Jesús, Pontífice Eterno, que en un impulso de incomparable amor a los hombres, tus hermanos, hiciste brotar de tu Sagrado Corazón el sacerdocio cristiano, dígnate continuar derramando sobre tus ministros los torrentes vivificantes del Amor Infinito. Vive en tus Sacerdotes, transfórmalos en Ti, hazlos por tu gracia, instrumentos de tu misericordia. Obra en ellos y por ellos y que, después de haberse revestido totalmente de Ti, por la fiel imitación de tus virtudes, cumplan en tu nombre y por el poder de tu Espíritu, las obras que Tú mismo realizaste para la salvación del mundo. Redentor de las almas, mira qué grande es la multitud de los que aún duermen en la oscuridad sin fe. Vuelve Señor a nosotros, por tus sacerdotes, revive verdaderamente en ellos, obra por ellos y pasa de nuevo por el mundo, enseñando, perdonando, consolando, sacrificando y renovando los lazos sagrados del amor, entre el Corazón de Dios y el corazón del hombre. Amén.
2 de agosto de 2012
Hora santa: 1º jueves de mes rezamos por los sacerdotes
Jesús, Pontífice Eterno, que en un impulso de incomparable amor a los hombres, tus hermanos, hiciste brotar de tu Sagrado Corazón el sacerdocio cristiano, dígnate continuar derramando sobre tus ministros los torrentes vivificantes del Amor Infinito. Vive en tus Sacerdotes, transfórmalos en Ti, hazlos por tu gracia, instrumentos de tu misericordia. Obra en ellos y por ellos y que, después de haberse revestido totalmente de Ti, por la fiel imitación de tus virtudes, cumplan en tu nombre y por el poder de tu Espíritu, las obras que Tú mismo realizaste para la salvación del mundo. Redentor de las almas, mira qué grande es la multitud de los que aún duermen en la oscuridad sin fe. Vuelve Señor a nosotros, por tus sacerdotes, revive verdaderamente en ellos, obra por ellos y pasa de nuevo por el mundo, enseñando, perdonando, consolando, sacrificando y renovando los lazos sagrados del amor, entre el Corazón de Dios y el corazón del hombre. Amén.
19 de julio de 2012
Hora Santa: Adoración eucarística con el Beato Pier Giorgio Frassati
13 de junio de 2012
Hora santa: Rosario sacerdotal por la jornada de oración para la santificación del clero
Recibimos a Jesús Eucaristía cantando…
Alabe todo el mundo,
alabe al Señor.
Alabe todo el mundo,
alabe a nuestro Dios.
Rezamos el Rosario sacerdotal
“El Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”, repetía con frecuencia el Santo Cura de Ars. Esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes, no sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad misma. Tengo presente a todos los presbíteros que con humildad repiten cada día las palabras y los gestos de Cristo a los fieles cristianos y al mundo entero, identificándose con sus pensamientos, deseos y sentimientos, así como con su estilo de vida. ¿Cómo no destacar sus esfuerzos apostólicos, su servicio infatigable y oculto, su caridad que no excluye a nadie? Y ¿qué decir de la fidelidad entusiasta de tantos sacerdotes que, a pesar de las dificultades e incomprensiones, perseveran en su vocación de “amigos de Cristo”, llamados personalmente, elegidos y enviados por Él?
4 de junio de 2012
Hora santa: preparando Corpus Christi
18 de mayo de 2012
Vigilia de Pentecostés (guión para adoración): María Sagrario del Espíritu Santo
2 de mayo de 2012
Hora santa: Preparando Pentecostés
27 de marzo de 2012
Hora Santa: La última Cena
18 de diciembre de 2011
Hora Santa: María en el tiempo de adviento
Reeditamos, en esta última semana de adviento, el texto del beato Juan Pablo II en la Carta Encíclica Ecclesia De Eucharistia sobre Analogía entre el “FIAT” de María y el “AMEN” que cada fiel pronuncia cuando recibe el Cuerpo del Señor. Es una bellísima meditación para hacer nuestra Hora santa frente al santísimo Sacramento perparándonos para la Solmenidad de la Navidad:A primera vista, el Evangelio no habla de este tema. En el relato de la institución, la tarde del Jueves Santo, no se menciona a María. Se sabe, sin embargo, que estaba junto con los Apóstoles, « concordes en la oración » (cf. Hch 1, 14), en la primera comunidad reunida después de la Ascensión en espera de Pentecostés. Esta presencia suya no pudo faltar ciertamente en las celebraciones eucarísticas de los fieles de la primera generación cristiana, asiduos « en la fracción del pan » (Hch 2, 42).
Pero, más allá de su participación en el Banquete eucarístico, la relación de María con la Eucaristía se puede delinear indirectamente a partir de su actitud interior. María es mujer « eucarística » con toda su vida. La Iglesia, tomando a María como modelo, ha de imitarla también en su relación con este santísimo Misterio.
Mysterium fidei! Puesto que la Eucaristía es misterio de fe, que supera de tal manera nuestro entendimiento que nos obliga al más puro abandono a la palabra de Dios, nadie como María puede ser apoyo y guía en una actitud como ésta. Repetir el gesto de Cristo en la Última Cena, en cumplimiento de su mandato: « ¡Haced esto en conmemoración mía! », se convierte al mismo tiempo en aceptación de la invitación de María a obedecerle sin titubeos: « Haced lo que él os diga » (Jn 2, 5). Con la solicitud materna que muestra en las bodas de Caná, María parece decirnos: « no dudéis, fiaros de la Palabra de mi Hijo. Él, que fue capaz de transformar el agua en vino, es igualmente capaz de hacer del pan y del vino su cuerpo y su sangre, entregando a los creyentes en este misterio la memoria viva de su Pascua, para hacerse así “pan de vida” ».
En cierto sentido, María ha practicado su fe eucarística antes incluso de que ésta fuera instituida, por el hecho mismo de haber ofrecido su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios. La Eucaristía, mientras remite a la pasión y la resurrección, está al mismo tiempo en continuidad con la Encarnación. María concibió en la anunciación al Hijo divino, incluso en la realidad física de su cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Señor.
Hay, pues, una analogía profunda entre el fiat pronunciado por María a las palabras del Ángel y el amén que cada fiel pronuncia cuando recibe el cuerpo del Señor. A María se le pidió creer que quien concibió « por obra del Espíritu Santo » era el « Hijo de Dios » (cf. Lc 1, 30.35). En continuidad con la fe de la Virgen, en el Misterio eucarístico se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y del vino.
« Feliz la que ha creído » (Lc 1, 45): María ha anticipado también en el misterio de la Encarnación la fe eucarística de la Iglesia. Cuando, en la Visitación, lleva en su seno el Verbo hecho carne, se convierte de algún modo en « tabernáculo » –el primer « tabernáculo » de la historia– donde el Hijo de Dios, todavía invisible a los ojos de los hombres, se ofrece a la adoración de Isabel, como « irradiando » su luz a través de los ojos y la voz de María. Y la mirada embelesada de María al contemplar el rostro de Cristo recién nacido y al estrecharlo en sus brazos, ¿no es acaso el inigualable modelo de amor en el que ha de inspirarse cada comunión eucarística?
María, con toda su vida junto a Cristo y no solamente en el Calvario, hizo suya la dimensión sacrificial de la Eucaristía. Cuando llevó al niño Jesús al templo de Jerusalén « para presentarle al Señor » (Lc 2, 22), oyó anunciar al anciano Simeón que aquel niño sería « señal de contradicción » y también que una « espada » traspasaría su propia alma (cf. Lc 2, 34.35). Se preanunciaba así el drama del Hijo crucificado y, en cierto modo, se prefiguraba el « stabat Mater » de la Virgen al pie de la Cruz. Preparándose día a día para el Calvario, María vive una especie de « Eucaristía anticipada » se podría decir, una « comunión espiritual » de deseo y ofrecimiento, que culminará en la unión con el Hijo en la pasión y se manifestará después, en el período postpascual, en su participación en la celebración eucarística, presidida por los Apóstoles, como « memorial » de la pasión.
¿Cómo imaginar los sentimientos de María al escuchar de la boca de Pedro, Juan, Santiago y los otros Apóstoles, las palabras de la Última Cena: « Éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros » (Lc 22, 19)? Aquel cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno! Recibir la Eucaristía debía significar para María como si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo y revivir lo que había experimentado en primera persona al pie de la Cruz.
« Haced esto en recuerdo mío » (Lc 22, 19). En el « memorial » del Calvario está presente todo lo que Cristo ha llevado a cabo en su pasión y muerte. Por tanto, no falta lo que Cristo ha realizado también con su Madre para beneficio nuestro. En efecto, le confía al discípulo predilecto y, en él, le entrega a cada uno de nosotros: « !He aquí a tu hijo¡ ». Igualmente dice también a todos nosotros: « ¡He aquí a tu madre! » (cf. Jn 19, 26.27).
Vivir en la Eucaristía el memorial de la muerte de Cristo implica también recibir continuamente este don. Significa tomar con nosotros –a ejemplo de Juan– a quien una vez nos fue entregada como Madre. Significa asumir, al mismo tiempo, el compromiso de conformarnos a Cristo, aprendiendo de su Madre y dejándonos acompañar por ella. María está presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas. Así como Iglesia y Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio María y Eucaristía. Por eso, el recuerdo de María en el celebración eucarística es unánime, ya desde la antigüedad, en las Iglesias de Oriente y Occidente.
En la Eucaristía, la Iglesia se une plenamente a Cristo y a su sacrificio, haciendo suyo el espíritu de María. Es una verdad que se puede profundizar releyendo el Magnificat en perspectiva eucarística. La Eucaristía, en efecto, como el canto de María, es ante todo alabanza y acción de gracias. Cuando María exclama « mi alma engrandece al Señor, mi espíritu exulta en Dios, mi Salvador », lleva a Jesús en su seno. Alaba al Padre « por » Jesús, pero también lo alaba « en » Jesús y « con » Jesús. Esto es precisamente la verdadera « actitud eucarística ».
