaristía llamé ya la atención en la Encíclica «Redemptor hominis». No es solamente la Penitencia la que conduce a la Eucaristía, sino que también la Eucaristía lleva a la Penitencia. En efecto, cuando nos damos cuenta de Quien es el que recibimos en la Comunión eucarística, nace en nosotros casi espontáneamente un sentido de indignidad, junto con el dolor de nuestros pecados y con la necesidad interior de purificación.
No obstante debemos vigilar siempre, para que este gran encuentro con Cristo en la Eucaristía no se convierta para nosotros en un acto rutinario y a fin de que no lo recibamos indignamente, es decir, en estado de pecado mortal. La práctica de la virtud de la penitencia y el sacramento de la Penitencia son indispensables a fin de sostener en nosotros y profundizar continuamente el espíritu de veneración, que el hombre debe a Dios mismo y a su Amor tan admirablemente revelado.
Estas palabras quisieran presentar algunas reflexiones generales sobre el culto del Misterio eucarístico, que podrían ser desarrolladas más larga y ampliamente. Concretamente, se podría enlazar cuanto se dijo acerca de los efectos de la Eucaristía sobre el amor por el hombre con lo que hemos puesto de relieve ahora sobre los compromisos contraídos para con el hombre y la Iglesia en la comunión eucarística, y consiguientemente delinear la imagen de la «tierra nueva»[34] que nace de la Eucaristía a través de todo «hombre nuevo».
Efectivamente en este Sacramento del pan y del vino, de la comida y de la bebida, todo lo que es humano sufre una singular transformación y elevación. El culto eucarístico no es tanto culto de la trascendencia inaccesible, cuanto de la divina condescendencia y es a su vez transformación misericordiosa y redentora del mundo en el corazón del hombre.
Recordando todo esto, sólo brevemente, deseo, no obstante la concisión, crear un contexto más amplio para las cuestiones que deberé tratar enseguida: ellas están estrechamente vinculadas a la celebración del Santo Sacrificio. En efecto, en esta celebración se expresa de manera más directa el culto de la Eucaristía. Este emana del corazón como preciosísimo homenaje inspirado por la fe, la esperanza y la caridad, infundidas en nosotros en el Bautismo. Es precisamente de ella, venerados y queridos Hermanos en el Episcopado, sacerdotes y diáconos, de lo que quiero escribiros en esta Carta, a la que la Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino hará seguir indicaciones más concretas.

6 de septiembre de 2011

Eucaristía y Projimo



De la carta Dominicae Cenae de Juan Pablo II:
El auténtico sentido de la Eucaristía se convierte de por sí en escuela de amor activo al prójimo. Sabemos que es éste el orden verdadero e integral del amor que nos ha enseñado el Señor: «En esto conoceréis todos que sois mis discípulos: si tenéis amor unos para con otros». La Eucaristía nos educa para este amor de modo más profundo; en efecto, demuestra qué valor debe de tener a los ojos de Dios todo hombre, nuestro hermano y hermana, si Cristo se ofrece a sí mismo de igual modo a cada uno, bajo las especies de pan y de vino. Si nuestro culto eucarístico es auténtico, debe hacer aumentar en nosotros la conciencia de la dignidad de todo hombre. La conciencia de esta dignidad se convierte en el motivo más profundo de nuestra relación con el prójimo.
Asimismo debemos hacernos particularmente sensibles a todo sufrimiento y miseria humana, a toda injusticia y ofensa, buscando el modo de repararlos de manera eficaz. Aprendamos a descubrir con respeto la verdad del hombre interior, porque precisamente este interior del hombre se hace morada de Dios presente en la Eucaristía. Cristo viene a los corazones y visita las conciencias de nuestros hermanos y hermanas. ¡Cómo cambia la imagen de todos y cada uno, cuando adquirimos conciencia de esta realidad, cuando la hacemos objeto de nuestras reflexiones! El sentido del Misterio eucarístico nos impulsa al amor al prójimo, al amor a todo hombre.

3 de septiembre de 2011

Eucaristía y Caridad





De la Carta Dominicae Cenae de Juan Pablo II:




Antes de pasar a observaciones más detalladas sobre el tema de la celebración del Santo Sacrificio, deseo recordar brevemente que el culto eucarístico constituye el alma de toda la vida cristiana. En efecto, si la vida cristiana se manifiesta en el cumplimiento del principal mandamiento, es decir, en el amor a Dios y al prójimo, este amor encuentra su fuente precisamente en el Santísimo Sacramento, llamado generalmente Sacramento del amor.