Al mismo tiempo, María rememora las maravillas que Dios ha hecho en la historia de la salvación, según la promesa hecha a nuestros padres (cf. Lc 1, 55), anunciando la que supera a todas ellas, la encarnación redentora. En el Magnificat, en fin, está presente la tensión escatológica de la Eucaristía. Cada vez que el Hijo de Dios se presenta bajo la « pobreza » de las especies sacramentales, pan y vino, se pone en el mundo el germen de la nueva historia, en la que se « derriba del trono a los poderosos » y se « enaltece a los humildes » (cf. Lc 1, 52). María canta el « cielo nuevo » y la « tierra nueva » que se anticipan en la Eucaristía y, en cierto sentido, deja entrever su 'diseño' programático. Puesto que el Magnificat expresa la espiritualidad de María, nada nos ayuda a vivir mejor el Misterio eucarístico que esta espiritualidad. ¡La Eucaristía se nos ha dado para que nuestra vida sea, como la de María, toda ella un magnificat!
5 de noviembre de 2011
Hora Santa: YO SOY LA VIDA

“Yo soy la Vida”
“¡No tengan miedo de mirarlo a Él! ¿Qué ven? Miren al Señor: ¿qué ven? ¿Es solo un hombre sabio? ¡No! Es más que eso. ¿Es un profeta? ¡Sí! Pero más aún. ¿Es un reformador social? Mucho más que un reformador, mucho más. Miren al Señor con ojos atentos y descubrirán en Él el Rostro mismo de Dios. Jesús es la Palabra que Dios tenía que decir al mundo. Es Dios mismo que ha venido a compartir nuestra existencia. La de cada uno. Al contacto de Jesús despunta la vida. Lejos de El sólo hay oscuridad y muerte. Ustedes tienen sed de vida. ¡De vida eterna! ¡De vida eterna! Búsquenla y hállenla quien no sólo da la vida, sino en quien es la Vida misma. Este es, amigos míos, el mensaje de vida que el Papa quiere transmitir: ¡Busquen a Cristo! ¡Miren a Cristo! ¡Vivan en Cristo!” (Beato Juan Pablo II)
La contemplación Eucarística no es otra cosa que la capacidad, o mejor aún, el don de saber establecer un contacto de corazón a corazón con Jesús presente realmente en la hostia, y a través de Él, elevarse hasta el Padre en el Espíritu Santo. Son dos miradas que se cruzan, que se encuentran: nuestra mirada sobre Dios y la mirada de Dios sobre nosotros. Si a veces se baja nuestra mirada o desaparece, nunca ocurre lo mismo con la mirada de Dios. Adorar no es simplemente hacerle compañía a Jesús, estar bajo su mirada: ¡Él nos mira! ¡Él me mira!
Recordemos que es la Virgen quien nos trae la Presencia de Jesús para cada uno de nosotros. María nos trae a Jesús: para que Él esté en medio nuestro, para que podamos mirarlo, para que sea nuestro Rey, el Señor de nuestra vida, para que el mismo Hijo de Dios sea nuestra vida. Y así como el ángel le hizo a María el mejor de los saludos, “El Señor está contigo”, así ahora Dios estará con nosotros. ¡El Señor estará con nosotros! Demos ahora ese salto de fe y creámosle a Dios, creamos en las palabras que Él dijo por medio de un sacerdote al consagrar el Santísimo Sacramento que ahora vamos a adorar: “Esto es mi Cuerpo. Estas es mi Sangre”. Los invito, entonces, a permanecer ahora en la adoración a Cristo, realmente presente en la Eucaristía. A dialogar con Él, a poner ante Él nuestras preguntas y a escucharlo. Confiados hasta la audacia en la Misericordia y Providencia de Dios, digámosle juntos a Jesús:
“Creo, Señor, pero aumenta mi fe”
“Creo, Señor, pero aumenta mi fe”
“Creo, Señor, pero aumenta mi fe”
Recibimos a Jesús Eucaristía cantando...
Alabanza
Se podría decir que nuestra vida espiritual vale lo que vale nuestra piedad eucarística, nuestra vida eucarística. O sea, la Eucaristía es, sin ninguna duda, el centro, la raíz (lo dice el Concilio Vaticano II), el culmen de la vida cristiana. En la Eucaristía recibimos todos los dones, es pura gratuidad, se nos da, no se nos quita nada, se nos regala. A veces creemos que por ir a Misa tenemos que dar, perder, media hora, una hora. Y no, no es perder algo, es que Todo se te da. Jesús no pide nada. Nos da. La Eucaristía es pura gratuidad.
En la Eucaristía, Jesús sigue dándonos su misma Vida; con casi nada, pan y vino, nos lo da Todo, porque se da a Él mismo. Aquella noche de la última cena es la noche en la que queda sellado para siempre el amor de Dios entre nosotros, para siempre. El Amor al hombre empujó a Dios a encarnarse, es decir, a nacer entre nosotros en el vientre de María. Jesús se olvidó de su condición divina y se hizo hombre. El Amor es así: no tiene en cuenta más que el ser amado. Incluye un olvido de sí mismo que va mucho más allá de lo pensable. Y esta inmolación por amor que empezó en la Encarnación, culmina en la Cruz y, por la Resurrección, trasciende lo temporal llegando a todos los hombres gracias a la Eucaristía. Es que la Eucaristía sintetiza la totalidad del don de Dios, es Jesús que se nos entrega, que nos da su Vida, es Él mismo, es Jesús personalmente. La Eucaristía es Jesús. Es la Presencia de Jesús para nosotros, para mí, ya que el amor exige la presencia del ser amado; por eso Jesús se queda en la Eucaristía, para amarnos y para amarlo. Jesús se queda en la Eucaristía porque quiere salvarnos también a nosotros. Es la presencia de Dios que nos acompaña, que nos sana, que nos salva y nosotros también necesitamos esa presencia en el caminar de nuestra vida.
Nosotros ya conocemos a Jesús, por eso estamos acá, porque Él nos acompaña a lo largo de nuestra vida y lo seguirá haciendo. Porque Él es Jesús, nuestro Buen Pastor, Él es nuestra Salvador, Él es el Camino y la Verdad y Él es nuestra VIDA. Los invito a que lo alabemos en la Eucaristía con ese nombre que más nos lleva a alabarlo:
(Vamos proclamando en vos alta y espontáneamente los nombres de Jesús con que lo queremos adorar)
Cantamos con fe...
Perdón
Al acercarnos al Santísimo Sacramento expuesto podemos pensar que debemos hacer un gran esfuerzo por encontrarnos con el Señor, que debemos disponer todas nuestras capacidades para hacer de ese rato de oración algo magnífico. Y, sin embargo, cuando nos acercamos a la Eucaristía, no nos damos cuenta de que ya hay Alguien orando. Porque la Eucaristía en sí es oración. Ante la Eucaristía nos vemos casi obligados a hacer silencio. Nosotros no tenemos más que unirnos a esa oración, sin ningún esfuerzo. La Eucaristía es Jesús y Jesús es nuestro sumo y eterno Sacerdote, Aquel que vive para interceder por nosotros ante el Padre. En la Eucaristía ya hay alguien rezando: Jesús. ¡Qué lindo es descansar en la oración de Jesús, sobre todo en aquellos días en los que estamos más cansados o distraídos y en los que creemos que no estamos rezando! Y otra vez en nuestra debilidad triunfa su grandeza, porque ¿qué más lindo y agradable para el Padre que la oración de Jesús?
Es difícil no temerle a la propia debilidad, pero el misterio de la Eucaristía nos invita a eso. Dios se hace frágil para que ya no temamos la pobreza de sabernos necesitados del cuidado del Padre. No tengamos miedo de mirar nuestra debilidad ahora, porque estamos delante de Jesús. Aunque el Señor lo sabe todo, quiere que, con la misma confianza de Marta, que cuenta la gravedad del estado de su hermano: “Señor, el que tú amas, está enfermo”, le digamos cuáles son nuestros pecados, todo lo que nos hace no estar firme en Él. Y el Señor espera que tengamos la misma fe de esta mujer: “Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”. Por eso ahora los invito a mirarnos con los ojos de Jesús y reconocer nuestro propio pecado, las ofensas concretas a Dios y también la necesidad que tenemos de Él. Creamos que Él es la resurrección para nuestras zonas de muerte y de pecado. Creámosle que Él es la Vida.
(Tiempo personal en silencio)
Una Palabra
En el Evangelio según san Juan se narra la resurrección de Lázaro, donde Jesús se manifiesta como la verdadera Vida. Todos los gestos y palabras del Señor expresan ese Amor que Él siente por los hombres. Él es el Señor de la Vida que sale a nuestro encuentro en el momento oportuno. Por eso, meditando este pasaje del Evangelio, roguemos al Señor que nos salga al encuentro con una Palabra, pidámosle a Jesús una palabra para nuestra vida hoy:
“Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús: «Señor, el que tú amas, está enfermo». Al oír esto, Jesús dijo: «Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba.
Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días. Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros. Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dio a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas». Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta le respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día». Jesús le dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá: y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?». Ella le respondió: «Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo». Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: «El Maestro está aquí y te llama». Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que esta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí. María llegó adonde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado, preguntó: «¿Dónde lo pusieron?». Le respondieron: «Ven, Señor, y lo verás». Y Jesús lloró.
Los judíos dijeron: «¡Cómo lo amaba!». Pero algunos decían: «Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podría impedir que Lázaro muriera?». Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y le dijo: «Quiten la piedra». Marta, la hermana del difunto, le respondió: «Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto». Jesús le dijo: « ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?». Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero le he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». Después de decir esto, gritó con voz fuerte: «¡Lázaro, ven afuera!». El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: «Desátenlo para que pueda caminar». Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él.”
Intercesión
Quizás muchos de nosotros hayamos tenido que renunciar a ciertas cosas para estar hoy acá y optar por Jesús. Pero qué lindo es descubrir que, en realidad, es Jesús quien planeó este encuentro entre Él y cada uno de nosotros; descubrir que es Él quien nos eligió y amó primero. Pero, como todo don de Dios, no es solamente para nosotros mismos; porque, como la Virgen, cuando recibió en su seno a Jesús, la verdadera Vida, nos vemos necesitados de darlo a los demás para que Dios sea Todo en todos, para que sean muchos los que en Él tengan Vida.
Nos dice nuestro querido Benedicto: “El mundo necesita el testimonio de vuestra fe, necesita ciertamente a Dios”. Y hoy, concretamente, ¿cómo podemos entregar a Dios al mundo; hoy, desde este retiro? Cada domingo, cuando profesamos nuestra fe, decimos que creemos en la comunión de los santos. Esto se refiere no solamente a la unión que tenemos con nuestros hermanos mayores (los santos canonizados, que ya están en el Cielo, contemplando al mismo Jesús presente en la Eucaristía que nosotros estamos adorando), sino que también se refiere a la unión con nuestros hermanos con los que aún peregrinamos en esta tierra. Por eso, adentrémonos en la comunión de los santos, un verdadero misterio, pero también una realidad en la que creemos, y pongamos a los pies de Jesús todas nuestras intenciones y acciones de gracias, presentándole nuestra vida y la de tantos que Él puso en nuestro camino, respondiendo a cada intención: “Escucha, Señor, nuestra oración”
Tantum Ergo
Tantum ergo Sacramentum
Veneremur cernui:
Et antiquum documentum
Novo cedat ritui:
Praestet fides supplementum
Sensuum defectui.
Genitori, Genitoque
Laus et jubilatio,
Salus, honor, virtus quoque
Sit et benedictio:
Procedenti ab utroque
Compar sit laudatio.
Amen.
Tan sublime Sacramento
adoremos en verdad,
que los ritos ya pasados
den al nuevo su lugar.
Que la fe preste a los ojos
la visión con que mirar.
Bendición y gloria eterna
a Dios Padre creador,
a su Hijo Jesucristo,
y al Espíritu de Amor,
demos siempre igual
gloria, alabanza y honor.
Amén.
Cantamos a la Virgen…
27 de octubre de 2011
Jornada Mundial por la Paz
Jornada de Reflexión, Diálogo y Oración por la Paz y la Justicia en el Mundo.“Peregrinos de la Verdad, Peregrinos de la Paz”
Intervención del Santo Padre Benedicto XVI
Asís, Basílica de Santa María de los Ángeles
Jueves 27 de octubre de 2011
Distinguidos Jefes y representantes de las Iglesias y Comunidades eclesiales
y de las Religiones del mundo,
queridos amigos
Han pasado veinticinco años desde que el beato Papa Juan Pablo II invitó por vez primera a los representantes de las religiones del mundo a Asís para una oración por la paz. ¿Qué ha ocurrido desde entonces? ¿A qué punto está hoy la causa de la paz? En aquel entonces, la gran amenaza para la paz en el mundo provenía de la división del planeta en dos bloques contrastantes entre sí. El símbolo llamativo de esta división era el muro de Berlín que, pasando por el medio de la ciudad, trazaba la frontera entre dos mundos. En 1989, tres años después de Asís, el muro cayó sin derramamiento de sangre. De repente, los enormes arsenales que había tras el muro dejaron de tener sentido alguno. Perdieron su capacidad de aterrorizar. El deseo de los pueblos de ser libres era más fuerte que los armamentos de la violencia. La cuestión sobre las causas de este derrumbe es compleja y no puede encontrar una respuesta con fórmulas simples. Pero, junto a los factores económicos y políticos, la causa más profunda de dicho acontecimiento es de carácter espiritual: detrás del poder material ya no había ninguna convicción espiritual. Al final, la voluntad de ser libres fue más fuerte que el miedo ante la violencia, que ya no contaba con ningún respaldo espiritual. Apreciamos esta victoria de la libertad, que fue sobre todo también una victoria de la paz. Y es preciso añadir en este contexto que, aunque no se tratara sólo, y quizás ni siquiera en primer lugar, de la libertad de creer, también se trataba de ella. Por eso podemos relacionar también todo esto en cierto modo con la oración por la paz.
Pero, ¿qué ha sucedido después? Desgraciadamente, no podemos decir que desde entonces la situación se haya caracterizado por la libertad y la paz. Aunque no haya a la vista amenazas de una gran guerra, el mundo está desafortunadamente lleno de discordia. No se trata sólo de que haya guerras frecuentemente aquí o allá; es que la violencia en cuanto tal siempre está potencialmente presente, y caracteriza la condición de nuestro mundo. La libertad es un gran bien. Pero el mundo de la libertad se ha mostrado en buena parte carente de orientación, y muchos tergiversan la libertad entendiéndola como libertad también para la violencia. La discordia asume formas nuevas y espantosas, y la lucha por la paz nos debe estimular a todos nosotros de modo nuevo.
Tratemos de identificar más de cerca los nuevos rostros de la violencia y la discordia. A grandes líneas –según mi parecer– se pueden identificar dos tipologías diferentes de nuevas formas de violencia, diametralmente opuestas por su motivación, y que manifiestan luego muchas variantes en sus particularidades. Tenemos ante todo el terrorismo, en el cual, en lugar de una gran guerra, se emplean ataques muy precisos, que deben golpear destructivamente en puntos importantes al adversario, sin ningún respeto por las vidas humanas inocentes que de este modo resultan cruelmente heridas o muertas. A los ojos de los responsables, la gran causa de perjudicar al enemigo justifica toda forma de crueldad. Se deja de lado todo lo que en el derecho internacional ha sido comúnmente reconocido y sancionado como límite a la violencia. Sabemos que el terrorismo es a menudo motivado religiosamente y que, precisamente el carácter religioso de los ataques sirve como justificación para una crueldad despiadada, que cree poder relegar las normas del derecho en razón del «bien» pretendido. Aquí, la religión no está al servicio de la paz, sino de la justificación de la violencia.
A partir de la Ilustración, la crítica de la religión ha sostenido reiteradamente que la religión era causa de violencia, y con eso ha fomentado la hostilidad contra las religiones. En este punto, que la religión motive de hecho la violencia es algo que, como personas religiosas, nos debe preocupar profundamente. De una forma más sutil, pero siempre cruel, vemos la religión como causa de violencia también allí donde se practica la violencia por parte de defensores de una religión contra los otros. Los representantes de las religiones reunidos en Asís en 1986 quisieron decir – y nosotros lo repetimos con vigor y gran firmeza – que esta no es la verdadera naturaleza de la religión. Es más bien su deformación y contribuye a su destrucción. Contra eso, se objeta: Pero, ¿cómo sabéis cuál es la verdadera naturaleza de la religión? Vuestra pretensión, ¿no se deriva quizás de que la fuerza de la religión se ha apagado entre vosotros? Y otros dirán: ¿Acaso existe realmente una naturaleza común de la religión, que se manifiesta en todas las religiones y que, por tanto, es válida para todas? Debemos afrontar estas preguntas si queremos contrastar de manera realista y creíble el recurso a la violencia por motivos religiosos. Aquí se coloca una tarea fundamental del diálogo interreligioso, una tarea que se ha de subrayar de nuevo en este encuentro. A este punto, quisiera decir como cristiano: Sí, también en nombre de la fe cristiana se ha recurrido a la violencia en la historia. Lo reconocemos llenos de vergüenza. Pero es absolutamente claro que éste ha sido un uso abusivo de la fe cristiana, en claro contraste con su verdadera naturaleza. El Dios en que nosotros los cristianos creemos es el Creador y Padre de todos los hombres, por el cual todos son entre sí hermanos y hermanas y forman una única familia. La Cruz de Cristo es para nosotros el signo del Dios que, en el puesto de la violencia, pone el sufrir con el otro y el amar con el otro. Su nombre es «Dios del amor y de la paz» (2 Co 13,11). Es tarea de todos los que tienen alguna responsabilidad de la fe cristiana el purificar constantemente la religión de los cristianos partiendo de su centro interior, para que – no obstante la debilidad del hombre – sea realmente instrumento de la paz de Dios en el mundo.
Si bien una tipología fundamental de la violencia se funda hoy religiosamente, poniendo con ello a las religiones frente a la cuestión sobre su naturaleza, y obligándonos todos a una purificación, una segunda tipología de violencia de aspecto multiforme tiene una motivación exactamente opuesta: es la consecuencia de la ausencia de Dios, de su negación, que va a la par con la pérdida de humanidad. Los enemigos de la religión – como hemos dicho – ven en ella una fuente primaria de violencia en la historia de la humanidad, y pretenden por tanto la desaparición de la religión. Pero el «no» a Dios ha producido una crueldad y una violencia sin medida, que ha sido posible sólo porque el hombre ya no reconocía norma alguna ni juez alguno por encima de sí, sino que tomaba como norma solamente a sí mismo. Los horrores de los campos de concentración muestran con toda claridad las consecuencias de la ausencia de Dios.
Pero no quisiera detenerme aquí sobre el ateísmo impuesto por el Estado; quisiera hablar más bien de la «decadencia» del hombre, como consecuencia de la cual se produce de manera silenciosa, y por tanto más peligrosa, un cambio del clima espiritual. La adoración de Mamón, del tener y del poder, se revela una anti-religión, en la cual ya no cuenta el hombre, sino únicamente el beneficio personal. El deseo de felicidad degenera, por ejemplo, en un afán desenfrenado e inhumano, como se manifiesta en el sometimiento a la droga en sus diversas formas. Hay algunos poderosos que hacen con ella sus negocios, y después muchos otros seducidos y arruinados por ella, tanto en el cuerpo como en el ánimo. La violencia se convierte en algo normal y amenaza con destruir nuestra juventud en algunas partes del mundo. Puesto que la violencia llega a hacerse normal, se destruye la paz y, en esta falta de paz, el hombre se destruye a sí mismo
La ausencia de Dios lleva al decaimiento del hombre y del humanismo. Pero, ¿dónde está Dios? ¿Lo conocemos y lo podemos mostrar de nuevo a la humanidad para fundar una verdadera paz? Resumamos ante todo brevemente las reflexiones que hemos hecho hasta ahora. He dicho que hay una concepción y un uso de la religión por la que esta se convierte en fuente de violencia, mientras que la orientación del hombre hacia Dios, vivido rectamente, es una fuerza de paz. En este contexto me he referido a la necesidad del diálogo, y he hablado de la purificación, siempre necesaria, de la religión vivida. Por otro lado, he afirmado que la negación de Dios corrompe al hombre, le priva de medidas y le lleva a la violencia.