La Eucaristía significa esta caridad, y por ello la recuerda, la hace presente y al mismo tiempo la realiza. Cada vez que participamos en ella de manera consciente, se abre en nuestra alma una dimensión real de aquel amor inescrutable que encierra en sí todo lo que Dios ha hecho por nosotros los hombres y que hace continuamente, según las palabras de Cristo: «Mi Padre sigue obrando todavía, y por eso obro yo también». Junto con este don insondable y gratuito, que es la caridad revelada hasta el extremo en el sacrificio salvífico del Hijo de Dios —del que la Eucaristía es señal indeleble— nace en nosotros una viva respuesta de amor. No sólo conocemos el amor, sino que nosotros mismos comenzamos a amar. Entramos, por así decirlo, en la vía del amor y progresamos en este camino. El amor que nace en nosotros de la Eucaristía, se desarrolla gracias a ella, se profundiza, se refuerza.




El culto eucarístico es, pues, precisamente expresión de este amor, que es la característica auténtica y más profunda de la vocación cristiana. Este culto brota del amor y sirve al amor, al cual todos somos llamados en Cristo Jesús. Fruto vivo de este culto es la perfección de la imagen de Dios que llevamos en nosotros, imagen que corresponde a la que Cristo nos ha revelado. Convirtiéndonos así en adoradores del Padre «en espíritu y verdad», maduramos en una creciente unión con Cristo, estamos cada vez más unidos a Él y —si podemos emplear esta expresión— somos más solidarios con Él.




La doctrina de la Eucaristía, «signo de unidad» y «vínculo de caridad», enseñada por San Pablo, ha sido luego profundizada en los escritos de tantos santos, que son para nosotros un ejemplo vivo de culto eucarístico. Hemos de tener siempre esta realidad ante los ojos y, al mismo tiempo, debemos esforzarnos continuamente para que también nuestra generación añada a esos maravillosos ejemplos del pasado otros ejemplos nuevos, no menos vivos y elocuentes, que reflejen la época a la que pertenecemos.


1 de septiembre de 2011

Eucaristía e Iglesia








De la carta Dominicae Cenae de Juan Pablo II:





Gracias al Concilio nos hemos dado cuenta, con mayor claridad, de esta verdad: como la Iglesia «hace la Eucaristía» así «la Eucaristía construye» la Iglesia; esta verdad está estrechamente unida al misterio del Jueves Santo. La Iglesia ha sido fundada, en cuanto comunidad nueva del Pueblo de Dios, sobre la comunidad apostólica de los Doce que, en la última Cena, han participado del Cuerpo y de la Sangre del Señor bajo las especies del pan y del vino. Cristo les había dicho: «tomad y comed» ... «tomad y bebed». Y ellos, obedeciendo este mandato, han entrado por primera vez en comunión sacramental con el Hijo de Dios, comunión que es prenda de vida eterna. Desde aquel momento hasta el fin de los siglos, la Iglesia se construye mediante la misma comunión con el Hijo de Dios, que es prenda de la Pascua eterna.





Como maestros y guardianes de la verdad salvífica de la Eucaristía, debemos, queridos y venerados Hermanos en el Episcopado, guardar siempre y en todas partes este significado y esta dimensión del encuentro sacramental y de la intimidad con Cristo. Ellos constituyen, en efecto, la substancia misma del culto eucarístico. El sentido de esta verdad antes expuesta no disminuye en modo alguno, sino que facilita el carácter eucarístico de acercamiento espiritual y de unión entre los hombres que participan en el Sacrificio, el cual con la Comunión se convierte luego en banquete para ellos. Este acercamiento y esta unión, cuyo prototipo es la unión de los Apóstoles en torno a Cristo durante la última Cena, expresan y realizan la Iglesia.





Pero ella no se realiza sólo mediante el hecho de la unión entre los hombres a través de la experiencia de la fraternidad a la que da ocasión el banquete eucarístico. La Iglesia se realiza cuando en aquella unión y comunión fraternas, celebramos el sacrificio de la cruz de Cristo, cuando anunciamos «la muerte del Señor hasta que El venga» Y luego cuando, compenetrados profundamente en el misterio de nuestra salvación, nos acercamos comunitariamente a la mesa del Señor, para nutrirnos sacramentalmente con los frutos del Santo Sacrificio propiciatorio. En la Comunión eucarística recibimos pues a Cristo, a Cristo mismo; y nuestra unión con El, que es don y gracia para cada uno, hace que nos asociemos en Él a la unidad de su Cuerpo, que es la Iglesia.





Solamente de esta manera, mediante tal fe y disposición de ánimo, se realiza esa construcción de la Iglesia, que, según la conocida expresión del Concilio Vaticano II, halla en la Eucaristía la «fuente y cumbre de toda la vida cristiana». Esta verdad, que por obra del mismo Concilio ha recibido un nuevo y vigoroso relieve, debe ser tema frecuente de nuestras reflexiones y de nuestra enseñanza. Nútrase de ella toda actividad pastoral, sea también alimento para nosotros mismos y para todos los sacerdotes que colaboran con nosotros, y finalmente para todas las comunidades encomendadas a nuestro cuidado. En esta praxis ha de revelarse, casi a cada paso, aquella estrecha relación que hay entre la vitalidad espiritual y apostólica de la Iglesia y la Eucaristía, entendida en su significado profundo y bajo todos los puntos de vista.






27 de agosto de 2011

Culto del misterio eucarístico



De la carta Dominicae Cenae de Juan Pablo II:




3. Tal culto está dirigido a Dios Padre por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo. Ante todo al Padre, como afirma el evangelio de San Juan: «Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna».




Se dirige también en el Espíritu Santo a aquel Hijo encarnado, según la economía de salvación, sobre todo en aquel momento de entrega suprema y de abandono total de sí mismo, al que se refieren las palabras pronunciadas en el cenáculo: «esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros» ...«éste es el cáliz de mi Sangre ... que será derramada por vosotros». La aclamación litúrgica: «Anunciamos tu muerte» nos hace recordar aquel momento. Al proclamar a la vez su resurrección, abrazamos en el mismo acto de veneración a Cristo resucitado y glorificado «a la derecha del Padre», así como la perspectiva de su «venida con gloria». Sin embargo, es su anonadamiento voluntario, agradable al Padre y glorificado con la resurrección, lo que, al ser celebrado sacramentalmente junto con la resurrección, nos lleva a la adoración del Redentor que «se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz».




Esta adoración nuestra contiene otra característica particular: está compenetrada con la grandeza de esa Muerte Humana, en la que el mundo, es decir, cada uno de nosotros, es amado «hasta el fin». Así pues, ella es también una respuesta que quiere corresponder a aquel Amor inmolado que llega hasta la muerte en la cruz: es nuestra «Eucaristía», es decir, nuestro agradecimiento, nuestra alabanza por habernos redimido con su muerte y hecho participantes de su vida inmortal mediante su resurrección.




Tal culto, tributado así a la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, acompaña y se enraiza ante todo en la celebración de la liturgia eucarística. Pero debe asimismo llenar nuestros templos, incluso fuera del horario de las Misas. En efecto, dado que el misterio eucarístico ha sido instituido por amor y nos hace presente sacramentalmente a Cristo, es digno de acción de gracias y de culto. Este culto debe manifestarse en todo encuentro nuestro con el Santísimo Sacramento, tanto cuando visitamos las iglesias como cuando las sagradas Especies son llevadas o administradas a los enfermos.




La adoración a Cristo en este sacramento de amor debe encontrar expresión en diversas formas de devoción eucarística: plegarias personales ante el Santísimo, horas de adoración, exposiciones breves, prolongadas, anuales (las cuarenta horas), bendiciones eucarísticas, procesiones eucarísticas, Congresos eucarísticos. A este respecto merece una mención particular la solemnidad del «Corpus Christi» como acto de culto público tributado a Cristo presente en la Eucaristía, establecida por mi Predecesor Urbano IV en recuerdo de la institución de este gran Misterio. Todo ello corresponde a los principios generales y a las normas particulares existentes desde hace tiempo y formuladas de nuevo durante o después del Concilio Vaticano II.