Junto a estas dos formas de religión y anti-religión, existe también en el mundo en expansión del agnosticismo otra orientación de fondo: personas a las que no les ha sido dado el don de poder creer y que, sin embargo, buscan la verdad, están en la búsqueda de Dios. Personas como éstas no afirman simplemente: «No existe ningún Dios». Sufren a causa de su ausencia y, buscando lo auténtico y lo bueno, están interiormente en camino hacia Él. Son «peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz». Plantean preguntas tanto a una como a la otra parte. Despojan a los ateos combativos de su falsa certeza, con la cual pretenden saber que no hay un Dios, y los invitan a que, en vez de polémicos, se conviertan en personas en búsqueda, que no pierden la esperanza de que la verdad exista y que nosotros podemos y debemos vivir en función de ella. Pero también llaman en causa a los seguidores de las religiones, para que no consideren a Dios como una propiedad que les pertenece a ellos hasta el punto de sentirse autorizados a la violencia respecto a los demás. Estas personas buscan la verdad, buscan al verdadero Dios, cuya imagen en las religiones, por el modo en que muchas veces se practican, queda frecuentemente oculta. Que ellos no logren encontrar a Dios, depende también de los creyentes, con su imagen reducida o deformada de Dios. Así, su lucha interior y su interrogarse es también una llamada a los creyentes a purificar su propia fe, para que Dios – el verdadero Dios – se haga accesible. Por eso he invitado de propósito a representantes de este tercer grupo a nuestro encuentro en Asís, que no sólo reúne representantes de instituciones religiosas. Se trata más bien del estar juntos en camino hacia la verdad, del compromiso decidido por la dignidad del hombre y de hacerse cargo en común de la causa de la paz, contra toda especie de violencia destructora del derecho. Para concluir, quisiera aseguraros que la Iglesia católica no cejará en la lucha contra la violencia, en su compromiso por la paz en el mundo. Estamos animados por el deseo común de ser «peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz».
www.vatica.va
7 de octubre de 2011
San Francisco de Asís y su devoción eucarística
De Tomás de Celano, fraile italiano franciscano 1200-1267, hagiógrafo de San Francisco:“Ardía en fervor -que le penetraba hasta la médula- para con el sacramento del Cuerpo del Señor. Juzgaba notable desprecio no oír cada día, a lo menos, una misa, pudiendo oírla.
Comulgaba con frecuencia y con devoción tal, como para infundirla también en los demás.
Como tenía en gran reverencia lo que es digno de toda reverencia, ofrecía el sacrificio de todos los hermanos, y al recibir al Cordero inmolado inmolaba también el alma en el fuego que le ardía de continuo en el altar del corazón.
Quiso enviar por el mundo hermanos que llevasen copones preciosos, con el fin de que allí donde vieran que estaba colocado con indecencia lo que es el precio de la redención, lo reservaran en el lugar más escogido.
Quería que se tuvieran en mucha veneración las manos del sacerdote, a las cuales se ha concedido el poder tan divino de realizarlo.
Decía con frecuencia: «Si me sucediere encontrarme al mismo tiempo con algún santo que viene del cielo y con un sacerdote pobrecillo, me adelantaría a presentar mis respetos al presbítero y correría a besarle las manos, y diría: "¡Oye, San Lorenzo, espera!, porque las manos de éste tocan al Verbo de vida y poseen algo que está por encima de lo humano" (2Cel 201)
9 de septiembre de 2011
HORA SANTA SEPTIEMBRE

Lectura del Santo Evangelio según san Lucas (Lc. 24,13-35)
Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: « ¿Qué comentaban por el camino?». Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!». «¿Qué cosa?», les preguntó. Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les había aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron».
Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No será necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y continuando en todas las Escrituras lo que se refería a él.
Cuando llegaron cerca del pueblo adónde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba». El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista. Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?». En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!». Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Leemos en silencio...
El sol ya se escondía en el horizonte, después de un día de mucho caminar desde Jerusalén. Ya estábamos llegando cerca de Emaús, el pueblo adonde íbamos. Aquel hombre que se había unido a nuestro caminar unos kilómetros atrás hizo ademán de seguir adelante. Pero Cleofás y yo le ofrecimos que se quedara en el pueblo a pasar la noche. Él no pareció muy convencido. Entonces fue cuando me di cuenta de que no podíamos dejarlo ir. Lo miré a Cleofás y supe que a él le pasaba lo mismo, pero el forastero ya se alejaba por el camino. Entonces, casi como si se escapara de mi boca, le grité: “Quedate con nosotros” y para que no se notara mi desesperación, agregué titubeando: “porque ya es tarde y el día se acaba”. Con el corazón detenido, esperaba su respuesta. Él se dio vuelta y nos miró. Y qué alivio sentí cuando comenzó a acercarse; la sonrisa se me escapaba de los labios.
El Hombre entró y se quedó con nosotros en la pequeña y oscura casa que conseguimos para pasar la noche. No habíamos comido mucho durante el día para poder caminar mejor y ya teníamos hambre. Por eso decidimos compartir un pedazo de pan que Cleofás traía en su alforja. Estando los tres sentados a la mesa, tomó el pan que íbamos a comer y pronunció la bendición; luego lo partió y nos lo dio. Entonces, como un resplandor, vi todo claro: ¡el Maestro! Claro, si nuestro corazón ardía en el camino de la misma manera que durante los viajes que hacíamos por Galilea. Era Él, ¡era Jesús! Y lo reconocimos justamente cuando se hizo Eucaristía.
Recibimos a Jesús Eucaristía cantando
Continuamos leyendo en silencio...
El mismo Jesús que un día nos había llamado, Aquel por el que habíamos decidido dejar todos nuestros sueños y proyectos personales, Aquel ante el cual nos habíamos admirado por los milagros que hacía y por la profundidad de sus enseñanzas, ese mismo Jesús, estaba ahí, con nosotros; nos había venido a buscar, saliendo a nuestro encuentro justamente cuando nos alejábamos de su Iglesia, decepcionados por la cruz. Ese mismo Jesús está hoy ahí para cada uno de ustedes, chicos. No hay diferencias. Cuando nosotros le pedimos que se quedara con nosotros, no sabíamos que se lo iba a tomar tan en serio como para quedarse para siempre y todos los días. Pero, por ese misterio que es la Eucaristía, ustedes tienen al mismo Jesús que cautivó mi corazón y el de los apóstoles.
Por eso hoy los invito a que no se les pase de largo esta oportunidad única que tienen de estar como grupo con el Señor; los invito a que frenen un ratito y se detengan a mirar su Corazón. Jesús está haciendo maravillas, ¿se dan cuenta? Sus corazones están ardiendo porque están con el Señor de la Vida, con el que creó esos corazones. Sus corazones arden; sea que se den cuenta, como el Apóstol san Juan, o sea que no se den cuenta, como Cleofás y yo. Sus corazones arden.
Y, ¿por qué arden? Arden ante tanto amor derramado por nuestro Dios que es Ternura; arden al ver el cuidado de nuestro Buen Pastor que está realmente vivo en la Eucaristía. Si nos cuesta ver que arden, los invito a que intenten abrir sus ojos ante tanto amor de Dios. A que vayan recorriendo sus vidas, sus historias, y vayan anotando en esos papelitos lo que les surja del corazón. Se van a ir dando cuenta de que sus corazones también arden. Porque Jesús está enamorado de nosotros. No logramos darnos cuenta de cuánto nos ama Dios, no nos alcanza la cabeza.
Silencio y tiempo para escribir
Ahora vamos a ir poniendo a los pies del Señor, en el turíbulo con incienso y carbones encendidos, nuestros papelitos, que son nuestra alabanza al Señor al descubrir que Él está vivo en cada una de nuestras vidas, que Él cuida de nosotros y que por eso, por su Presencia, nuestros corazones arden. Demos gracias al Señor porque es mucho lo que nos regaló y nos regala.
Cantamos juntos…
Y hay otra cosa que también les quiero compartir. Esa noche, cuando el Señor ya nos había abierto los ojos y lo habíamos reconocido al partir el Pan, realmente creí en su Resurrección. La verdad es que antes no podía creerlo. Ese viernes había pasado todo tan rápido. El arresto del Maestro, la flagelación que vi con mis propios ojos, el camino al Gólgota con la cruz. Ya ahí decidí alejarme. El final era evidente: la muerte. En ese momento pensé que era mejor que fuera sólo la de Él y no también la nuestra. Y después ese sábado y domingo interminables, tan vacíos. A pesar de lo que las mujeres que estaban con nosotros habían dicho, yo no podía creerlo. Yo lo había visto morir.
Por eso me fui de Jerusalén y Cleofás se sumó a mi peregrinar. Por supuesto que íbamos hablando de lo que había pasado, y lo hacíamos con una tristeza tan profunda, con la decepción que inundaba nuestros corazones que vivían un enorme sinsentido. Pero el consuelo llegó cuando Jesús se acercó y siguió caminando con nosotros. Realmente nos calentó el corazón que ya teníamos desentendidamente frío. Y se quedó con nosotros ese día. Qué alegría y qué pleno se sentían nuestros corazones. Nos mirábamos con Cleofás y no podíamos creerlo: ¡El Maestro está Vivo! ¡Hay que decírselo a Pedro y a los demás! Pero ya era de noche. Nos había llevado todo el día caminar hasta aquí desde Jerusalén, y ahora teníamos que volver si queríamos compartir esta maravillosa alegría.
Y, ¿por qué les cuento esto? Porque quizás a ustedes les pase un poco lo mismo: ya tuvieron y tienen experiencia del encuentro con el Señor resucitado. Ahora llega la parte de salir a contárselo a otros; algunos por primera vez, otros necesitando renovar el fervor. Lo cierto es que es ahí justamente donde empiezan los “peros”: “pero ya es de noche y es peligroso volver a Jerusalén”; “pero si yo ya tengo esta alegría y estoy feliz así”; “pero”, “pero”… y más “peros” que ustedes podrán ponerles nombre.
Hoy yo les quiero proponer que cambien el “pero” por el “porque”. Salir a anunciar que Jesús a los demás porque sin Él la vida es un desperdicio.
Salir a decirle a todos que Jesús está vivo porque es evidente que los apóstoles no inventaron su resurrección; si la hubieran inventado, no hubieran dado su vida por eso y nadie muere por un invento; no puede no ser verdad todo esto, porque uno puede inventar algo para tener fama, poder, pero nadie da la vida por una fábula.
Salir porque Jesús nos dijo: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. ¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos” (Lc. 10,2). Porque Jesús “subió a un monte y llamó a los que quiso, vinieron a Él y designó a doce para que le acompañaran y para enviarlos a predicar” (Mc. 3,13). Porque “hemos recibido la sublime misión de esparcir por todas partes la fragancia de Cristo” (cfr. 2Cor. 2,14).