25 de agosto de 2011

Eucaristia y sacerdocio



De la carta de Juan Pablo II a los sacerdotes el jueves santo de 1979:



Queridos Hermanos!. ¡Vosotros que “soportáis el peso del día y el calor” que habéis puesto la mano sobre el sobre el arado y no miráis atrás, y tal vez todavía más, vosotros que dudáis del sentido de vuestra vocación o del valor de vuestro servicio. Pensar en los lugares donde esperan con ansia al sacerdote, y donde desde hace años, sintiendo su ausencia, no cesan de desear su presencia. Y sucede alguna vez que se reúnen en un Santuario abandonado y ponen sobre el altar la estola aún conservada y recitan todas las oraciones de la liturgia eucarística; y he aquí que en el momento que corresponde a la transubstanciación desciende en medio de ellos un profundo silencio, alguna vez interrumpido por el sollozo... ¡Con tanto ardor desean escuchar las palabras, que solo los labios de un sacerdote pueden pronunciar eficazmente! ¡Tan vivamente desean la comunión eucarística, de la que únicamente en virtud del ministerio sacerdotal pueden participar, como esperan también ansiosamente oír las palabras divinas del perdón: yo te absuelvo de tus pecados. ¡Tan profundamente sienten la ausencia de un Sacerdote en medio de ellos. Estos lugares no faltan en el mundo. ¡Si, en consecuencia, alguno entre vosotros duda del sentido de un sacerdocio, si piensa que ello es “socialmente” infructuoso o inútil, medite en esto!

25 de junio de 2011

Fiesta de Corpus Christi




Corpus Christi: una procesión relanzada en Roma por Juan Pablo II

(testimonio extraído de Zenit)


Con ocasión de la fiesta del Santísimo Sacramento, ayer jueves 23 de junio, Benedicto XVI presidió la misa, en el atrio de su catedral, la basílica de San Juan de Letrán. Después presidió la procesión eucarística a lo largo de la Via Merulana hasta Santa María la Mayor. Una procesión relanzada en Roma por Juan Pablo II.


La tradición de esta procesión en el corazón de Roma fue retomada por Juan Pablo II en 1979.


En Roma, fue a finales del siglo XV, bajo Nicolás V, cuando empezó a celebrarse la fiesta del Santo Sacramento o "Corpus Christi" con una procesión desde San Juan de Letrán a Santa María la Mayor.


Pero la actual via Merulana no fue practicable hasta 1575, fecha de la conclusión de los trabajos queridos por Gregorio XIII. La tradición se mantuvo durante tres siglos. Pero desde 1870, año de la toma de Roma, la tradición cayó en el olvido.


La procesión reunió en torno al Papa y a la Eucaristía, el jueves por la noche, a la luz de las antorchas, a los caballeros del Santo Sepulcro, las confraternidades y asociaciones, sobre todo las eucarísticas, las religiosas y mujeres consagradas, niños de la primera comunión, seminaristas, religiosos, sacerdotes, obispos y numerosos fieles de la diócesis de Roma y de diferentes partes del mundo, especialmente los peregrinos presentes en la audiencia general del miércoles por la mañana.


Pudieron seguir la celebración a través de pantallas gigantes tanto en el interior del patio del palacio de Letrán como en la plaza de San Juan.


El vicario del papa para Roma, cardenal Agostino Vallini, vio en estas celebraciones "un importante testimonio de fe y de unidad de la comunidad eclesial de Roma reunida en torno a su obispo, el papa Benedicto XVI". Invitó a toda la diócesis a hacerse "peregrinos en seguimiento del resucitado" para manifestar "la belleza y la alegría de la fe en Cristo".


La institución del Corpus Christi se debe en gran parte a una religiosa de Bélgica cuyo confesor llegó a ser papa: santa Juliana de Mont-Cornillon (1192-1258). La procesión de Letrán a Santa María la Mayor data del siglo XV.


Hay que señalar que la fiesta del Corpus Domini, del "Santo sacramento" o Corpus Christi se ha mantenido en el Vaticano en su lugar original, el jueves después de la octava de Pentecostés, a pesar de que numerosas diócesis, se ha trasladado al domingo siguiente por razones pastorales.


La celebración eucarística es seguida en Roma, tradicionalmente, por la procesión bajo los plataneros de la Vía Merulana, la gran arteria que une San Juan de Letrán con Santa María la Mayor.


Cada año, miles de peregrinos de Roma y del mundo acuden a participar a esta manifestación pública de fe eucarística a la que el Papa ha invitado a los fieles en estos días.


Urbano IV instituyó la fiesta del Corpus Domini mediante la bula Transiturus de hoc mundo, y confió entonces a santo Tomás de Aquino la redacción de textos litúrgicos para esta solemnidad, que fue fijada el jueves después de la octava de Pentecostés. La fiesta fue confirmada por el papa Clemente V en 1314.


Pero anteriormente, el papa Urbano IV había sido, en Bélgica, el confesor de santa Juliana de Mont Cornillon: es a ella a quien hay que atribuir el mérito de haber pedido al papa la institución de esta fiesta.


Huérfana, había sido recogida, a la edad de cinco años, con su hermana Inés, un año mayor que ella, por las agustinas de Mont-Cornillon, cerca de Lieja. Como las religiosas se dedicaban a cuidar leprosos, ellas fueron alojadas al principio en una granja. Pero a los catorce años, Juliana fue admitida entre las monjas.


Una visión, con la que ella fue favorecida dos años más tarde, está en el origen de sus esfuerzos por hacer instituir el Corpus Christi en honor del Santo Sacramento.


Sin embargo, al convertirse en priora, Juliana se encontró con crueles incomprensiones: fue tratada de falsa visionaria. Sus visiones, y su interpretación rigurosa de la regla agustiniana, provocaron su expulsión por dos veces del monasterio.


La primera vez, el obispo la volvió a llamar. La segunda, en 1248, se refugió en Namur, en un monasterio cisterciense, antes de abrazar la vida de eremita reclusa, en Fosses.


La abadía cisterciense de Villers, entre Bruselas y Namur, le ofreció sepultura, por ello la iconografía la representa vestida con el hábito de los cistercienses.


Mientras tanto, transmitido por la beata Eva de Lieja (+ v. 1266), sus esfuerzos no fueron en vanos, pues la fiesta del Santo Sacramento fue introducida en la diócesis. Y fue extendida a toda la Iglesia por Urbano IV, seis años después de su muerte. Fue él quien celebró el primer Corpus en Orvieto, con gran solemnidad.


La solemnidad del Corpus Domini se remonta en efecto a 1264, cuando se acogieron las devociones eucarísticas nacidas en los siglos XII y XIII, en reacción contra las dostrinas que negaban la presencia real de Cristo en el pan y el vino consagrados.


A esta época se remonta también el "milagro de Bolsena", ciudad junto al lago que lleva su nombre, en el Lacio, al norte de Roma. Un sacerdote de Bohemia, Pedro de Praga, dudó de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, mientras celebraba la misa: vio entonces gotas de sangre manar de la hostia, manchando el lienzo del altar y la piedra. Informado del hecho, el papa pidió que se le remitieran los lienzos sagrados y se desplazó él mismo a recibirlos, acompañado por toda la corte pontificia.


Los acontecimientos se relatan en los frescos de la catedral de Orvieto. Gran parte de las reliquias se conservan allí: la hostia, el corporal y los purificadores de lino.


En Bolsena se puede ver aún el altar del milagro en la basílica de Santa Cristina, así como las piedras manchadas de sangre.


Por Anita S. Bourdin

13 de junio de 2011

Lo que Cristo realizó en el altar de la Cruz y que antes instituyó como sacramento en el Cenáculo, el sacerdote lo renueva con la fuerza del Espíritu



Preseentamos a continuación una audiencia del beato Juan Pablo II sobre la relación entre el Espíritu Santo y la Eucaristía con motivo de la fiesta de Pentescostés.
1. La promesa de Jesús: 'seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días' (Hech 1, 5) significa que existe un vinculo entre el Espíritu Santo y el bautismo. Lo hemos visto en la anterior catequesis, en la que, partiendo del bautismo de penitencia que Juan impartía en el Jordán anunciando la venida de Cristo, nos hemos acercado a aquel que bautizará 'en Espíritu Santo y fuego'. Nos hemos acercado también a aquel único bautismo con que debía ser bautizado El mismo (Cfr. Mc 10, 38); el sacrificio de la cruz, que ofreció Cristo 'por el Espíritu Eterno' (Hb 9, 14) hasta el punto de hacerse 'el último Adán' y, como tal, 'espíritu que da vida', según lo que dice San Pablo (Cfr. 1 Cor 15, 45). Sabemos que Cristo 'dio a los Apóstoles el Espíritu que da vida el día de la Resurrección (Cfr. Jn 20, 22) y, a continuación, en la solemnidad de Pentecostés, cuando todos quedaron 'llenos del Espíritu Santo' (Hech 2, 4).