Y sobre todo salgamos porque en nuestro corazón resuena como un eco la voz del Maestro: “Yo sé bien a quienes he elegido”(Jn. 13,18).
Porque no es humildad creer que no somos dignos, sino reconocer que Cristo nos ha elegido. Nos ha elegido para que seamos santos, no porque seamos mejores que los demás, sino que nos ha elegido por su Misericordia, su Amor y su compasión por la humanidad. Y es por esa Misericordia y Amor que el Señor quiere que lo hagamos presente.
Cantamos juntos…
Rezamos juntos...
Jesús, que dijiste: “Pidan y recibirán, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá”; que enseñaste que si dos o más se reúnen en la tierra para pedir algo, el Padre del Cielo lo concederá; que dijiste que todo lo que se pida con fe en la oración será concedido; que todo el que pida el Espíritu Santo a Dios Padre le será dado porque es un Padre bueno; Vos, que enseñaste que el Padre Dios sabe cuáles son nuestras necesidades; que dijiste que hemos de orar en toda ocasión sin desanimarnos; que enseñaste a tus discípulos a orar dándoles la oración del Padre nuestro; Vos que rezaste durante tu vida terrena intimando con Dios, que oraste ante los grandes misterios de tu misión redentora, que te entregaste a la voluntad del Padre en la pasión y en la muerte y que en tu oración intercediste por tus discípulos para que fuesen fieles. Jesús, Vos que sos el Sumo y Eterno Sacerdote, escuchá esta oración que hoy te hacemos ante tu Presencia Real en la Eucaristía. Porque queremos vivir como los apóstoles después de Pentecostés en el “no podemos callar lo que vemos y oímos” (cfr.Hch.4, 20). Pero necesitamos tu unción y tu bendición.
Pongamos nuestra vida y el futuro de este grupo en manos de la Virgen. Ella que supo cuidar de Jesús y de la Iglesia en sus comienzos, sabrá cuidar de nosotros. Por eso le cantamos con fe…
23 de marzo de 2011
III Domingo de Cuaresma

Monición de entrada:
Todos los seres humanos vivimos, a diario, la experiencia de la sed. Quien lleva horas sin beber, caminando en pleno verano o postrado en cama, parece que va a morir de sed.
La imagen del «sediento» le sirve a Jesús para dialogar con la samaritana (Jn 4). El mismo Jesús le pide: «Dame de beber». Tiene sed física. Había caminado y era alrededor del mediodía. Pero esa petición es mucho más honda. Tiene sed de conversión de esa mujer. «Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él», decía san Agustín. Ésta es la verdadera sed de Jesús: la salvación de todos los hombres. En la cruz lo gritará con mucha fuerza: «Tengo sed» (Jn 19,28).
En este tiempo de Cuaresma, camino de la Pascua, somos invitados a acudir a la Fuente de Agua Viva: Jesucristo, presente en la Eucaristía. Hoy, desde su presencia eucarística, el Señor te dice: «Tengo sed de ti». Deja resonar esa palabra, su Palabra para ti.
Canto de entrada:
Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío.
Proclamación de la Palabra:
«Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: “Dame de beber”. La samaritana le dice: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí, que soy samaritana?” (Porque los judíos no se hablan con los samaritanos). Jesús le contestó: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y Él te daría agua viva”. La mujer le dice: “Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva? ¿Eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?” Jesús contestó: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”. La mujer le dice: “Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí para sacarla”» (Jn 4, 7-15).
Puntos de oración ante Jesús Eucaristía:
• Jesús tiene sed y suscita la sed de aquella mujer samaritana: «Si conocieras el don de Dios». Es como si le dijera: «Si tuvieras experiencia del amor infinito que tengo por ti, si te abrieras a la gracia de mi Espíritu, si bebieras en la Fuente de Agua Viva, si te dejaras transformar por mi misericordia… serías una mujer nueva, saciarías esa sed que tienes de amor. Has buscado amores raquíticos, han abusado de ti, te han dejado a mitad de camino, te han engañado… y estás destrozada. Estás llena de “heridas” afectivas; estás desengañada de vanos proyectos amorosos. Si conocieras a quien es el Manantial eterno: “le pedirías tú, y Él te daría Agua Viva”» (cf. Jn 4,10).
• Jesús se descubre como «el surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». Ante esas palabras llenas de verdad, que le «tocan» el corazón, que le llena de luz en su interior, ella responde: «Señor, dame de esa agua: así no tendré más sed» (Jn 4,15).
• Esta es nuestra realidad. Estamos sedientos de amor, de luz, de ternura, de paz, de consuelo, de justicia, de libertad y… sin saberlo, «sedientos de Dios». «Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; tiene sed de Dios, del Dios vivo» (Sal 42,2).
Silencio meditativo.
• La Eucaristía es la Fuente del Agua Viva. En ella Jesucristo, Agua Viva, se nos da y nos da su Espíritu de Amor. Así lo proclamó en el templo de Jerusalén:
«El último día, el más solemne, Jesús en pie gritaba: El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí que beba. Como dice la Escritura: de sus entrañas manarán torrentes de Agua Viva. Decía esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en Él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado» (Jn 7,37-39).
• Del corazón traspasado de Cristo en la cruz, por la lanzada del soldado, brotará «sangre y agua», brotará un torrente de Agua Viva, el único Agua que puede saciar la sed de amor y santidad que lleva dentro todo bautizado.
• En esa Fuente del costado abierto de Cristo nos ha invitado la Iglesia a beber el Agua viva, el único Agua que calma la sed, que nos adentra en el misterio de amor del Hijo de Dios entregado para siempre como Cordero que quita el pecado del mundo.
• Jesús, presente en el Sagrario, nos llama cada día a prolongar el diálogo íntimo con Él después de cada Eucaristía, en adoración, en alabanza continua. Ahí, actualizamos esa presencia amorosa y señalamos al resto: «Está ahí; venid a adorarlo. ¡Está tan solo! ¡Está tan insuficientemente correspondido! ¡Él es tu faro de luz, el único que puede iluminarte y transformarte! Ven y adórale».
Silencio meditativo.
Oración final:
Oh Buen Pastor, que nos llamas a permanecer largo tiempo junto a ti, en tu presencia eucarística, acompañándote en el Sagrario, en adoración, acrecienta en cada uno el amor a la Eucaristía, la vivencia honda y gozosa de cada celebración de la Santa Misa y la renovación ardiente de la adoración eucarística en las parroquias, para que sean muchos los cristianos que se dejen transformar por ti al contemplarte, y sean sal de la tierra y luz del mundo, con su testimonio, en cualquier ambiente social.
18 de octubre de 2010
Amar a Jesús con el corazón de María

Estamos invitados a dejarnos guiar por María en esta oración antigua y siempre nueva, muy apreciada por ella porque nos conduce directamente a Jesús. (Benedicto XVI, Ángelus 11/10/2010)
Meditaciones del Rosario de la Madre Teresa de Calcuta
PRIMER MISTERIO GOZOSO
LA ANUNCIACION DE LA BUENA NUEVA DE LA SALVACION
“La voluntad de Dios es que sean santos" (1 Ts. 4, 3)
LA ALEGRIA DE DECIRLE SI A DIOS
"Hágase en mí según tu Palabra" (Lc. 1, 38).
En este misterio nos unimos a la obediencia de María a la Palabra de Dios, y a su disponibilidad interior de abandono en aceptar que se hiciera en ella la voluntad de Dios.
"Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican " (Lc 11, 28).
Pidámosle a Dios que podamos tener en nuestra vida personal la misma disponibilidad con que María aceptó Su voluntad, que le permitió a ella cooperar con la gracia en cada momento de su vida, aunque no siempre entendió lo que Dios estaba haciendo en ella, ni cómo, ni porqué.
Cada “Avemaría” de este misterio expresa y aumenta nuestro deseo de decirle ‘si’ a Dios en todo lo que El quiere que hagamos y seamos. "Dichosos los que guardan sus mandamientos y buscan a Dios de todo corazón". (Sal 119, 2)
Lo que Dios quiere es que seamos santos y felices, porque la santidad y la felicidad van juntas. Todo lo que El quiere para nosotros en esta vida tiene por objeto nuestra felicidad eterna y nuestra amistad con El ahora y en la eternidad.
Cada 'Avemaría' que rezamos en este misterio es nuestro ‘fiat’ con el cual, como María, le decimos SI a Dios: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc. 1, 38).
La santidad es sencillamente el deseo de complacer a Jesús.
El ‘si’ de María nos dio la Sagrada Eucaristía porque el cuerpo de Jesús se formó del Inmaculado Corazón de Su madre, de cuya carne tomó Jesús la carne que nos da en el Santísimo Sacramento.
"La Virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emanuel, que traducido significa: “Dios con nosotros” (Mt 1,23) Hoy nos alegramos como en el día de la Anunciación, porque Jesús escogió el nombre de ‘Emmanuel' por su infinito deseo de permanecer siempre con nosotros en el Santísimo Sacramento como prueba absoluta de Su amor eterno y constante benevolencia hacia cada uno de nosotros.
SEGUNDO MISTERIO GOZOSO
LA VISITACION DE JESUS Y MARIA
“Gracias a la misericordiosa ternura de nuestro Dios, que nos traerá del cielo la visita del Sol naciente” (Lc 1, 78).
LA ALEGR1A DE CONFIAR EN DIOS
“Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado por parte del Señor” (Lc.1, 45).
En la visitación Isabel llamó a María “feliz” por su perfecta confianza en Dios. "Feliz de ti por haber creído" (Lc. 1, 45). La perfecta confianza no se basa en confiar en nosotros mismos, sino en las Infinitas Perfecciones de Dios: Su infinita misericordia, Su infinita justicia, Su infinita bondad, Su compasión infinita, Su poder infinito Su amor infinito. "Demos gracias a Dios, porque es bueno, porque es eterno Su amor'' (Salmo118, 1).
María fue a visitar a Isabel cuando ésta la necesitaba, y así ahora Ella se acerca a nosotros con su Divino Hijo, en el Santísimo Sacramento. En todas nuestras necesidades, grandes o pequeñas, El nos dice: "Coma la arcilla en la mano del alfarero, así están ustedes en mi mano” (Jr 18, 6). "Reconozcan que yo soy Dios" (Sal 46, 11).