2. Entre el sacrificio pascual de Cristo y el don del Espíritu existe, por tanto, una relación objetiva. Puesto que la Eucaristía renueva místicamente el sacrificio redentor de Cristo, es fácil, por lo demás, entender el vínculo intrínseco que existe entre este sacramento y el don del Espíritu: formando la Iglesia mediante su propia venida el día de Pentecostés, el Espíritu Santo la constituye haciendo referencia objetiva a la Eucaristía y la orienta hacia la Eucaristía.

Jesús había dicho en una de sus parábolas: 'El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo' (Mt 22, 2). La Eucaristía constituye la anticipación sacramental y en cierto sentido una 'pregustación' de aquel banquete real que el Apocalipsis llama 'el banquete del Cordero' (Cfr. Ap 19, 9). El Esposo que está en el centro de aquella fiesta de bodas, y de su prefiguración y anticipación eucarística, es el Cordero que 'borró los pecados del mundo', el Redentor.

3. En la Iglesia que nace del bautismo en Pentecostés, cuando los Apóstoles, y junto con ellos los demás discípulos y confesores de Cristo, son 'bautizados en Espíritu', la Eucaristía es y permanece hasta el fin de los tiempos el sacramento del cuerpo y de la sangre de Cristo.

En Ella está presente 'da sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios' (Hb 9, 14); la sangre 'derramada por muchos' (Mc 14, 24) 'para perdón de los pecados' (Mt 26, 28); la sangre que 'purificará de las obras muertas nuestra conciencia' (Cfr. Hb 9, 14); la 'sangre de la alianza' (Mt 26, 28). Jesús mismo, al instituir la Eucaristía, declara: 'Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre' (Lc 22, 20; cfr. 1 Cor 11, 25), y recomienda a los Apóstoles: 'haced esto en recuerdo mío' (Lc 22, 19). En la Eucaristía (cada vez) se renueva (es decir, se realiza nuevamente) el sacrificio del cuerpo y de la sangre, ofrecido por Cristo una sola vez al Padre en la cruz para la redención del mundo. Dice la Encíclica Dominum et Vivificantem que 'en el sacrificio del Hijo del hombre el Espíritu Santo está presente y actúa El mismo Jesucristo en su humanidad se ha abierto totalmente a esta acción... que del sufrimiento hace brotar el eterno amor salvífico' (n. 40).

4. La Eucaristía es el sacramento de este amor redentor, estrechamente vinculado a la presencia del Espíritu Santo y a su acción. ¿Cómo no recordar, en este momento, las palabras pronunciadas por Jesús cuando, en la sinagoga de Cafarnaún, tras la multiplicación del pan (Cfr. Jn 6, 27), proclamaba la necesidad de alimentarse de su carne y de su sangre? A muchos de los que lo escuchaban, su lenguaje sobre el comer su cuerpo y beber su sangre (Cfr. Jn 6, 53) les pareció 'duro' (Jn 6, 60). Intuyendo esta dificultad Jesús les dijo ' Esto os escandaliza? 'cuándo veáis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?' (Jn 6, 61-62). Era una explícita alusión a la futura ascensión al cielo. Y precisamente en aquel momento añade una referencia al Espíritu Santo, que sólo tras la ascensión adquiriría plenitud de sentido. Dijo: 'El espíritu es el que da vida: la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida' (Jn 6, 63).

Los oyentes de Jesús entendieron de modo 'material' aquel primer anuncio eucarístico. El Maestro quiso en seguida precisar que su contenido sólo podía aclararse y entenderse por obra del 'Espíritu que da vida'. En la Eucaristía Cristo nos da su cuerpo y su sangre como alimento y bebida, bajo las especies del pan y del vino, como durante el banquete pascual de la última Cena. Solamente en virtud del Espíritu, que da vida, el alimento y la bebida eucarísticos pueden obrar en nosotros la 'comunión', es decir, la unión salvífica con el Cristo crucificado y glorificado.

5. Hay un hecho significativo, ligado al acontecimiento de Pentecostés: desde los primeros tiempos después de la venida del Espíritu Santo los Apóstoles y sus seguidores, convertidos y bautizados, 'acudían asiduamente... a la fracción del pan y a las oraciones' (Hech 2, 42), como si el mismo Espíritu Santo nos hubiera orientado a la Eucaristía. He subrayado en la Encíclica Dominum et Vivificantem que 'guiada por el Espíritu Santo, la Iglesia desde el principio se manifestó y se confirmó a sí misma a través de la Eucaristía' (n.62).

La Iglesia primitiva era una comunidad fundada en la enseñanza de los Apóstoles (Hech 2, 42) y animada en su totalidad por el Espíritu Santo, el cual infundía luz a los creyentes para que comprendiesen la Palabra, y los congregaba en la caridad en torno a la Eucaristía. Así la Iglesia crecía y se propagaba en una muchedumbre de creyentes que 'no tenía sino un solo corazón y una sola alma' (Hech 4, 32).

6. En la Encíclica citada leemos también que 'mediante la Eucaristía, las personas y comunidades, bajo la acción del Paráclito consolador, aprenden a descubrir el sentido divino de la vida humana' (n. 62). Es decir, descubren el valor de la vida interior, realizando en sí mismas la imagen de Dios Trinidad que siempre se nos ha presentado en los libros del Nuevo Testamento y especialmente en las Cartas de San Pablo, como Alfa y Omega de nuestra vida, o sea, el principio según el cual el hombre es creado y modelado, y el fin último al que está ordenado y es guiado según el designio y la voluntad del Padre, reflejados en el Hijo-Verbo y en el Espíritu-Amor. Es una hermosa y profunda interpretación que la tradición patrística, resumida y formulada en términos teológicos por Santo Tomás (Cfr. S.Th. I, q. 93, a. 8), ha dado de un principio clave de la espiritualidad y de la antropología cristiana, así expresado en la Carta a los Efesios: 'Por eso doblo mis rodillas ante el padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, para que os conceda, según la riqueza de su gloria, que seáis fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior; que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo que excede a todo conocimiento para que os vayáis llenando hasta la total Plenitud de Dios' (Ef 3, 14-19)

7. Es Cristo quien nos da esta plenitud divina (Cfr. Col 2, 9 ss.) mediante la acción del Espíritu Santo. Así, colmados de vida divina, los cristianos entran y viven en la plenitud del Cristo total que es la Iglesia, y, a través de la Iglesia, en el nuevo universo que poco a poco se va construyendo (Cfr. Ef 1, 23; 4,12-13; Col 2, 10). En el centro de la Iglesia y del nuevo universo está la Eucaristía, donde se halla presente el Cristo que obra en los hombres y en el mundo entero mediante el Espíritu Santo.

2 de mayo de 2011

¡¡¡Juan Pablo II es BEATO!!!


¡Abrid, las puertas a Cristo,
no tengáis miedo!
Abrid de par en par
Vuestro corazón a Dios.

Testigo de esperanza
para quien espera la salvación,
peregrino por amor
en los caminos del mundo.

Verdadero padre para los jóvenes
a quienes enviaste al mundo,
centinelas de la mañana,
signo vivo de esperanza

Testigo de la fe
que anunciaste con la vida,
firme y fuerte en la prueba
confirmaste a tus hermanos.

Enseñaste a cada hombre
la belleza de la vida
indicando a la familia
como signo del amor

Portador de la paz
y heraldo de justicia,
te hiciste entre las gentes
nuncio de misericordia.

En el dolor revelaste
el poder de la Cruz.
Guía siempre a tus hermanos
en el camino del amor.

En la Madre del Señor
nos indicaste una guía,
en su intercesión
el poder de la gracia.

Padre de misericordia,
Hijo nuestro Redentor,
Santo Espíritu de Amor,
a ti, Trinidad, la gloria. Amén.

Extractos de la homilía de Benedicto XVI en la beatificación de Juan Pablo II:
“he querido que, respetando debidamente la normativa de la Iglesia, la causa de su beatificación procediera con razonable rapidez. Y he aquí que el día esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor: Juan Pablo II es beato.

«Dichosos los que crean sin haber visto» (Jn 20, 29). En el evangelio de hoy, Jesús pronuncia esta bienaventuranza: la bienaventuranza de la fe. Nos concierne de un modo particular, porque estamos reunidos precisamente para celebrar una beatificación, y más aún porque hoy un Papa ha sido proclamado Beato, un Sucesor de Pedro, llamado a confirmar en la fe a los hermanos. Juan Pablo II es beato por su fe, fuerte y generosa, apostólica.