Jesús te ama infinitamente más de lo que puedes pensar, imaginarte o desear; y puede hacer por ti infinitamente más de lo que te atreverías a pedir. "Dios colmará con magnificencia todas las necesidades de ustedes, conforme a su riqueza, en Cristo Jesús” (Flp. 4, 19).
La alegría del Misterio de la Visitación es saber que "gracias a la misericordiosa ternura de nuestro Dios" (Lc 1, 78) Él sigue visitándonos en la Sagrada Eucaristía y quiere que vengamos a Él con confianza. “Nos atrevemos a acercarnos a Dios con toda confianza, mediante la fe en él” (Ef. 3, 12).
Dios quiere que tengamos confianza total en Su misericordia que no se acaba nunca.
Jesús nos visita hoy en el Santísimo Sacramento para darnos confianza total en la sabiduría de Su voluntad.
Mientras más confiamos en Jesús, más lo complacemos.
Así como Juan Bautista reconoció a Jesús oculto en el seno de María, que fue el primer Sagrario del Señor, así nosotros lo reconocemos oculto en el Santísimo Sacramento que es “El misterio de nuestra fe”. Isabel fue llena del Espíritu Santo y Juan Bautista saltó de gozo en Su santa presencia, porque Él derrama Su Espíritu sobren nosotros en este sacramento de amor infinito.
El Señor es tan humilde que se deleita con nuestra presencia. Nos ama tanto que recibe nuestra visita como si fuera un honor que le hacemos. ¡Qué humilde es Dios! ¡Qué fácil es amar a Jesús! “Mi dicha es estar cerca de Dios: yo he puesto mi refugio en ti, Señor” (Salmo 73, 28)
La Eucaristía es "el trono de gracia" donde Jesús nos pide que pongamos todas nuestras preocupaciones y ansiedades. Su Corazón Eucarístico está lleno de ardiente amor por nosotros. Podemos ser felices como María, si tenemos confianza perfecta en El, quien nos dice: “Todo es posible para el que cree.” (Mc 9, 23)
TERCER MISTERIO GOZOSO
EL NACIMIENTO DE JESUS EN BELEN
“Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14).
LA ALEGRÍA DE ADORAR A JESUS
"Mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador" (Lc. 1, 47).
La Sagrada Eucaristía es la prolongación de la Encarnación de Cristo en la tierra, y gracias a este misterio podemos sentir la alegría de la navidad todos los días.
Cuando venimos al Santísimo Sacramento, venimos a Belén, cuyo nombre significa "casa de pan".
Jesús quiso nacer en Belén porque quería quedarse para siempre con nosotros como el "Pan Vivo" (Jn 6, 51) bajado del cielo.
Es un gran privilegio el ser llamados para adorar a Jesús aquí donde se prolonga Su Encarnación, como lo adoraron María, José, los pastores y los magos en Belén.
Jesús nos ama con todo Su Corazón y en la Eucaristía expresa este amor infinito, totalmente desinteresado y perfecto por el hombre.
De nuevo la Palabra se hace carne y habita entre nosotros, velada bajo las especies de la Sagrada Hostia, en la que el mismo Jesús, que nació hace dos mil años como un tierno niño en Belén, se hace presente a nosotros, real y verdaderamente, con Su cuerpo, sangre, alma y divinidad en el Santísimo Sacramento.
Pidámosle a Dios que nos de pobreza de espíritu como la de María, a quien no le importo la pobreza material ni las humillantes circunstancias del nacimiento de su divino Hijo. Tampoco le importó el rechazo del mundo porque ello encontró toda su riqueza en el Amor Divino y todos sus tesoros en la presencia real de Jesús. "Señor, tú eres mi bien, no hay nada superior a ti… El Señor es la parte de mi herencia… Tengo siempre presente al Señor: él está a mi lado… Por eso mi corazón se alegra…” (Sal 16).
¡Esto es vivir las bienaventuranzas, esto es la alegría de la adoración a Cristo!
La historia de amor más grande que ha existido está en la Hostia Santa. En ella contemplamos la gloria del Señor en lo más profundo de Su humildad.
Aquí Dios, que creó el mundo entero, y a quien el mundo no puede contener, se contiene a Sí mismo en el Santísimo Sacramento por amor a nosotros.
En el Santísimo Sacramento Jesús se hace pobre “despojándose de Sí mismo " (Flp 2, 7), de Su gloria y majestad para hacernos ricos con la abundancia de Su gracia, "transformándonos en esa misma imagen, cada vez más gloriosos " (2 Co 3, 18)
La Eucaristía es el amor divino hecho visible en la Sagrada Hostia.
Por eso los ángeles cantan hoy aquí lo mismo que en Belén: "Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres amados por Él” (Lc. 2, 14)
Venid adorémosle, porque aquí Jesús continúa viniendo a nosotros "lleno de gracia y de verdad" (Jn. 1, 14).
Él es la Palabra que se hace carne en la Sagrada Eucaristía y pone Su morada entre nosotros. "Él es nuestra Paz”. (Ef 1,14).
CUARTO MISTERIO GOZOSO
LA PRESENTACIÓN DE JESUS EN EL TEMPLO
“Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestará claramente los pensamientos de muchos” (Lc 2, 34-35)
LA ALEGRÍA DE CONSAGRARSE A DIOS
“No estén tristes, porque la alegría en el Señor es la fortaleza de ustedes” (Ne 8, 10)
Pidámosle a María que nos presente y nos consagre al Sagrado Corazón de Jesús, como ella presentó y consagró a Jesús en el templo, y renovemos hoy nuestra consagración total a María.
Dios nos da todo lo que necesitamos para santificarnos; no sólo nos da el deseo de amarlo, sino el mismo amor con que debemos amarlo. “Dios es el que produce en ustedes el querer y el hacer” (Filipenses 2,13) El amor eucarístico de Jesús nos da “consuelo y nos afianza” (2Ts 2,17) a tener en nuestra vida diaria la misma actitud de Él que es hacer la voluntad de Su Padre, complacer a Su Padre y buscar Su Gloria.
Jesús “es el mediador de una nueva Alianza” (Hb. 12, 24). La Eucaristía es la nueva Alianza. María llevó a Jesús al templo, porque Él mismo se iba a convertir en el Nuevo Templo que hace santa y sagrada la Casa de Dios por Su presencia eucarística sobre la tierra. El deseo de Su corazón es que éste sea el lugar donde será honrado día y noche. “¿Es posible que Dios habite realmente en la tierra?” (1R 8,27). “Que tus ojos estén siempre abiertos día y noche sobre esta Casa, sobre este lugar del que dijiste: en él estará Mi nombre” (1R8, 29)
Nosotros compartimos hoy la misma alegría de Simeón, cuando en el Santísimo Sacramento contemplamos lo que Él proclamó en la Presentación: “mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.” (Lc 2, 30-32).
María nos ayuda a tener “fijos los ojos en Jesús” (Hb 12,2) para que la alegría que encontramos en Él sea nuestra fuerza, y Su amor eucarístico consuma todas nuestras miserias y repare todas nuestras deficiencias. Jesús le dijo a Santa Margarita María: “Si crees en Mi amor, si verdaderamente crees en Mi amor, entonces verás milagros de Mi amor”.
Jesús vive con nosotros porque somos los muy amados de Su corazón. Él nos demuestra Su amor y quiere que le demostremos el nuestro.
Cuando nos consagramos totalmente a María, ella toma nuestros pensamientos, palabras y obras, y los hace agradables a Jesús purificándolos con su amor y se los presenta a Su Corazón Eucarístico, para que Él vea y ame en nosotros lo que ve y ama en Su Madre.
¡Esta es la alegría de la consagración!
QUINTO MISTERIO GOZOSO
EL HALLAZGO DE JESUS EN EL TEMPLO
“El hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,10)
LA ALEGRÍA DE LA REDENCIÓN
“Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alégrense.” (Flp 4,4)
María encontró a Jesús después de haberlo buscado por tres días. ¡Qué dolor tan terrible sintió al perderlo y qué indecible alegría experimentó al encontrarlo!
María encontró a su hijo durante la fiesta de la Pascua. Este hecho es muy significativo porque Jesús escogió esta misma fiesta, la noche del Jueves Santo, para darnos el don de sí mismo en la Eucaristía. Hoy está aquí en el Santísimo Sacramento donde todos podemos encontrarlo. “Cuando me busquen, me encontrarán, porque me buscarán de todo corazón.” (Jr 29,13)
María vive ahora ayudando a toda la humanidad a encontrar a Jesús en el Santísimo Sacramento donde siempre nos alegramos en el Señor “pues el Hijo del hombre vino a buscar y salvar lo que estaba perdido”(Lc 19,10) Él no viene para los que se creen justos, ni para los santos, sino para los pecadores y los enfermos.
Podemos ponernos en Sus santas manos con todos nuestros problemas, porque el Santísimo Sacramento es el Sagrado Corazón de Jesús vivo entre nosotros “cuidándonos como a la niña de sus ojos (Dt 32,10) y atrayéndonos a Él.
María nos enseña a alegrarnos siempre en el Señor, porque Su amor personal por cada uno de nosotros es infinito e inmutable. María nos enseña también a dejar de pensar en nosotros mismos y disfrutar de la alegría constante que proviene de Su misericordia que nos infunde valor, de la compasión de Su corazón, de la sabiduría de Su voluntad, y de la plenitud de Su amor que con el poder de Su gracia redentora restaura todo lo que estaba perdido. “No temas, que yo te he rescatado” (Is 43,1)
En el misterio de la Eucaristía, Dios revela el sentido de la vida: quienes somos, porque estamos aquí y adónde iremos. “El agua, unida al vino, sea un signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana”
En la Eucaristía Jesús nos santifica y nos hace uno con Él. La Sagrada Eucaristía es “la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, en una palabra, ustedes podrán conocer el amor de Cristo, que supera todo conocimiento, para ser colmados por la plenitud de Dios.”(Ef 3 ,18-19)
Como la gota de agua que puesta en el cáliz de vino en la consagración se convierte en la Sangre Preciosa de Jesús, así nosotros somos renovados y transformados por el poder de Su amor redentor que “lo puede todo…renueva el universo” (Sb 7,27) “En Él hemos sido redimidos por Su sangre y hemos recibido el perdón de los pecados” (Ef 1,7)
(Extraído del libro que entregada la Madre Teresa de Calcuta a cada una de las hermanas misioneras de la caridad: “Amando a Jesús con el corazón de María. Meditaciones Eucarísticas de los Quince Misterios del Rosario.” Martin Lucia s.s.c.c.)
12 de agosto de 2010
Hora Santa de Agosto
La multiplicación de los panes (Jn 6, 1-14)
Después de esto, Jesús atravesó el mar de Galilea, llamado Tiberíades. Lo seguía una gran multitud, al ver los signos que hacía curando a los enfermos. Jesús subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a él y dijo a Felipe: «¿Dónde compraremos pan para darles de comer?». Él decía esto para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer. Felipe le respondió: «Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan». Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: «Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?». Jesús le respondió: «Háganlos sentar». Había mucho pasto en ese lugar. Todos se sentaron y eran unos cinco mil hombres. Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron. Cuando todos quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: «Recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada». Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes de cebada. Al ver el signo que Jesús acababa de hacer, la gente decía: «Este es, verdaderamente, el Profeta que debe venir al mundo».
“Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a él.”
En varios pasajes de la Biblia, observamos como la gente se acercaba al Maestro en grandes multitudes. ¿Que poder de atracción tenía aquel simple hombre que había salido de Nazareth, para que pueblos enteros dejaran las comodidades de sus hogares, sus trabajos y ocupaciones cotidianas cuando se enteraban que Jesús pasaba por allí?
El Evangelio nos relata que lo seguían, porque veían los signos que hacía curando a los enfermos. “los ciegos ven, los paralíticos caminan, los leprosos son purificados y los sordos oyen, los muertos son resucitados, la Buena Noticia es anunciada a los pobres.” (Lc 7, 22).
Al igual que la gente de aquella época hoy somos nosotros los que somos llamados a dejar nuestras tareas cotidianas para pasar un rato junto a Jesús. También nosotros intuimos que presente en la Sagrada Forma, está Aquel que le da un verdadero sentido a los deseos más profundos de nuestro corazón. “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.” (Jn 6, 68).
Allí en la Eucaristía esta el mismo Jesús que 2000 años atrás veía a las multitudes que se acercaban a Él. Hoy los que se acercan a Él somos nosotros, porque también tenemos enfermedades que necesitan ser curadas, también tenemos pecados que necesitan ser perdonados.
“¿Dónde compraremos pan para darles de comer?”
Luego de que Jesús ve a la multitud que acude a él, se pone a pensar en algo que al parecer ni siquiera había pensado aquella gente cuando se decidió a seguirlo; algo tendrán que comer.
Por eso le pregunta a Felipe, “¿Dónde compraremos pan para darles de comer?”, que es los mismo que preguntar ¿Qué hacemos?, ¿Cómo solucionamos esto?
Muchas veces nos enfrentamos a situaciones en las cuales nos preguntamos como las podemos resolver, algunas (por lo general la de todos los días) las podemos resolver de manera sencilla casi automática, pero hay otras que escapan a nuestras simples fuerzas. Sin embargo en nuestro corazón, Cristo nos pregunta justamente como podemos solucionarlas; como a Felipe nos pide que participemos, no que seamos espectadores de lo que pasa a nuestro alrededor.
Felipe le contestó que ni siquiera 200 denarios bastarían para comprar alimentos para todos. Aquí se juntan dos cosas, primero la pregunta que Jesús le hace ante un problema concreto, segundo Felipe pone el foco en si mismo, por lo que termina concluyendo que esa obra era imposible de realizar, ya que ésta lo sobrepasaba en todas las dimensiones.
Nosotros nos vamos a enfocar en un paso que Felipe no hizo, el reconocimiento de lo que tenemos, aquello con lo cual contamos sin importar si eso es insuficiente o no. Tenemos que aprender a ver los dones, gracias, regalos que nos han sido dados, no ver que es lo que nos falta. Todos y cada uno de nosotros tenemos cosas buenas para ofrecer a los demás, dones con los cuales Dios nos ha bendecido, y por los cuales le tenemos que dar gracias.
Podes escribir, o pensar aquellas gracias y regalos que el Buen Dios nos ha dado; ellos pueden ser alguna habilidad especial que tenemos, la manera de ver las cosas, nuestra familia, nuestros amigos, nuestra fe.
“Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados.”
Allí cerca había un niño, y al parecer había escuchado la pregunta del Maestro. Sin dudarlo le dio lo que tenía, cinco panes y dos pescados. Don y regalo para él y su familia porque con esos alimentos ellos se podían alimentar tranquilamente, pobreza y miseria para el resto porque eso sólo de ninguna manera podía satisfacer a 5000 personas. Sin embargo, la actitud de aquel chico fue totalmente opuesta a la de Felipe “ni con 200 denarios alcanzaría” y hasta la de Andrés “¿qué es esto para tanta gente?”. El chico así no pensaba, él había escuchado sobre Jesús y quizás hasta lo había visto, por eso no dudo en darle lo que tenía, porque él sabía que el Señor sabría que hacer. En sus manos de niño aquellos 5 panes y 2 peces lo habrían alimentado sólo a él, en las manos de Cristo todo podía pasar.
Así como los niños ven que para sus padres nada es imposible y por eso confían ilimitadamente en ellos, así también nosotros tenemos que hacer como los niños y confiar ilimitadamente en nuestro Dios; reconocer que lo que tenemos nosotros en nuestras manos si nos lo quedamos no sirve de mucho, pero que si confiamos verdaderamente en el poder del Padre y eso que tenemos se lo entregamos, El puede hacer maravillas.
Por eso ahora, al igual que aquel chico, entreguemos a nuestro Dios nuestros cinco panes y dos peces, para que El haga con ellos milagro de multiplicarlos para dárselo a los demás.
¿Cuáles son nuestros 5 panes y 2 pescados? Nuestros dones, nuestras gracias, regalos y también nuestras miserias, pecados, limitaciones, dolores. Sólo eso es lo que tenemos para ofrecerle al Buen Dios. No grandes riquezas, ni grandes sacrificios sino nuestra propia persona en su totalidad, con todo lo bueno y lo malo que cargamos diariamente.
18 de mayo de 2010
Hora Santa de Mayo
Publicamos la hora santa de mayo, con textos del Beato Manuel González, el Padre R. Cantalamessa ofmcap, el Padre Molinié op, y la oración final de Santa Teresita:
“Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración y en la contemplación llena de fe”.
Juan Pablo II
“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo: si alguno oyere mi voz y abriere la puerta, entraré á él, y cenaré con él, y él conmigo".
Ap 3, 20
‘Quizá Dios quiere que te quedes con una sola palabra de estas líneas y que con esa sola palabra lo mires, y te quedes ahí: tu deber más estricto será entonces no preocuparte de las otras’.
El Corazón De Jesús Está Aquí
“Llamo tu atención, toda tu atención, lector, sobre la ocupación primera que he descubierto del Corazón de Jesús: estar.
Estar… y no añado ningún verbo que exprese un fin, una manera, un tiempo, una acción de estar.
No te fijes ahora en que está allí consolando, iluminando, curando, alimentando…, sino sólo en esto, en que está.
Pero ¿es una ocupación?, me argüirá alguno. ¡Si parece que estar es lo opuesto a hacer!
Y, sin embargo, te aseguro, después de haber meditado en ese verbo aplicado al Corazón de Jesús en su vida de Sagrario, que pocos, si hay alguno, expresarán más actividad, más laboriosidad, más amor en incendio que ese verbo estar.
¿Vamos a verlo?
Estar en la Hostia significa venir del cielo todo un Dios, hacer el milagro más estupendo de sabiduría, poder y amor para poder llegar hasta la ruindad del hombre, quedarse quieto, callado y hasta gustoso, lo traten bien o lo traten mal, lo pongan en casa rica o miserable, lo busquen o lo desprecien, lo alaben o lo maldigan, lo adoren como a Dios o lo desechen como mueble viejo… y repetir eso mañana, y pasado mañana, y el mes que viene, y un año, y un siglo, y hasta el fin de los siglos… y repetirlo en esta Hostia y en otras que haya en templos vecinos y en todos los pueblos… y repetir eso entre almas buenas, finas y agradecidas, y entre almas tibias, olvidadizas, inconstantes y almas frías, duras, pérfidas, sacrílegas…
Eso es estar el Corazón de Jesús en la Hostia, poner actividad infinita un amor, una paciencia, una condescendencia tan grandes por lo menos como el poder que se necesita para amarrar a todo un Dios al carro de tantas humillaciones.
¡Está Aquí!
¡Santa, deliciosa, arrebatadora palabra que dice a mi fe más que todas las maravillas de la tierra y todos los milagros del Evangelio, que da a mi esperanza la posesión anticipada de todas las promesas y que pone estremecimientos de placer divino en el amor de mi alma!
Está Aquí
Sabedlo, demonios que queréis perderme, que tratáis de molestarme, enfermedades que ponéis tristeza en mi vida, contrariedades, desengaños, que arrancáis lágrimas a mis ojos y gotas de sangre a mi corazón, pecados que me atormentáis con vuestros remordimientos, cosas malas que me asediáis, sabedlo, que el Vencedor, el Fuerte, el Médico, el Grande, el Buenísimo Corazón de Jesús está aquí, ¡aquí en el Sagrario mío!
Padre eterno, ¡bendita sea la hora en que los labios de Jesús se abrieron en la tierra para dejar salir estas palabras: “¡Sabed que yo estoy todos los días con vosotros hasta la consumación de los siglos!”.
Padre, Hijo y Espíritu Santo, benditos seáis por cada uno de los segundos que está con nosotros el Corazón de Jesús en cada una de las Hostias y Sagrarios de la tierra.”
¿Cómo contemplarte, Señor? ¿Cómo mirar tu estar? ¿Cómo agradecerte el estar por mí ahí, ahora… siempre?