Queridos hermanos y hermanas, hoy resplandece ante nuestros ojos, bajo la plena luz espiritual de Cristo resucitado, la figura amada y venerada de Juan Pablo II. Hoy, su nombre se añade a la multitud de santos y beatos que él proclamó durante sus casi 27 años de pontificado, recordando con fuerza la vocación universal a la medida alta de la vida cristiana, a la santidad, Esta visión teológica es la que el beato Juan Pablo II descubrió de joven y que después conservó y profundizó durante toda su vida. Una visión que se resume en el icono bíblico de Cristo en la cruz, y a sus pies María, su madre. Un icono que se encuentra en el evangelio de Juan (19, 25-27) y que quedó sintetizado en el escudo episcopal y posteriormente papal de Karol Wojtyła: una cruz de oro, una «eme» abajo, a la derecha, y el lema: «Totus tuus», que corresponde a la célebre expresión de san Luis María Grignion de Monfort, en la que Karol Wojtyła encontró un principio fundamental para su vida: «Totus tuus ego sum et omnia mea tua sunt. Accipio Te in mea omnia. Praebe mihi cor tuum, Maria -Soy todo tuyo y todo cuanto tengo es tuyo. Tú eres mi todo, oh María; préstame tu corazón». (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n. 266).
«¡No temáis! !Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!». Aquello que el Papa recién elegido pedía a todos, él mismo lo llevó a cabo en primera persona: abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la Nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio. En una palabra: ayudó a no tener miedo de la verdad, porque la verdad es garantía de libertad. Más en síntesis todavía: nos devolvió la fuerza de creer en Cristo, porque Cristo es Redemptor hominis, Redentor del hombre: el tema de su primera Encíclica e hilo conductor de todas las demás.

Su mensaje fue éste: el hombre es el camino de la Iglesia, y Cristo es el camino del hombre. Con este mensaje, que es la gran herencia del Concilio Vaticano II y de su «timonel», el Siervo de Dios el Papa Pablo VI, Juan Pablo II condujo al Pueblo de Dios a atravesar el umbral del Tercer Milenio, que gracias precisamente a Cristo él pudo llamar «umbral de la esperanza». Sí, él, a través del largo camino de preparación para el Gran Jubileo, dio al Cristianismo una renovada orientación hacia el futuro, el futuro de Dios, trascendente respecto a la historia, pero que incide también en la historia. Aquella carga de esperanza que en cierta manera se le dio al marxismo y a la ideología del progreso, él la reivindicó legítimamente para el Cristianismo, restituyéndole la fisonomía auténtica de la esperanza, de vivir en la historia con un espíritu de «adviento», con una existencia personal y comunitaria orientada a Cristo, plenitud del hombre y cumplimiento de su anhelo de justicia y de paz.

Quisiera finalmente dar gracias también a Dios por la experiencia personal que me concedió, de colaborar durante mucho tiempo con el beato Papa Juan Pablo II. Ya antes había tenido ocasión de conocerlo y de estimarlo, pero desde 1982, cuando me llamó a Roma como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante 23 años pude estar cerca de él y venerar cada vez más su persona. Su profundidad espiritual y la riqueza de sus intuiciones sostenían mi servicio. El ejemplo de su oración siempre me ha impresionado y edificado: él se sumergía en el encuentro con Dios, aun en medio de las múltiples ocupaciones de su ministerio. Y después, su testimonio en el sufrimiento: el Señor lo fue despojando lentamente de todo, sin embargo él permanecía siempre como una «roca», como Cristo quería. Su profunda humildad, arraigada en la íntima unión con Cristo, le permitió seguir guiando a la Iglesia y dar al mundo un mensaje aún más elocuente, precisamente cuando sus fuerzas físicas iban disminuyendo. Así, él realizó de modo extraordinario la vocación de cada sacerdote y obispo: ser uno con aquel Jesús al que cotidianamente recibe y ofrece en la Eucaristía.

[En el texto de la homilía:] ¡Dichoso tú, amado Papa Juan Pablo, porque has creído! Te rogamos que continúes sosteniendo desde el Cielo la fe del Pueblo de Dios. [E improvisando, Benedicto XVI añadió:] Tantas veces nos has bendecido desde esta plaza. Santo Padre, hoy te pedimos, bendícenos. Amén."