“…realizaba una óptima contemplación eucarística aquel campesino de la parroquia de Ars que pasaba horas y horas inmóvil, en la iglesia, con su mirada fija en el sagrario y cuando el santo cura le pregunto por qué estaba así todo el día, respondió: “Nada, yo lo miro a él y él me mira a mí”… son siempre dos miradas que se encuentran: nuestra mirada sobre Dios y la mirada de Dios sobre nosotros. Si a veces se baja nuestra mirada o desaparece, nunca ocurre lo mismo con la mirada de Dios. La contemplación eucarística es reducida, en alguna ocasión, a hacerle compañía a Jesús simplemente, a estar bajo su mirada, dándole la alegría de contemplarnos a nosotros que, a pesar de ser criaturas insignificantes y pecadoras, somos sin embargo el fruto de su pasión, aquellos por los que dio su vida: “¡El me mira!”.
“Jesús sabe que podríamos marcharnos y hacer cientos de cosas mucho más gratificantes, mientras permanecemos allí quemando nuestro tiempo, perdiéndolo ‘miserablemente’”.
¿Cómo permanecer con Vos? ¿Cómo estar con Vos? ¿Qué tengo que hacer? ¿Qué puedo ofrecerte?
“Un santo es un ser que se consume en la llama de Dios, por nada. ‘Yo sueño con otra cosa: con deshojarme…’ (Teresa del Niño Jesús, La rosa deshojada). Perderse en Dios, perderse por Dios… proclamar que sólo Dios es importante…
…
Tal es la eucaristía: ‘Alegraos siempre, dando gracias por todo”. Damos gracias de ser tan preciosos, nosotros que somos inútiles. Entonces derramamos nuestras fuerzas en libación, es decir, para nada, para agradar a Dios, para que se gasten y se consuman en la llama de Dios.
Eso debe liberarnos de toda preocupación (no os preocupéis por nada, dice san Pablo)… el interés de nuestra vida es no tener preocupaciones: somos un canto a la gloria de Dios, y no somos más que eso.
Nuestras miserias, nuestros sufrimientos, nuestros defectos, nuestros mismos pecados, todos esos días que tenemos la impresión de perder, si pudiéramos comprender que el problema no está en funcionar bien, sino en ofrecer, ¡cuánto más sencillo sería todo! La materia de un sacrificio no tiene necesidad de ser noble, basta que sea ofrecida. Entonces, en lugar de ofrecer una jornada ‘perfecta’ (pero ¿qué significa ‘perfecto’?), ofrecemos una jornada lamentable: ¡qué importa, si la ofrecemos!
¿Es, por tanto, un espíritu de despreocupación? Sí, y eso no quiere decir que no sea importante: el menor detalle de inquietud o de aspereza que ahogue en nosotros ese espíritu es importante y serio (en la medida en que es voluntario). La vida es seria, porque no se puede perder el tiempo. No hay que olvidar ni un solo instante estar despreocupado. Dios puede hacer de la menor gota de nuestra vida algo maravilloso si queremos ofrecérsela, pero tal como es. Para ser liberados de nuestros complejos, lo más sencillo es darlos como son: ¡no intentéis liberaros de ellos antes de presentaros a Dios! Los que se intentan embellecerlos antes de presentarse, demuestran que no quieren darlo todo, sólo quieren dar lo que es hermoso. Pero lo que desea Jesucristo… para curarnos es precisamente lo feo. No son los sanos los que tienen necesidad del médico…
Entonces, vamos allá decididos. No rehusemos nada, demos todo, sin separar nada ni siquiera hacer el inventario. Las cosas son creadas para ser quemadas, pulverizadas, arrojadas por la ventana. Para tal uso, importa poco que sean bonitas o feas: las cenizas serán las mismas…
Se comprende mejor, bajo esta luz, por qué Teresa del Niño Jesús decía a una de sus hermanas después de un pequeño sacrificio oscuro: ‘Lo que acabas de hacer es más importante que si hubieras obtenido la restauración de las órdenes religiosas en Francia’. Nosotros nos resistimos a creerlo, ‘encajamos’ mal una perspectiva semejante: es la lucha eterna entre el espíritu de Dios y el espíritu del hombre, que quisiera establecer unas moradas definitivas. Y, sin embargo, si nuestras moradas no son destruidas, no servirán a la gloria de Dios.
El mundo detesta a los que han comprendido esto, porque está animado por una concupiscencia de rendimiento, al que toda idea de gratuidad es insoportable. Hay puntos en los que debemos ser conciliadores y hacer concesiones. Pero en esto no podemos, y es eso lo que el mundo difícilmente nos perdonará: el no tomar la humanidad verdaderamente en serio…, precisamente porque conocemos su verdadero precio, que no es ser seria, sino animada (sólo Dios es serio).
Notad bien que a todo esto no he dicho todavía una palabra del sufrimiento. Pretendo separar lo que hay de difícil en la vida cristiana sin evocar el sufrimiento, porque no es el sufrimiento el que hace difícil la vida cristiana. El sufrimiento es doloroso, pero no peligroso: Dios no lo envía para ponernos en peligro, sino para salvarnos del peligro. No es por el sufrimiento por lo que corremos el riesgo de pasar al lado de la puerta estrecha. A Lucifer y a nuestros primeros padres, no fue el sufrimiento el que los hizo caer, sino el misterio mismo de Dios… y su libertad. El peligro no está en donde nosotros suponemos.
El día en que aceptemos totalmente juicios como el que acabo de citar (el de Teresa a su hermana), seremos reconciliados con Dios y la vida comenzará a hacerse dulce: intentemos comprenderlo…”
“No son los gobiernos, ni los genios, ni los hombres de acción los que sostienen la humanidad: son los adoradores. ¿Qué les pide Dios? Poca cosa: creer en El. Si ellos rehúsan un poco creer en El, de ahí se sigue todo lo demás: los gérmenes de los pecados ya no encuentran obstáculos y se desarrollan…
Frente a este mundo cuyos valores se vienen abajo, si buscáis con fiebre e inquietud lo que hay que hacer, no habéis comprendido que Dios quiere ser el único en salvarnos: va en ello su gloria. Cuando uno se apoya sobre la acción o sobre los valores naturales, ataca la gloria de Dios.
Dicho de otra manera, debemos aceptar ser místicos, en el sentido auténtico de la palabra, es decir, seres que han penetrado un secreto, el secreto de nuestro amigo, de nuestro salvador… para entrar en él es necesario llevar una vida en la que no hagamos pie… Esa es toda la sal de la vida mística.
Esta obligación (de no hacer pie) puede estar en el origen de un verdadero drama. Una historia verdadera os lo hará comprender. Una madre tenía dos hijos, uno de cuatro años y otro de siete. Ella jugaba a menudo a hacerles girar en torno a ella agarrándolos por las muñecas. Un día les dice: ‘Hace mucho tiempo que no jugamos a dar vueltas. ¿Vamos a jugar?’ El más pequeño responde inmediatamente: ‘Oh, ¡sí, sí!...’, pero el mayor: ‘De acuerdo, pero no irás más de prisa de lo que yo quiera’. El más pequeño era todavía un místico; el mayor había dejado de serlo. Había ‘rebasado’ el espíritu de infancia, quería ser ‘mayor y responsable’.
Debemos aceptar ser arrastrados en un movimiento donde estamos seguros de ser desbordados, de no poder hacer pie. Ahora bien, quizá me equivoque, pero tengo la impresión de que las llamadas del Corazón de Jesús y las apariciones de la santísima Virgen manifiestan bien eso que, por mi parte, siento a veces: que los mismos cristianos se niegan dejarse llevar más allá de todo. Quieren correr, pero no quieren volar… Pues bien, hay que cerrar los ojos, partir a la ventura, ‘perder la propia alma’, abandonar todo para seguir a Jesucristo.
…
Si los cristianos quisieran dejar ‘prender’ la llama de la vida divina, sería lo bastante violenta como para arrebatarlo todo: ‘Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, y ¿qué voy a querer sino que arda?’.”
Oración a Jesús en el Sagrario
Santa Teresita del Niño Jesús
¡Oh Dios escondido en la prisión del sagrario!, todas las noches vengo feliz a tu lado para darte gracias por todos los beneficios que me has concedido y para pedirte perdón por las faltas que he cometido en esta jornada, que acaba de pasar como un sueño...
¡Qué feliz sería, Jesús, si hubiese sido enteramente fiel! Pero, ¡ay!, muchas veces por la noche estoy triste porque veo que hubiera podido responder mejor a tus gracias... Si hubiese estado más unida a ti, si hubiera sido más caritativa con mis hermanas, más humilde y más mortificada, me costaría menos hablar contigo en la oración.
Sin embargo, Dios mío, lejos de desalentarme a la vista de mis miserias, vengo a ti confiada, acordándome de que "no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos". Te pido, pues, que me cures, que me perdones, y yo, Señor, recordaré que "el alma a la que más has perdonado debe amarte también más que las otras..." Te ofrezco todos los latidos de mi corazón como otros tantos actos de amor y de reparación, y los uno a tus méritos infinitos. Y te pido, divino Esposo mío, que seas tú mismo el Reparador de mi alma y que actúes en mí sin hacer caso de mis resistencias; en una palabra, ya no quiero tener más voluntad que la tuya. Y mañana, con la ayuda de tu gracia, volveré a comenzar una vida nueva, cada uno de cuyos instantes será un acto de amor y de renuncia.
Después de haber venido así, cada noche, al pie de tu altar, llegaré por fin a la última noche de mi vida, y entonces comenzará para mí el día sin ocaso de la eternidad, en el que descansaré sobre tu divino Corazón de las luchas del destierro... Amén.
Bendito sea Dios.
Bendito sea su Santo Nombre.
Bendito sea Jesucristo verdadero Dios y verdadero Hombre.
Bendito sea el Nombre de Jesús.
Bendito sea su Sacratísimo Corazón.
Bendito sea su Preciosísima Sangre.
Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar.
Bendito sea el Espíritu Santo Consolador.
Bendita sea la Incomparable Madre de Dios la Santísima Virgen María.
Bendita sea su Santa e Inmaculada Concepción.
Bendita sea su gloriosa Asunción.
Bendito sea el Nombre de María Virgen y Madre.
Bendito sea San José su casto esposo.
Bendito sea Dios en sus Ángeles y en sus Santos.
Oh Dios, que en este sacramento admirable
nos dejaste el memorial de Tú pasión;
Te pedimos nos concedas venerar de tal modo
los sagrados misterios de Tu Cuerpo y de Tu Sangre,
que experimentemos constantemente en nosotros
el fruto de Tu redención.
Tú que vives y reinas
por los siglos de los siglos.
Amen.







